Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Despejando enigmas

Autor:

Marina Menéndez Quintero

¿Es buena o mala señal que la tercera parte de los electores brasileños se disponga a ejercer su voto para impedir que cierto candidato gane, y no para que gane el aspirante que consideren el mejor?

La pregunta emerge porque un sondeo acaba de revelar que en octubre, cuando se acuda a la primera ronda de las presidenciales de Brasil, se registrará esa tendencia, lo que pudiera estar señalando que una parte no despreciable del electorado no estará apoyando de forma decidida una opción, sino solo evitando otra, lo que pudiera originar mudanza de criterio y de voto si, como anuncian diversas encuestas, ninguna opción obtiene la mayoría absoluta en la primera ronda y, como ha ocurrido en casi todas las elecciones recientes de América Latina, hay segunda vuelta.

Ello pudiera estar retratando también un «dilema» que está persiguiendo al progresismo latinoamericano con renovada saña en los meses recientes: la manipulación, las satanizaciones y las judicializaciones de la política, urdidas por la derecha...

¿O ha sido que las ciudadanías no se conforman con las mejoras sociales de los mandatos izquierdistas del último quinquenio, todos los cuales han perdido hasta ahora el poder en manos no exactamente de la derecha sino, por lo general, de una ultraderecha que juega a la «apolítica» presentando a sus candidatos como supuestos outsiders, quienes, sin embargo, guían sus pasos de modo maniqueo y marcadamente ideologizado, apegados, además, a los designios de Washington, a veces hasta de modo servil?

En el caso de Brasil, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva, ofendido en su propio suelo por las irrespetuosas declaraciones proferidas contra su persona por el mandatario argentino, Javier Milei, hace algunos días, parece tomará medidas para que ninguna otra figurilla llegue al país a hacer política a favor de Flavio Bolsonaro, el hijo del expresidente Jair con menos problemas que sus hermanos para heredar la candidatura que su condena a prisión le ha quitado al padre de la familia, por su intentona golpista de enero de 2022.

Lula, un político fraguado en la contienda desde su época de líder sindical y obrero hasta sus tres veces en la presidencia —pasando por el lawfare que lo llevó injustamente a prisión—, no aspira a retener la presidencia mediante campañas comunicacionales superfluas o solo con pasos coyunturales encaminados a tranquilizar a la población, como puede entenderse que ha sido el propósito de las reanudadas conversaciones con EE. UU. acerca del espinoso tema de los aranceles, cuya elevación perjudica, por un lado, al líder del PT, al presentarlo como causa de una decisión de Donald Trump que afectará al empresariado y a la economía brasileñas; pero que por otro lado lo dignifica al ubicarlo en un punto lo suficientemente valeroso como para que el Imperio lo considere un peligro. En tal caso, el papel de Lula como defensor de la soberanía nacional brasileña, se dignifica. 

Además, el líder brasileño vuelve a bregar ahora por ampliar la base social y política de su electorado.

Una gran coalición con mayoría de las bases trabajadoras y populares con peso rural, que han constituido siempre el voto duro del PT, sobre todo en el nordeste del país, dio vida el fin de semana a su primer acto de campaña, en lo que constituyó también la primera imagen de una alianza con sentido frenteamplista que incluye a la llamada centroizquierda y a sectores de derecha, los que se adosan a su candidatura incluso, a nivel estadal, y no precisamente conformando a un sujeto político oficial con el PT a nivel federal.

Analistas locales opinan que el fortalecimiento de la base en los estados demuestra la solidez y madurez política de Lula, visibles en medidas de carácter nacional adoptadas al influjo de posibles consensos, y que habrá que convertir en apoyo electoral, mientras mantiene la vista y el pie en el ejercicio del Gobierno, es decir, sin dejarse atrapar únicamente por los actos de la campaña, sino con un ejercicio presidencial que es parte sustancial de ella.

Si Lula mantiene el liderazgo que le otorgan los estudios de opinión, pudieran irse por el caño previsiones como la arrojada por la encuesta más reciente de la firma Datafolha, al anunciar que el 30 por ciento de los electores tendrá como primer incentivo para votar, cerrarle el paso a un candidato que les desagrade.

Lo más seguro sería una votación mayoritaria para el PT que exprese solidez de la alianza que se consiga y la calidad y madurez de su programa de gobierno, de modo que mantenga en caso de resultar reelecto, el apoyo popular que seguirá necesitando después.

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