Desde los 21 años, Daney de las Mercedes Torres Martínez se ha dedicado a la formación de maestros. Autor: Luis Raúl Vázquez Muñoz Publicado: 20/09/2026 | 01:52 pm
CIEGO DE ÁVILA.— A los 42 años, a unos días de cumplir los 43 —el 23 de septiembre—, Daney de las Mercedes Torres Martínez recibió la distinción Joya dela Pedagogía Cubana. ¿Cómo una persona tan joven en el ejercicio del magisterio, puede recibir un reconocimiento que se le otorga a maestros con una larga trayectoria, incluso ya jubilados?
«Bueno, es que desde que me gradué, he tratado de consagrarme a la profesión», dice ella; mientras se acomoda en la silla, en un salón del Centro Mixto Raúl Corrales. Minutos antes, en el acto de entrega, una ovación acompañó el momento en que la profesora recibió la distinción, después de leerse la resolución que avalaba el premio.
Por la lectura del documento, trascendió que Daney pertenece al proyecto Honrar, honra, una iniciativa respaldaba por la Asociación de Pedagogos de Cuba en Ciego de Ávila y que se dedica a investigar sobre la vida de educadores y la formación de maestros en la Escuela Mixta Raúl Corrales, junto a temas sugeridos por los propios alumnos a partir de sus necesidades.
También se trasluce un reconocimiento por su labor como docente, una disciplina, un tomarse en serio las cosas. Y ese es un punto de partida para entender un detalle: Daney puede ser demasiado joven para la tradición que hay detrás de la Joya de la Pedagogía, pero por sus gestos, su manera de conducirse entre los alumnos, se nota una experiencia, traducida en un severidad.
En otras palabras, esa mujer delgada y de pelo con trenzas a la moda, que mira fijo y sin bajar la mirada, es una veterana, curtida al fuego de estos tiempos y que le exigen un extra a los maestros. De entrada, ella no se ríe en la entrevista. Responde rápido, con seguridad, mientras con la mirada atiende a su hijo, Cleverson Fischer Montalvo Torres, que está sentado unas mesas detrás.
Maestra por vocación
—Sorprende que sea Joya de la Pedagogía tan joven.
—Bueno, es que, desde que me gradué, he tratado de consagrarme a la profesión.
—Es que esa distinción se le entrega a personas de más edad, con más años de trabajo.
—Es cierto, fueron los compañeros de grupo Honrar, honra los que decidieron hacer la propuesta. Tal vez ellos se basaron en un trabajo que hemos realizado juntos, en los resultados.
—¿En qué temas ha trabajado?
—Específicamente, en los de sicología y pedagogía. He sido profesora de esas disciplinas desde el 2006, y todo el tiempo he estado vinculada a la formación de maestros. Primero, en la Cándido González (Ceballos 6), cuando era la Escuela de Formación Emergente de Maestros Primarios (EFEMP).
—¿Siempre estudió ahí?
—Ahí estudié y ahí me gradué. Entré con 21 años, fui fundadora de la EFEMP. Luego pasé a la Raúl Corrales, cuando comenzó de ser escuela de arte a centro de formación pedagógica.
—¿Por qué maestra? ¿Porque no había más nada para optar?
—No, al contrario. Fui maestra por la orientación vocacional. En mi municipio, Bolivia, se hacía bien ese trabajo y el desempeño de los maestros hizo que me enamorara de la carrera. Desde entonces, estoy aquí.
—¿Qué maestros la enamoraron de la profesión?
—(Antes de responder, asiente, como si recordara). Desde que estaba en sexto grado, la maestra Mirta Mayta, ya fallecida, creó un círculo de interés.
«Se llamaba Maestros al fin, y en el aula orientábamos y revisamos las tareas, explicábamos ejercicios, hacíamos casas de estudio. Pasamos a la secundaria y ocurrió lo mismo. Había un círculo de interés, se creó un aula con estudiantes con vocación por las carreras pedagógicas y me integré a él».
«Al principio me gustaba ser profesora de química, pero, al final, decidí estudiar licenciatura en maestro primario. No se corresponden desde un primer punto de vista, aunque tienen mucha relación en la formación de habilidades».
—Pero, ¿por qué se va por los niños y no por la química?
