Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

El teatrero que no se rajó

La historia de un ser humano incansable, merecedor del premio Maestro de Juventudes, entre otros lauros, debe conocerse más

Autor:

Osviel Castro Medel

BAYAMO, Granma.— Su historia fascina por todos lados. Fue teatrero, alfabetizador, futbolista, mimo, director, promotor cultural, profesor y más. Sin embargo, muchos desconocen tal trayectoria, acaso porque René Reyes Blázquez está curado contra la pedantería y no anda gritando cada uno de sus pasajes asombrosos.

Los reconocimientos le han llegado con el tiempo, y no son pocos: premio de Maestro de Juventudes (2021), que otorga la Asociación Hermanos Saíz a quienes han dedicado su vida a la formación de las nuevas generaciones; la Distinción por la Cultura Nacional, el Premio Nacional de Cultura Comunitaria, el pergamino Somos Patrimonio, entre otros.

Pero su novela real comenzó mucho antes de los galardones. Inició en La Caridad del Sitio (San Germán, Holguín), donde sus padres y abuelos no dejaban de hablarle de la honradez; y continuó en Bayamo, lugar en el que echó raíces desde la adolescencia y tejió una obra colosal.

Ahora mismo René cierra sus ojos verdes y parece estar viendo la escena del andén de la terminal bayamesa, cuando a los 16 años partía de su casa, escondido, porque quería ser alfabetizador y se iba al occidente del país a recibir el curso habilitante. Su progenitor, que lo capturó in fraganti, le dio entonces 30 pesos y le dijo, mirándolo a los ojos: «Pues si se va, no se puede rajar». Esa frase lo ha acompañado siempre.

Manantiales y un susto

René llegó a aquel bohío en los Manantiales de Guisa, donde no solo enseñó a leer y escribir. En ocho meses, en la casa del campesino Juan Roblejo supo lo que era extrañar el hogar y aprendió a comer platos que no imaginaba.

«Por las noches me encaramaba en una piedra enorme, miraba las luces de Bayamo y las lágrimas me corrían… me las bebía porque me retumbaban las palabras de mi padre y la advertencia de no rajarme», cuenta a JR, sin átomo de pena.

En Los Manantiales, los dos hijos de Juan, unos adolescentes traviesos, lo hicieron correr una vez entre lomas, en la oscuridad, con los silbidos de unos pitos hechos con tallos de calabaza. Esa maldad le sirvió para avisparse y para entender el mundo de las serranías, a las que volvería una y otra vez, pero no como alfabetizador.

Desde 1992, la Guerrilla ha visitado numerosos caseríos, en los que ha actuado al aire libre. Foto: Luis Carlos Palacios

 

Del fútbol a las tablas

Quien lo ve ahora, con sus 81 años a cuestas, muy vital para su edad, entendería que esa energía le viene de su etapa de deportista porque a su regreso de los Manantiales se enroló en el ciclismo y llegó a hacer una prueba de 20 kilómetros para participar en la vuelta ciclística a Cuba.

Sin embargo, la competencia nunca se concretó y entonces pasó al fútbol. Tuvo un profesor español de apellido Venegas a quien los muchachos adoraban porque no solo enseñaba a patear el balón, sino también la disciplina, el respeto y el compañerismo.

En esas categorías inferiores coincidió con Carlos Martí, el mismo que después sería el director más ganador de los Alazanes de Granma en la pelota. Salieron a jugar juntos a Santiago de Cuba, Manatí, Banes, Manzanillo y Jiguaní.

Luego René fue dependiente en un restaurant en El Caney de las Mercedes, dentro de la Ciudad Escolar Camilo Cienfuegos. Allí, flechado por Ladis Beltrán, su actual esposa, quien actuaba en un grupo de aficionados de teatro, se inició en el camino de la actuación y el baile.

Al cabo del tiempo se convertiría en instructor de arte y recibiría lecciones de algunos de los más grandes de la cultura en Cuba: Rogelio Martínez Furé, Bebo Ruiz, Julio Capote Cao, Gloria Parrado, Elsa Hernández, Pedro Peña del Sol, Julio Cordero, Iván López, Ernesto Buada, entre otros.

