Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

El último fusil

Un compañero de luchas del Comandante Ramiro Valdés Menéndez recuerda uno de los momentos más difíciles vividos durante la invasión a Las Villas

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

CIEGO DE ÁVILA.— Se abrió la puerta del salón, y los combatientes salieron en fila. Él iba de primero. Vestido de campaña, con sus grados de teniente coronel. Iba en una posición que le tocaba por derecho propio. Avanzó erguido, a paso a firme, sin gesticular. Con serenidad, se inclinó y depositó la rosa ante la imagen. Luego se irguió y con suavidad, pero con gestos firmes, se llevó la mano al costado de la frente en saludo militar.

Cuando bajó la mano y se retiró, los sentimientos afloraron. Era el adiós a su jefe. A Ramiro Valdés Menéndez, el segundo comandante de la columna no. 8 Ciro Redondo.

No salieron las lágrimas. Los labios se mantuvieron firmes, aunque se apretaron más. Y, en silencio, sin importar a las personas que pasaban, él bajo la cabeza y los hombros se empezaron a estremecer.

***

«Hoy no puedo hablar —dice—. No es el momento». Efrén de Jesús León Nápoles habla en un murmullo. Se insiste en la entrevista, en la necesidad de recordar a Ramiro, en anécdotas que hablen de su persona. «Solo una», pide él. Mira a su alrededor. Observa en la imagen del comandante Ramiro Valdés Menéndez, donde crece el número de flores depositadas y finalmente solicita: «Pero no aquí. Vamos a un lugar más tranquilo».

***

Efrén se acomoda en un banco de madera en el parqueo del Gobierno Provincial de Ciego de Ávila. Llegó temprano en la mañana para rendir homenaje a su segunda Jefe de la columna invasora. Hizo una caminata a pie, después de una larga noche de apagón. Estuvo un rato a solas ante la imagen, cuando todavía no había comenzado el homenaje y luego, junto a otros miembros de la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana, pasó a un salón a esperar que indicaran el momento de poner la flor.

«Hasta el último día, él siempre se preocupó por nosotros, los combatientes de la columna del Che. ¿Cómo un hombre con tantas responsabilidades buscaba el tiempo para atendernos a nosotros? Eso dice mucho de él».

Luego se examina en el espaldar y junta las manos sobre la rodilla derecha. «Ramiro perfectamente pudo morir en la invasión», dice con la mirada en otro punto, como si pensara en voz alta. «Nunca se escondió del peligro y siempre actuó con mucha serenidad. Lo pudieron matar muchas veces. ¿Por qué no ocurrió? No sé. No estaba para él. En la guerra tú no piensas mucho sobre esas cosas. Las reflexiones vienen después y a veces no encuentran la lógica.

«¿Cuándo pudo haber muerto? En el combate de la finca La Federal. Ramiro era aficionado a conducir y el primer vehículo lo manejaba él. Antes de avanzar se hizo una exploración, la cual indicó que no había peligro, pero cuando se transitó de noche, al acercarnos al chalet del dueño de la finca, en medio de la oscuridad hicieron una señales con las luces de un auto. Ramiro respondió de la misma manera. Eso lo salvó, porque eran los guardias. Si no hacía la señal, lo hubieran acribillado a él y los demás. Pero no ocurrió por su sagacidad, por su sangre fría. A los pocos minutos, se desató el combate en medio de la noche. Fue duro. Murieron compañeros, pero Ramiro se salvó por ese temperamento ante el peligro».

***

«En la guerra —confiesa Efrén—, una de las cosas más malas que le pueden ocurrir a un guerrillero es caer en una emboscada y que la tropa se disperse.

«Durante la invasión eso ocurrió varias veces, pero en la emboscada de Cuatro Compañeros, en Camagüey, la columna se dispersó como en dos o tres grupos. Cuando tú eres combatiente de filas, un simple soldado, y te ves así, solo, en una dispersión, lo primero que haces es mirar al lado, buscas a una persona de experiencia, alguien que te guíe. Y, en medio del combate, la vista mía se encontró con el comandante Ramiro. Aquello me dio tranquilidad. Me dije: “Ah, bueno, ya tengo a quien seguir”. La intranquilidad, el temor que sentía, desapareció cuando vi a Ramiro.

«Aquello fue muy duro. Era el llano. No conocíamos el lugar. No había dónde esconderse. Estuvimos separados de la columna un día completo.

«Y hay un momento en que, no sé decirte el tiempo, dos, tres horas, en que Ramiro y yo estuvimos solos. No había más nadie con nosotros. Y nos encontramos con una cerca alta con cinco pelos de alambre. Si intentabas cruzarla por arriba, el enemigo te iba a ver e iban a disparar. Si tratabas de cruzarla por el medio, no podías.

«¿Qué me pasó a mí? Nosotros teníamos una mina muy pesada, que nos turnábamos en la columna para llevarla. En el momento de la emboscada, yo llevaba esa mina. Tenía, además, el fusil, los proyectiles, la granada… Es decir, llevaba un peso grande. ¿Qué hice? Salí corriendo y caí en el último, el quinto pelo de alambre y cuando caí, pensé que me había enterrado. Sin embargo, no perdí nada y nunca solté la mina.

«Aquello era un potrero. Los retoños de mata me daban por la cintura y la aviación empezó a pasar rasante, tanto que le veíamos la cara a los pilotos. Pero la línea de salvación, la vimos en una línea de monte. Corrimos, yo con todo ese peso arriba y al llegar, vimos que los guardias también se acercaban. Había que hacer algo, porque internarse en el monte era una señal para ellos de que ya nosotros estábamos en un terreno favorable.

«Sin embargo, nos empiezan a disparar. Y yo veo a un guardia alto, muy grande, que viene de primero y que nos dispara. Yo abro fuego con mi fusil y no lo vi caminar más. Y nos metimos en el monte.

«Más tarde, cuando nos agrupamos con la columna, yo pensaba: “Bueno, ¿qué análisis van a hacer de mí?” Pasaron las horas, cuando, sin ningún anuncio, me hicieron entrega de un Garand. Hasta ese momento, mi fusil era un Springfield, un arma muy buena, capaz de atravesar un raíl de línea, pero que había que manipularlo para disparar. En cambio, el Garand no. Era automático, un arma superior. Aquello fue una sorpresa. ¿Quién me iba a decir a mí que aquel día iba a ser con el viejo fusil?

«Y me puse a pensar: ¿Qué pasó?, ¿por qué me dieron un Garand? Y la respuesta fue una: Ramiro. Un compañero había sido herido, su arma quedaba disponible y me la dan a mí. Parece que mi segundo jefe valoró esa cosa mía de no desprenderme de nada a pesar del peligro, y la entrega del fusil fue el reconcomiendo.

«Pero no hubo nada. No hubo palabras. Nada. Sin embargo, a partir de ese momento entre los dos surgió una unión muy grande. No hacían falta palabras para explicarla. Lo sabíamos y era suficiente. Por eso, cada vez que nos veíamos, nos dábamos un abrazo».

Efrén en el momento de rendir homenaje al Comandante Ramiro Valdés Menéndez, su segundo jefe en la invasión a Las Villas. Foto: Luis Raúl Vázquez Muñoz

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