—Por las prácticas. En el segundo año de la universidad, nos dieron la posibilidad de cambiar de especialidad. Lo que sucedió fue que, en ese momento, tocaron las prácticas y me mandaron a la Escuela Farabundo Martí. Excelente colectivo, excelente director, Tomás Sanabria, y ahí me quedé: en la licenciatura en maestros primarios. Le tomé cariño a darles clases a los niños, por esos detallitos que se hacen con los pequeños, sobre todo en primer grado. Eso fue lo que pasó.
Tiempos difíciles
—¿Cuáles son esas cositas que enamoran tanto?
—Hacer los marcadores en las libretas, pasar la línea cuando termina una clase y marcar el inicio de la otra, preparar el cuaderno de trabajo a los niños con todas las señales, enseñarlos a recortar, pegar figuritas en las tareas por los resultados, esas manualidades, que para algunas son sencillas, al maestro lo enamoran.
—¿Solo eso?
—Los niños son los que te enamoran de verdad. Son lo más importante, en todas las edades. Ahora estoy en un nivel diferente, el de los adolescentes. Son distintos a los escolares, pero para mí, en el fondo, siguen siendo mis niños.
—¿Quiénes son más complicados? ¿Los niños o los adolescentes?
—Los adolescentes. (Respira bien hondo y lo repite despacio). Los adolescentes.
—Hay que tener mucha paciencia
—Sí. Porque están en una etapa de cambio completa: del funcionamiento orgánico, de su forma de pensar y hay que tener bien claro cada clase que vas a dar, cada detalle, todo debes organizarlo en función a sus características de adolescentes.
—¿Cómo lograr que los adolescentes quieran y, al mismo tiempo, respeten a un maestro?
—Hay que tener buenas relaciones interpersonales, porque ellos se alimentan, por así decirlo, del profesor; pero, nosotros también nos alimentamos de ellos. ¿Qué pasa? Hay sus matices. Ellos siempre van a hacer cosas entre ellos, estemos claros; sin embargo, hay que tener el control, la pedagogía, para saber conducir las situaciones. No dejo de reconocer que los adolescentes son difíciles, y a veces el cuadro familiar conspira en contra.
—¿Usted cree que se ha perdido el respeto de los padres hacia la escuela?
—Antes existía una confianza excepcional y los padres veían al maestro casi como el eje central de la comunidad. Pero los tiempos han cambiado, y se hace muy difícil interactuar con la familia cubana de hoy.
—¿Qué pasa?
—No lo sé, no puedo dar una respuesta. Ojalá tuviera a la mano una investigación científica que arrojara luz sobre ese problema. Algo que pudiera esclarecer es por qué la familia no ve al maestro como el centro, como una institución de respeto, de bien. Antes los padres llegaban, señalaban al niño y decían: «Este es tuyo. Cualquier indisciplina, avise». Ya no es así. No son todos los casos, pero sí es un problema muy generalizado.
—¿Qué pueden hacer ustedes, los profesores, en medio de esa situación?
—Trabajar bajo el sentido de que tú eres un eje rector entre los hijos, los padres y la comunidad. Tener en cuenta las particularidades de cada muchacho y dar una formación integral, dirigida a crear hombres y mujeres de bien que aporten a la comunidad que pertenecen; pero, repito: sí, es muy difícil trabajar con los adolescentes.
Un viaje de persistencias
—Usted es de Bolivia, un municipio muy alejado del lugar donde está su centro de trabajo. El viaje es de más de 80 kilómetros hacia la capital provincial, que es donde está la Raúl Corrales. ¿Cómo hace para llegar a su escuela con todas las dificultades del transporte que hay en Cuba desde hace mucho tiempo?
—Imagínese… (Abre los ojos, aprieta los labios). Todos los días salía de madrugada, a las 3:00 a.m., para poder tomar una de las guaguas que le prestaban servicio al turismo. Así, llegaba hasta la ciudad de Morón. Ahí, tomaba el «trompo», el ómnibus que presta servicio a las escuelas y así llegaba. Ahora los tiempos han cambiado y la vida también. ¿Cómo llegó hoy a la escuela? Con un poco más de trabajo, es la verdad. A veces viajo con mi niño; me demoro, quizá más, pero al final siempre estoy aquí, en mi escuela. Esto es lo que estudié, me gusta estar aquí. (Se echa reír por primera vez en la entrevista y lo dice) ¿Qué voy a hacer?
