Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Martes de Tai chi

Autor:

Alejandra Cuadras Marrero

Todo empezó con un soborno emocional de mi madre. «Acompáñame, no quiero ir sola», me dijo. Y como casi siempre, cedí. Tai chi. Yo, que solo sabía de él lo que había visto en el parque: abuelos de sombra lenta, manos dibujando el aire, pensé: «Voy una vez y ya». Dos semanas después, sigo aquí, con las raíces un poco más hundidas en la tierra.

El primer día fue un desastre divertido. Mis brazos tomaban un camino y el grupo otro. «Esto no puede ser tan difícil», me dije. Error. Mis rodillas crujían como bisagras viejas en posturas que parecían un suspiro y que, a los 30 segundos, te hacían sudar frío.

La práctica tiene fama de ser cosa de viejos. Movimientos lentos, caras tranquilas, cero sudor. Y algo de eso hay. Pero nadie te cuenta la trampa, parece facilísimo hasta que lo intentas. Porque no es solo mover los brazos. Es aprenderse las secuencias, respirar cuando toca, no perder el equilibrio y, encima, relajar los hombros. Lo más difícil, a veces, relajar los hombros.

El profe se mueve como si el aire pesara menos. Todos detrás. Brazos arriba, abajo, cruzados. Piernas dobladas. Espalda recta. Todo se ve sencillo. Pasa un rato y las rodillas tiemblan. La cabeza grita: «¿Cuánto falta?». Y el profe, con una calma que desespera, suelta: «Relajen los hombros». Yo los aprieto más. Mi mamá me mira de reojo y se ríe. Lo está disfrutando.

La clase sigue entre nombres en chino que no puedo recordar y movimientos que hago tarde y mal. Pero, en medio del caos, hay un momento. Uno solo. De pronto, los brazos se mueven solos y tú ya no estás pensando en ellos. Respiras y ni cuenta te das. El cuerpo sabe qué hacer sin que la cabeza lo moleste. Es como si el mundo bajara el volumen por un instante.

Al final, reverencia otra vez. Más palabras en chino y yo tratando de responder con mi nulo conocimiento del idioma. Salgo con las rodillas flojas, los hombros sueltos y una sola pregunta latiéndome por dentro: «¿Cuándo es la próxima clase?».

Mi madre me mira al salir. Sabe que ganó. Yo también lo sé, pero no le doy el gusto.

Y así estoy cada martes y jueves intentando aprender algo nuevo del arte de la «meditación en movimiento». Esa hora y media de ejercicios me saca del ruido interior y me permite sentir que, por un momento, cuerpo y mente por fin acuerdan una tregua.

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