Tras el cristal, el dulce me llamó. Era uno de esos mediodías ardientes en que uno apura el paso para llegar a casa y encontrar consuelo en un vaso de agua. Recordé a mi abuela, su antojo perenne por los dulces, porque los abuelos llegan a un momento en que se parecen a los niños.
—Hola, ¿qué precio tiene? —le dije a un muchacho tras el mostrador, señalando al piquinini de siempre. De inmediato se puso de pie, me dio la mano, me comentó detalles y sacó tres piezas para que yo eligiera. Le conté de mi abuela y su caprichito, de lo mucho que le gustan y lo contenta que se pondría cuando le llevara el regalito. Entonces, cómplice, me dijo:—Te recomiendo este: es el más grande y el más bonito.
No indagué su nombre. Me bastaron sus maneras lindas para convencerme de que ese muchacho en situación de discapacidad intelectual merecía aquel puesto, porque su dulzura emulaba la de los dulces que promovía. Sobradas experiencias tengo con dependientes que, sin discapacidad alguna, rezuman amargura en el trato. Él, en cambio, abrazaba su puesto entre harinas y almíbares, para ganarse a los compradores, para ser bueno en lo que hace, para validarse como trabajador.
Ahí radica la importancia de dar oportunidades de empleo a personas en situación de discapacidad, ya sea física, mental, intelectual o sensorial: en reconocerlos como miembros plenos de la sociedad. No siempre fue así, durante mucho tiempo, los estigmas asociados a las discapacidades en los entornos laborales les han impedido participar plena y efectivamente en la sociedad, en igualdad de condiciones con los demás.
Un artículo disponible en el sitio web de la Organización Internacional del Trabajo estima que el 16% de la población mundial está en situación de discapacidad y que, a menudo, en especial las mujeres, enfrentan barreras de diversa índole que les impiden acceder al mundo laboral. Precisa, además, que dentro de este grupo los jóvenes tienen el doble de probabilidades de no estar empleados, ni estudiando ni recibiendo formación.
Cuba, con un compromiso inquebrantable con la universalización de la educación, ha mantenido, por encima de los obstáculos financieros que enfrenta, una política de formación especializada atendiendo a las diferentes discapacidades. Su expresión más evidente son los históricos resultados de los paratletas, que en no pocas ocasiones han llevado al país hasta la gloria olímpica.
Si bien se ha avanzado en la incorporación de personas en situación de discapacidad al empleo, cada día, en todos los actores económicos (empresas, unidades de producción, talleres, oficinas) y en no pocos puestos de trabajo se necesitan personas, incluidas quienes viven con discapacidad, para trabajar y desarrollar el país que soñamos, con espacio para las necesidades y aptitudes individuales.
En ese empeño resulta oportuna y valiosa la implementación de la transformación económica y social No. 69, aprobada en junio de este año junto a otras, enfocada en diseñar beneficios fiscales para los talleres donde laboren personas en situación de discapacidad, con el objetivo de incrementar los ingresos de los trabajadores. Algunas transformaciones necesitan, para su concreción, una reestructuración profunda; esta, sin embargo, solo requiere voluntad, empatía y trabajo social.
Con todos y para el bien de todos podemos emplear a más personas, facilitarles condiciones de acceso y eliminar cualquier práctica discriminatoria, que nada tiene que ver con nuestra vocación humanista. Que cada mostrador, mesa de trabajo o calle sea también un espacio donde la empatía y la voluntad abran puertas en el país que queremos, justo, digno y dulce. Inclusivo.