Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

El honor de servir

Autor:

Héctor Alejandro Castañeda Navarro

 

Hablar de Raúl es recorrer una parte esencial de la historia de la Revolución Cubana. Su sabia conducción ha estado guiada por la defensa de la unidad como garantía de continuidad, resistencia y capacidad para enfrentar los desafíos de cada época. Su agudeza política, en cambio, ha constituido bastión inexpugnable para la continuidad histórica de nuestro proyecto socialista.

A lo largo de los años, el hombre de verde olivo que guio con suma organización las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), ha insistido en que la Revolución solo puede sobrevivir si es capaz de renovarse sin desnaturalizarse ni perder su rumbo socialista.

Bajo esa convicción, cuando las circunstancias le exigieron asumir la máxima dirección del Partido y del Estado, el General de Ejército demostró una notable estatura como estadista.

Uno de los rasgos distintivos de su gestión fue comprender que la continuidad revolucionaria requiere la capacidad de cambiar todo lo que deba ser cambiado, sin renunciar jamás a los principios esenciales de justicia social, soberanía e independencia nacional.

Esa visión permitió impulsar actualizaciones económicas y sociales dirigidas a fortalecer el proyecto socialista cubano y hacerlo más sostenible. Le correspondió conducir esos procesos en medio de complejas crisis internacionales, limitaciones internas y el recrudecimiento de las políticas de hostilidad contra Cuba.

Asimismo, demostró en 2014 que nuestro país dialoga y negocia sobre la base de la igualdad soberana y el respeto mutuo, nunca bajo la coacción ni la imposición. El proceso que condujo al restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos confirmó una convicción defendida durante décadas por la Revolución: la disposición al entendimiento jamás puede confundirse con debilidad.

Como ministro de las FAR durante décadas, Raúl fue artífice de un escudo defensivo que permitió enfrentar incontables agresiones promovidas contra la nación y el arquitecto de un ejército surgido del pueblo, disciplinado, eficiente y profundamente internacionalista.

Es recordada su certeza de que «evitar la guerra equivale a ganarla». Bajo su mando, la doctrina de la Guerra de Todo el Pueblo se ha consolidado como una garantía de la soberanía nacional y de la capacidad de defensa del país, sustentada en la participación consciente y organizada de todos los ciudadanos.

Uno de sus mayores legados en lo que va de siglo ha sido también asegurar el relevo generacional de la Patria, constituyendo una evolución natural y segura, ofreciendo una lección de desprendimiento, responsabilidad y confianza en los pinos nuevos.

Su autoridad moral continúa siendo referencia para generaciones de cubanos y su ejemplo recuerda que los procesos revolucionarios solo pueden perdurar cuando son capaces de combinar firmeza en los principios y capacidad de adaptación.

Intentar, con narrativas fraudulentas, manchar su figura, supone ignorar deliberadamente la dimensión histórica de un hombre que, desde los días del Moncada, el presidio político, el desembarco del Granma y la lucha guerrillera en la Sierra Maestra, ha consagrado su vida al servicio de la Patria.

La historia de la Revolución Cubana no puede entenderse sin la huella de Raúl. Su legado trasciende responsabilidades y cargos para asentarse en una obra de continuidad, disciplina y confianza en el futuro. En tiempos de desafíos complejos, su trayectoria sigue recordando que el honor de servir a la Revolución es, también, una de las formas más altas de la dignidad humana.

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