Ahora que Cabo Verde da muestras de la entereza de los pueblos pequeños (y tal vez descartados de antemano, cual acompañantes de comparsa) en el Mundial de Fútbol, hay un pasaje que emerge de mi memoria en toda su sencillez, en todo su simbolismo.
En mis estudios de Periodismo en la Universidad de Oriente, en Santiago de Cuba, compartí aula, esperanzas y asombros con jóvenes de parte de ese universo al que han endilgado el calificativo de Tercer Mundo.
En este mundo tan euro-norteameticano, tan festivalero, tan parisino y neoyorquino, llegaban mis compañeros, mis inolvidables compañeros, del África profunda, del continente costeño e insular, del cono Sur de América, del Istmo centroamericano.
La solidaridad fue el puente que les hizo saltar geografías e idiomas, que los llevó a nuestro espacio, que trazó caminos desconocidos.
Había sesiones dedicadas a confraternizar, a conocer más profundamente la cultura de cada país. Y aquella tarde le tocó a Cabo Verde. Augusto era un caballero tan augusto como su nombre. Anita era una chica de ojos vivaces, aunque un poco tímida. Ellos serían los expositores.
Es sobre Cabo Verde, comenté, esas islitas del norte de África. Juro que no había desdén, sino confirmación; pero a los caboverdianos no les gustó la frase o tal vez adivinaron demasiado énfasis en mi tono.
Avanzaron hasta al pizarrón verde y dibujaron como pudieron sus ínsulas hermosas, entrañables. Nos dijeron sus nombres, nos contaron sus leyendas y angustias. Entonces, Augusto me miró fijamente y puntualizó en su español con el fondo sonoro del portugués: son islitas, sí, pero esparcidas por las manos de Dios.
Sentí una saeta en el costado y traté de explicarme, de disculparme.
La grandeza no se mide en kilómetros cuadrados. Al mundo nuestro les hace falta más verdor y más cabos y más gente que les estremezca como el portero Vozinha.
Aquella nostalgia del tema Mar Azul, cantada por la diva Cesária Évora, resumía la nostalgia, la diáspora, el encanto de Cabo Verde. Esas islas tan lejos de los focos mediáticos que nunca buscaron notoriedad, sino su derecho a existir. Esas islas de gente que no se rinde. Lo acaban de demostrar.
