«Quiero que transformes esta foto mía al estilo visual de Studio Ghibli. Mantén mi pose y el fondo, pero aplícale los rasgos característicos del estudio: colores suaves y vibrantes, trazos expresivos, iluminación cálida y texturas naturales. Asegúrate de que mi rostro conserve mi esencia, pero con un toque artístico característico de sus películas». Con este prompt (comando), usted puede transformar en ChatGPT cualquier foto suya a una versión del famoso estudio japonés de anime que le ha legado a la humanidad obras tan sublimes como Mi vecino Totoro.
El hecho es tendencia hoy en redes sociales, y luego de probarlo, he de decir que es algo sorprendente: en unos segundos tu foto se transforma en una versión anime al mismísimo estilo de Studio Ghibli. Pero luego varias preguntas me asaltaron. ¿Es esto ético? ¿Y el derecho de autor? ¿Dónde queda el valor de la obra?
Como reflexionara el cineasta Nacho Vigalondo en BlueSky, «todo robo cometido por OpenAI debería molestarnos por igual, pero el caso de Miyazaki es especialmente odioso, la obra que se ha comido en su vida es un acto de resistencia contra los atajos tecnológicos, es artesanía militante».
El legendario estudio de animación ha emitido una carta de cese y desista, porque, como era de esperarse, no van a quedarse de brazos cruzados mientras otros lucran con su propiedad intelectual.
Durante décadas, Hayao Miyazaki y su equipo han construido un lenguaje visual inconfundible, con un nivel de detalle, calidez y magia inigualables.
En esta era de lo fácil y desechable, ¿para qué desarrollar un estilo propio cuando puedes simplemente robarle el trabajo a un estudio que ha dedicado su existencia al arte? Ahí está el problema: muchos creen que la
creatividad se trata solo de copiar y pegar, sin entender que cada línea, cada color y cada textura de Ghibli tiene detrás años de esfuerzo, talento y amor por la animación.
¿Es esta una moda pasajera en redes sociales? Creo que no. Es la validación de que cualquiera puede tomar el trabajo ajeno, distorsionarlo y presentarlo como propio. Es la desvalorización total del arte a manos de OpenAI.
Tanto es así, que Sam Altman, el director ejecutivo de la empresa con sede en Estados Unidos, ni siquiera se ha pronunciado al respecto tras las duras críticas de Miyazaki, quien dijo estar profundamente disgustado y etiquetó el hecho como «un insulto a la vida misma», según un video difundido en la red social X.
Altman, por su parte, decidió restringir la generación de fotos «a lo Ghibli», porque ChatGPT estaba sobresaturado y «su equipo necesitaba descansar», según trascendió en varios medios.
Studio Ghibli tiene todo el derecho de defender su legado. Tal y como ya tuvo que hacer Scarlett Johansson cuando OpenAI empleó su voz para su asistente virtual sin su consentimiento.
Como un apasionado y fiel defensor de las tecnologías, me atrevo a asegurar que estas herramientas de inteligencia artificial generativa han llegado para quedarse y transformar el mundo de maneras insospechadas. Sin embargo, la falta de regulación en la que hoy se desarrollan conduce por caminos inciertos, especialmente en materia de arte y quienes lo realizan, así que por ahora solo podremos esperar otros escándalos. Quizá todo sería más fácil si los que ahora impulsan estas transformaciones apelasen a la ética y el respeto por la obra humana, aunque quieran que las máquinas algún día sean como nosotros.