La Copa Mundial de Fútbol 2026 cerró sus cortinas este domingo con el sello rojizo de los nuevos campeones: España. Ha sido la justa que despidió a grandes de este deporte: Messi, Cristiano, Modrić, Neymar, Neuer, Kane, Salah, Van Dijk, Lukaku... Sí, una generación empieza a despedirse, pero eso fue apenas la superficie.
Este Mundial volvió a demostrar que el fútbol nunca está separado de la realidad. Fue el espejo de una sociedad que sigue incapaz de convivir con la diferencia. Mientras un joven como Lamine Yamal cargaba con apenas 19 años el peso de una selección, parte del mundo decidió recordarle, entre abucheos e insultos, que es musulmán.
Cuando una alta funcionaria calificó a Francia como «el equipo africano flojo de modales», no emitió una opinión: normalizó el racismo y la xenofobia. Y conviene recordarlo una vez más: el racismo, la discriminación religiosa y la xenofobia no son opiniones, son formas de violencia.
También quedó expuesta la desigualdad de siempre. El fútbol volvió a dividir al mundo entre quienes pueden pagar plantillas construidas con cientos de millones y quienes, no hace tanto, armaban selecciones con albañiles, taxistas y trabajadores que nunca dejaron de serlo. Entre el norte que acumula recursos y el sur que sobrevive compitiendo con mucho menos siguen existiendo grandes diferencias.
Y, sin embargo, en las tribunas apareció la otra cara del Mundial. Pancartas por Lumumba, banderas reclamando a las Malvinas, hinchas convirtiendo las gradas en un espacio de memoria y resistencia. Porque, incluso, cuando el espectáculo intenta despolitizarlo todo, la gente insiste en recordar que el fútbol también habla de historia.
Mientras el balón rodaba, el poder también jugaba su partido. Sanciones, controles migratorios, delegaciones tratadas como sospechosas, iraníes obligados a marcharse. El capitalismo y la geopolítica volvieron a jugar de locales. Hubo estadios para todos, pero derechos para muy pocos.
Y fuera de los estadios, la realidad nunca se detuvo. Madres mexicanas seguían excavando fosas en busca de sus hijos. Migrantes continuaban marchando para reclamar el derecho más básico: vivir sin miedo. El mismo país que vendía entradas por miles de dólares seguía negando a millones algo mucho más elemental: dignidad.
Por eso, el Mundial nunca es solo fútbol. Es una vitrina donde se exhiben las desigualdades, las contradicciones y las disputas del planeta. Es el lugar donde la emoción convive con la injusticia, donde un gol puede unir a millones mientras el odio sigue buscando a quién señalar.
Quizá esa sea la mayor verdad del fútbol: durante 90 minutos parece que todo cambia; pero cuando el árbitro pita el final, el mundo sigue siendo exactamente el mismo. Y ese, más que cualquier resultado, debería ser el marcador que nos preocupe.