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Las siete vidas albicelestes

Como el gato que desafía a la gravedad, Argentina gastó una de sus siete vidas para seguir vivo rumbo a la cuarta estrella, repitiendo la historia de hace 40 años cuando Maradona escribió su obra maestra.

Autor:

Ruben Darío García Caballero

 

No fue la primera, ni será la última. El Mercedes-Benz Stadium de Atlanta, cúpula de acero que se abre al cielo como un ojo ciclópeo, fue testigo de una resurrección. Argentina, que ha hecho del sufrimiento un arte, volvió a gastar una de sus siete vidas en el escenario más grande del planeta. Inglaterra, que durante 80 minutos había dominado, que había merecido y que incluso había olido la final, se marchó con las manos vacías y el alma rota. Y todo, como en 1986, en un 2-1 que supo a venganza, a épica y a destino.

La primera vida se esfumó en el minuto 55. Una jugada colectiva de los Tres Leones, un centro de Morgan Rogers desde la derecha, y Anthony Gordon apareció en el segundo palo para fusilar a Emiliano Martínez. Fue el 0-1 que parecía condenar a Argentina a su primera derrota del torneo. Inglaterra, que había mantenido a raya a Messi durante 75 minutos, que había construido un muro de contención que parecía infranqueable, se replegó. Y entonces, Thomas Tuchel cometió el error que la historia recordará: sustituyó al goleador Gordon por el defensa Ezri Konsa , cambió a una defensa de cinco  y le entregó la pelota a la Pulga.

Y cuando le das vida al mejor jugador de la historia, estás condenado a la derrota. En el 85, Lionel Messi, que hasta entonces había sido un fantasma, recibió el balón en la frontal, se sacudió a dos defensores y le puso un pase medido a Enzo Fernández. El centrocampista del Chelsea, con la zurda como un cañón, soltó un derechazo que se coló junto al palo izquierdo de Pickford. 1-1, y vuelta a empezar. En el 92, el capitán volvió a aparecer. Un amago de hombro, un cambio de ritmo y un balón flotado con la derecha que Lautaro Martínez, el Toro, que había entrado desde el banquillo, cabeceó a la red. 2-1, la sentencia y la clasificación a su segunda final mundial consecutiva.

El gol de Lautaro fue la imagen de una generación que no sabe rendirse. «Siempre soñé con hacer este gol, desde que mi viejo me compró un par de botines», declaró el delantero, con lágrimas en los ojos. Pero el verdadero artífice de la remontada fue Lionel Messi. El capitán, que a sus 39 años se convirtió en el primer argentino en alcanzar tres finales mundialistas, repartió dos asistencias que olían a inmortalidad. «Ninguno de nosotros quería perderlo y los argentinos necesitaban esta alegría», confesó al final. Y no le faltaba razón.

Porque esta no era una semifinal cualquiera. Era la reedición de aquel 22 de junio de 1986, cuando Diego Armando Maradona, en el calor del mediodía mexicano, firmó la «Mano de Dios» y el «Gol del Siglo» para eliminar a Inglaterra en cuartos de final. Cuarenta años después, la historia se repitió con otro 2-1, con otra remontada y con otro capitán argentino que decidió que el fútbol, a veces, es cuestión de fe. Y de vidas.

Inglaterra, en cambio, se marchó como siempre: con la cabeza gacha y el sabor amargo de la derrota. Tuchel, el técnico alemán que había llegado para devolver la gloria a los Tres Leones, se convirtió en el villano de la noche. Un planteamiento rácano, pasivo y cobarde hundió a un equipo que tocó la final con la yema de los dedos. Porque parafraseando al poeta, la cobardía es asunto de los hombres, no de los campeones, y los planteamientos cobardes no llegan a éxitos ni a historias, se quedan allí, que ni el recuerdo los puede salvar, ni el mejor orador conjugar.

El próximo domingo, en el MetLife Stadium de Nueva Jersey, la Albiceleste buscará su cuarta estrella ante España. En lo que llega la segunda final de habla hispana de la historia del futbol, Argentina, como el gato de la fábula, ha gastado una vida más. Y el próximo 19 de julio solo le hará falta una: la de creer.

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