Un nuevo fenómeno se ha hecho viral entre los jóvenes, «farmear aura». Autor: Tomada de RTN Publicado: 24/08/2026 | 08:24 pm
Un grupo de jóvenes se reúnen en una plaza, forman un círculo, y uno tras otro van mostrando lo que llaman «presencia» o «aura». Cualquiera esperaría un despliegue de talentos o habilidades depuradas, pero en lugar de eso hay gestos, miradas, silencios calculados y, al final, el veredicto del público en forma de aplausos o silbidos.
Recientemente se ha popularizado la fiebre del «farmeo de aura», un fenómeno nacido del lenguaje de los videojuegos y las redes sociales, que ya ha saltado a las calles de Brasil, Argentina, México y otros países de la región.
¿De qué se trata exactamente? «Farmear», en el argot gamer, es realizar tareas repetitivas para acumular recursos. El «aura», en el vocabulario juvenil de plataformas como Instagram o Tik Tok, es una medida imaginaria del carisma, la seguridad o el flow que proyecta una persona.
Así, «farmear aura» significa ejecutar acciones —caminar con determinación, responder con ingenio, mantener una actitud imperturbable— para sumar puntos ante los demás.
El escenario para hacer gala de estas cualidades son las batallas o competencias callejeras donde los participantes miden su capacidad de impactar al público a través de una puesta en escena.
Hasta ahora, Brasil ha sido el semillero principal de esta tendencia juvenil, con torneos que ofrecen trofeos como el «Aura Suprema» y premios que alcanzan cuantiosas sumas.
Argentina puso su cuota con el impulso de streamers que han trasladado la dinámica del mundo virtual a diversas plazas. México acaba de realizar su primera batalla oficial, y la ola ya alcanzó a Bolivia, Perú y Paraguay, donde se organizan convocatorias con premios en efectivo.
Pero más allá de las fronteras geográficas, el fenómeno suscita una reflexión profunda. Por un lado, representa una salida creativa, una forma de apropiarse del espacio público con humor y desparpajo, inspirada en la tradición del breakdance que marcó generaciones anteriores.
El cuerpo vuelve a ser el centro de la enunciación juvenil, esta vez bajo las reglas de un juego donde la seguridad personal se cotiza en aplausos.
Por otro lado, el peligro acecha. Convertir la autoestima en una actuación continua, en la que el valor personal depende de un puntaje efímero otorgado por extraños, puede derivar en una obsesión por la apariencia. ¿Qué espacio queda para la vulnerabilidad o para el error? La autenticidad corre el riesgo de quedar sepultada bajo capas de poses ensayadas.
La juventud latinoamericana, tan dada a la inventiva y al desborde, tiene ante sí el desafío de disfrutar el juego sin permitir que sus parámetros la definan.
Es preocupante, sin falsos paternalismos, que esta fiebre del «aura» sea el espejo de algo más hondo. Para una generación que ha crecido con el like como moneda y con la viralidad como meta, qué queda cuando el público se va.
Siendo sinceros, esta tendencia del «aura» es viral, y seguramente dentro de unos meses nadie la recuerde; pero mientras dure, vale la pena preguntarse qué tipo de subjetividad están cultivando estas dinámicas.
La construcción de la identidad juvenil siempre ha oscilado entre el deseo de ser reconocido y la necesidad de ser auténtico; lo nuevo aquí es la velocidad con que se mide, se puntúa y se desecha esa identidad en el mercado de lo efímero. La plaza, el círculo, el aplauso; todo ocurre en tiempo real, y la próxima batalla siempre amenaza con dejar obsoleto al ganador de hoy.
¿Es posible, entonces, «farmear aura»? Tal vez la pregunta no sea si se puede acumular carisma como quien junta monedas en un videojuego, sino si el esfuerzo por mostrarse seguro termina revelando justamente lo contrario: una inseguridad que necesita ser constantemente validada desde fuera.
La paradoja de esta nueva tendencia es que quienes más buscan el reconocimiento del público son quienes más dependen de él. Aunque en Cuba esta tendencia no se ha arraigado dentro de los jóvenes, no por ello debemos perder de vista que el desafío de esta generación radica en descubrir que la seguridad perdurable se construye en la cotidianidad, en las relaciones que no necesitan audiencia, y en la capacidad de estar a solas con uno mismo sin sentirse menos.
