En Cuba, pedir un taxi ya no requiere salir a la esquina ni levantar la mano en la calzada; basta con escribir una palabra en un grupo de WhatsApp. Lo que en un inicio fuera un recurso improvisado para resolver traslados puntuales se ha consolidado como una alternativa cotidiana para miles de personas.
El transporte público acumula un grupo de deficiencias acentuadas en los últimos años, expresadas en una flota reducida por falta de repuestos, rutas impredecibles y dificultades en el acceso a combustibles que paraliza con frecuencia a los pocos vehículos en circulación. Estas carencias —arreciadas por el bloqueo económico, comercial y financiero, y el cerco energético que dificultan el acceso a insumos y piezas de repuesto— han generado vacíos en la movilidad que el mercado privado ha sabido llenar con agilidad.
Uno de los factores que tiene a su favor el modelo es su sencillez, pues el cliente solicita el viaje en un chat colectivo; un gestor recopila los datos básicos —origen, destino y cantidad de pasajeros— y publica la ficha en un grupo exclusivo de choferes. El primer conductor disponible acepta «la carrera» y va por el usuario en cuestión de minutos.
A diferencia de las plataformas tradicionales, este sistema no requiere inversión en infraestructura digital. Opera sobre WhatsApp porque resulta inmediato, económico de montar y capaz de adaptarse a la velocidad de las necesidades diarias.
Sin embargo, esa misma simplicidad marca sus límites. La estabilidad del servicio depende de elementos frágiles como la calidad de la conexión a datos móviles, la fluidez del chat o la disponibilidad de vehículos en zonas periféricas.
Además, el acceso a esta red excluye a quien no tiene un teléfono inteligente, no domina la dinámica de los grupos o simplemente no puede costear las tarifas. De este modo, la movilidad, lejos de una necesidad cotidiana, se vuelve un privilegio condicionado.
Para los conductores, la red representa una vía de ingresos vital, aunque mantener los vehículos en marcha exige sortear a diario los mismos obstáculos de abastecimiento que frenan al sector público, lo que eleva los costos operativos y explica los altos precios finales del pasaje. Para una parte importante de la población, pagar esas tarifas resulta sencillamente imposible.
Estas agencias informales ya forman parte del paisaje urbano porque responden a una necesidad real. La pregunta no es si deberían existir, sino qué lugar ocuparían para una solución más amplia.