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La dignidad de vivir sin tener precio

La Enmienda Platt, impuesta como apéndice a la naciente Constitución de la República por el Gobierno estadounidense hace 125 años, mutiló entonces la independencia ganada a filo de machete y devino bofetada momentánea al anhelo de Martí, Gómez y Maceo

Autor:

Héctor Alejandro Castañeda Navarro

Hay fechas que la memoria histórica de una nación no puede permitirse archivar. Y es que más de una lección nos ha dejado aquello de que: «Quien olvida su historia está condenado a repetirla».

El 12 de junio de 1901 es una de esas fechas, cuando la Asamblea Constituyente, bajo la presión y la amenaza directa de una ocupación militar prolongada, se vio obligada a incorporar la Enmienda Platt a la Constitución de la naciente República.

Aquel engendro legislativo, cocinado en Washington, cercenó desde el nacimiento la soberanía por la que los mambises habían derramado tanta sangre.

Analizar la Enmienda, 125 años después, es desenterrar el plano original de las aspiraciones coloniales que siguen intactas, desde los tiempos de Leonard Wood, aunque los métodos y el lenguaje se disfracen de democracia o derechos humanos. Desde la Casa Blanca hoy se siguen arrogando el derecho de decidir nuestro destino y viendo a la Isla como una «fruta madura» que, por gravitación política, les pertenece.

En 1901 el dilema impuesto por Wood fue nefasto porque: o se aceptaba el apéndice constitucional con su artículo III —que otorgaba a EE. UU. el derecho de intervenir cuando lo considerase necesario—, o las tropas norteamericanas no abandonarían el suelo patrio. Era, sin duda, la legalización del chantaje.

Ayer se exigía la prostitución de la Carta Magna a cambio de una República tutelada, mientras hoy las aspiraciones imperiales persiguen el mismo desmantelamiento de la soberanía económica, promoviendo el espejismo de que el desarrollo de Cuba solo es posible bajo el auspicio, las reglas de juego y el financiamiento directo del Norte. Pero bien sabemos, porque nos lo recuerda la Enmienda Platt, que el objetivo no es el florecimiento de Cuba, sino su anexión económica y cultural.

En marzo de 2026, Trump llegó a declarar que la situación podría derivar en una «toma amistosa» de Cuba y que tendría «el honor de tomar Cuba de alguna forma».

En ese sentido, el pasado 20 de mayo, el Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, precisaba, sin eufemismos, que el nacimiento de la República en 1902 significó para Cuba «intervención, injerencia, despojo y frustración», porque no trajo la independencia real, sino el control de Estados Unidos y el nacimiento de una República tutelada, la misma que aspiran a restaurar hoy.

Estas declaraciones son la lectura política de un conjunto de presiones sostenidas, de un bloqueo económico que, en su última fase de endurecimiento, apunta no solo a asfixiar la economía, sino a producir un colapso social que obligue a la rendición.

Si hiciera falta una prueba física de la vigencia de aquel atropello, basta mirar hacia el Oriente de Cuba. Allí está la cicatriz más visible del plattismo. De aquella imposición nació la Base Naval en la bahía de Guantánamo: un pedazo de territorio cubano usurpado, ilegalmente, contra la voluntad de su pueblo y su Gobierno, convertido en un centro de tortura y una afrenta permanente a la soberanía nacional.

Justamente, el pasado 10 de junio aterrizaba en ese territorio el Secretario de Guerra estadounidense, quien se apresuró a decir que el destino de Cuba está en manos de Trump, y que su administración esperaba muy pronto volver a ser amiga del Gobierno cubano. Bastaría preguntarse en qué términos aspiran lograr tal nexo.

El proyecto de tutela es una estrategia en ejecución y que ya muestra referentes nada halagüeños en la región. El imperialismo norteamericano mantiene intacta su naturaleza intervencionista, sustituyendo los viejos artículos de aquella Enmienda por mecanismos de asfixia económica, presiones diplomáticas y guerras de cuarta generación.

Ante esta realidad, Cuba seguirá respondiendo con la misma divisa que a los interventores de 1901: la dignidad irrenunciable de quien aprendió que la libertad no se mendiga, sino que se defiende.

El objetivo es la rendición negociada, pero un pueblo que conoció la Enmienda Platt y la sufrió en carne propia sabe que la dignidad de vivir sin tener precio es la única respuesta que ha funcionado siempre.

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