Los más veteranos tal vez recuerden el programa Caritas, de la televisión nacional, o la aventura El joven rebelde. En ambos espacios actuó él, aunque, en realidad, René siempre ha preferido el contacto directo con los espectadores.

«La pantomima forma parte de mi vida», dice para evocar los tiempos en que estuvo en el grupo nacional Mimo Clan, o la época en que fundó Kathakaly (en Jiguaní), también dedicado a ese subgénero dramático.

Como teatrista fundó grupos, impartió clases y actuó de un extremo al otro del país. Pasó temporadas radicado en Santiago de Cuba, Manzanillo, Veguitas y otros lugares, siempre buscando expandir la cultura. No obstante, su «criatura» más célebre llegó en 1992.

El que lloró fui yo

En pleno Período Especial, René tuvo una idea que muchos consideraron descabellada: recorrer las comunidades de la Sierra Maestra para llevar teatro, música, danza y magia. Un grupo de «locos» lo secundaron.

Así surgió el proyecto sociocultural comunitario e itinerante Guerrilla de Teatreros, que implicaba actuar en las serranías y vivir en campamentos, como insurgentes, «con un saco de arroz y otro de frijoles».

«No teníamos transporte propio y caminábamos kilómetros bajo el sol o la lluvia, cargando los vestuarios y los pocos recursos que podíamos reunir. Nos presentábamos a veces en 70 comunidades y más. Dormimos en escuelas, en bohíos o a la intemperie. Las funciones las hacíamos en secaderos de café, en descampados, en portales de bodegas, bajo los árboles o en los sitios más insospechados. Pero lo que comenzó como una locura fue ganando fuerza y arrastrando gente», cuenta René.

Fue tal el enamoramiento de los pobladores con la Guerrilla que se hizo célebre entre los artistas la anécdota de una niña de Cirugía, en Buey Arriba. Su madre le dijo que los pajaritos estaban cantando porque llegaba la primavera, pero la niña, que sabía próxima la visita de los «guerrilleros» respondió: «No, los pajaritos están alegres porque viene la Guerrilla de Teatreros».

Otro suceso impactante tuvo lugar entre Piñonal y Juana, en Bartolomé Masó. «Un niño quería irse con nosotros de todas todas… estaba llorando desconsoladamente. Le dije que no podía, pero él siguió insistiendo; entonces se me ocurrió regarle un libro de colores llamativos con una dedicatoria. Cambió el semblante y se quedó un poco más tranquilo. Sucede que, años después, en La Habanita, otra comunidad de Bartolomé Masó, un joven se acercó y me contó que él guardaba con cariño un regalo que le di en su infancia. Me confesó que era aquel niño que quería irse con la Guerrilla. Esa noche el que lloré fui yo», narra René con la mirada húmeda.

En otra ocasión, un campesino le dijo espontáneamente, con el corazón en la mano: «Lo que ustedes hacen tiene un valor incalculable», una anécdota que fue recopilada en el libro Con el sol en la frente: treinta años de trabajo comunitario de la Guerrilla de Teatreros, al igual que las otras dos.

Ese volumen, autoría del propio René Reyes, fue presentado el año pasado y merece leerse de un tirón para comprender la magnitud del trabajo de la Guerrilla y la fuerza de este gran artista, capaz de montarse en un mulo o caminar las lomas incluso después de sus 70 abriles.

El 23 de febrero de 2026, René Reyes cumplió nada menos que 62 años de trayectoria artística. Profesor de pantomima en la Escuela Profesional de Arte  Manuel Muñoz Cedeño (en Bayamo), director de la Guerrilla y caminante de la Sierra Maestra, sigue, como bien le prometió a su padre, sin rajarse.

René Reyes ha interpretado varios personajes, incluyendo al Generalísimo Máximo Gómez Báez. Foto: Cortesía del entrevistado

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