Durante décadas, los libros de texto describieron el centro de nuestro planeta como una esfera de hierro sólido, del tamaño de la luna, que crece un milímetro cada año. Esa imagen hoy se desmorona. El núcleo interno podría ser un estado de la materia nunca antes visto, crece de forma desigual bajo Indonesia y su edad es uno de los grandes misterios de la geología
Bajo nuestros pies, a más de 5 000 kilómetros de profundidad, la presión alcanza los 3,3 millones de atmósferas; y la temperatura supera los 5 000 grados centígrados, números que rivalizan con la superficie del sol. En ese infierno de hierro y níquel, los libros de texto aseguran que existe una esfera sólida. Los sismólogos llevan años toqueteando esa certeza.
Las ondas sísmicas que atraviesan el núcleo interno de la Tierra viajan a velocidades de cizalla de entre 3,4 y 3,6 kilómetros por segundo. Esa cifra resulta un 30 o 40 por ciento más baja de lo que debería ser, si el núcleo fuera hierro sólido convencional. Algo no encaja. ¿Cómo puede el centro sólido del planeta ser a la vez rígido y blando?
La respuesta a esa interrogante llegó en 2025, cuando un equipo internacional, liderado por el profesor Youjun Zhang y la doctora Yuqian Huang, de la Universidad de Sichuan, publicó un estudio en National Science Review. Tras acelerar muestras de hierro-carbono a siete kilómetros por segundo y someterlas a presiones de 140 gigapascales, observaron algo extraordinario. El material se transformaba en un estado superiónico: los átomos de carbono se movían con libertad, a través de la estructura cristalina del hierro, como niños que se cuelan entre las parejas de un baile cuadrado, mientras el hierro conservaba su orden.
Ese estado híbrido —ni sólido ni líquido— explica las anomalías sísmicas que han desconcertado a los geofísicos. También redefine lo que significa «sólido» en el centro de la Tierra. «Nos alejamos de un modelo estático y rígido del núcleo interno hacia uno dinámico», explicó Zhang. El núcleo no es una roca. Tampoco se trata de un metal ordinario. Constituye un material que desafía las categorías clásicas.
Si el núcleo interno crece al solidificarse el metal líquido de su exterior, su edad se convierte en una pregunta fundamental. Las estimaciones han oscilado entre 500 millones y más de 4 000 millones de años. Un margen de error de 3 000 millones de años no es un detalle menor.
Expertos de la Universidad de California, en Berkeley, liderados por los sismólogos Barbara Romanowicz y Daniel Frost, propusieron en 2021 un modelo que sitúa el nacimiento del núcleo interno entre 500 y 1 500 millones de años atrás.
Esa imprecisión esconde un problema de enormes proporciones. Los registros paleomagnéticos demuestran que el campo magnético terrestre existe desde hace al menos 3 400 millones de años. Sin embargo, el campo magnético actual se alimenta, en buena medida, de la convección que genera el crecimiento del núcleo interno. Si el núcleo interno solo existe desde hace 1 500 millones de años como máximo, ¿qué alimentaba el campo magnético durante los 2 000 millones de años anteriores?
Una posible respuesta apunta a los elementos ligeros disueltos en el hierro fundido. Al separarse del metal durante la solidificación, liberaban calor y generaban convección, un motor alternativo para la geodinamo primitiva.
Un estudio publicado, en 2025, en Geochemistry, Geophysics, Geosystems añadió una pieza más al rompecabezas. Los investigadores midieron la intensidad del campo magnético hace 510 millones de años y encontraron valores, excepcionalmente débiles, de apenas 1,2 microteslas. Ese dato encaja con la hipótesis de una nucleación tardía del núcleo interno: el campo magnético se habría debilitado antes de que el núcleo sólido empezara a crecer, para luego fortalecerse después. Aunque las muestras fiables de ese período son escasas, y las conclusiones, preliminares.
A la incertidumbre sobre la edad, se suma otra rareza. El núcleo interno no crece de forma uniforme. El modelo de Berkeley reveló que el lado este, bajo el mar de Banda en Indonesia, se solidifica a mayor velocidad que el oeste, bajo Brasil.
Esa asimetría no convierte al núcleo en un objeto deforme. La gravedad redistribuye el hierro cristalizado hacia los polos, manteniendo la forma esférica. Así, el crecimiento desigual sugiere que algo, en el manto o en el núcleo externo bajo Indonesia, extrae calor del interior a un ritmo más rápido que bajo Brasil. Una zona de enfriamiento acelerado que lleva medio billón de años activa.
El hallazgo resuelve, además, un misterio de tres décadas. Los cristales de hierro del núcleo se alinean, de forma preferente, a lo largo del eje de rotación de la Tierra, un fenómeno más acusado en el oeste que en el este. El crecimiento asimétrico explica esa orientación: la gravedad empuja los cristales hacia los polos a medida que el núcleo crece, alineándolos con el eje de rotación. Una solución elegante para un problema que llevaba 30 años sin respuesta.
Los divulgadores científicos repiten una frase que suena a verdad revelada: el núcleo interno es más pequeño que la luna, pero más masivo. Técnicamente, la afirmación es correcta. El radio del núcleo interno ronda los 1 220 kilómetros, frente a los 1 737 de la luna. Su masa, unos 9,7 × 10²² kilogramos, supera los 7,35 × 10²² de nuestro satélite natural. La comparación, aunque precisa, no es totalmente adecuada.
El núcleo interno representa menos del dos por ciento de la masa total de la Tierra. La luna, en cambio, es un mundo completo, con su propia geología, su historia y su dinámica. Decir que el núcleo interno «pesa más que la luna», sugiere una equivalencia que no existe. La comparación pervive porque resulta útil para la imaginación, no obstante oscurece la verdadera naturaleza del núcleo: un objeto minúsculo en proporción al planeta, aunque crucial para la vida en la superficie.
Para desentrañar estos misterios, los científicos recurren a herramientas que hace una década no existían. Las simulaciones de dinámica molecular, combinadas con experimentos de choque en instalaciones como la National Ignition Facility, en California, Estados Unidos, permiten replicar en laboratorio las condiciones del núcleo. Los científicos aceleran muestras a velocidades supersónicas, las comprimen hasta 430 gigapascales y las calientan a más de 5 500 grados Celsius. En ese instante, observan cómo se comporta la materia en un estado que ningún ser humano podrá ver jamás con sus propios ojos.
El corazón de la Tierra sigue siendo un territorio inaccesible, y la ciencia ha aprendido a leer sus latidos a distancia. Cada nuevo experimento, cada simulación más precisa, acerca un poco más la respuesta a preguntas fundamentales: ¿cuándo nació el núcleo interno? ¿Qué estado de la materia lo compone? ¿Por qué crece de forma desigual? Y, sobre todo, ¿qué nos dicen estos hallazgos sobre la historia de un planeta que ha protegido la vida durante miles de millones de años?