Con cerca de cinco millones de muertes documentadas, en solo un año, hay bacterias que resisten todo, o casi todo. ¿Qué dice la ciencia?
En 2021, casi cinco millones de personas en el mundo murieron con una infección causada por una bacteria que ningún antibiótico disponible podía controlar. El dato lo reveló el estudio más grande, jamás realizado sobre resistencia antimicrobiana, publicado en The Lancet, en septiembre de 2024: 520 millones de registros clínicos de 204 países, tres décadas de seguimiento, 4.7 millones de muertes asociadas a bacterias resistentes, en un solo año.
El profesor Benoit Deprez, director del Centro de Descubrimiento de Fármacos del Instituto Pasteur de Lille, lo resumió así: «Ningún estudio anterior ha sido tan exhaustivo y extenso».
Las cifras globales pueden resultar abstractas. Pero, en Argentina, en 2023, tres pacientes hospitalizados, en una institución privada de Buenos Aires, contrajeron una cepa de Klebsiella pneumoniae, que era resistente a los 30 antibióticos disponibles en el país. Treinta. Ninguno funcionaba.
El doctor Fernando Pasteran, investigador del Instituto Malbrán, dijo entonces, según archivos de prensa de esos momentos: «Es la primera vez que detectamos que una bacteria, que afecta a pacientes hospitalizados en la Argentina, resulta ser simultáneamente resistente a los 30 antibióticos disponibles, incluyendo los más nuevos».
Los pacientes sobrevivieron, pero solo, gracias, a una combinación experimental de tres fármacos administrada, bajo uso compasivo, un recurso que Pasteran calificó de insostenible: «La bacteria podría desarrollar resistencia a la triple terapia».
A miles de kilómetros, en una unidad de cuidados intensivos en los Países Bajos, entre diciembre de 2023 y abril de 2024, ocho pacientes resultaron infectados por Pseudomonas aeruginosa, resistente a carbapenems. La fuente no fue otro enfermo. Fueron los lavabos de la unidad de cuidados intensivos. Las bacterias viajaban desde los sumideros hasta los pacientes, sin que mediara contacto entre personas. Los investigadores retiraron todos los grifos y desagües de las habitaciones. Solo entonces el brote se detuvo.
El Reino Unido ofrece otro termómetro de la crisis. La Agencia de Seguridad Sanitaria británica (UKHSA) reportó que, en 2024, se registraron 20 484 infecciones del torrente sanguíneo, causadas por bacterias resistentes, un 9.3 por ciento más que en 2023. Las muertes en personas con infección resistente pasaron de 2 041 a 2 379, en un solo año. Son casi 400 infecciones resistentes por semana. La profesora Susan Hopkins, directora ejecutiva de la UKHSA, dijo al respecto que «más personas que nunca están adquiriendo infecciones que no pueden tratarse eficazmente con antibióticos. Esto las pone en mayor riesgo de enfermedad grave e incluso de muerte».
Mientras todo esto ha sucedido —y sucede—, el «armamento» disponible para los humanos se reduce. La Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó, en octubre último, su análisis más reciente sobre la cartera de nuevos antibacterianos: hay 90 agentes en desarrollo clínico, tres menos que en 2023. De ellos, solo 15 son innovadores y, apenas cinco pueden atacar bacterias de la categoría «crítica», las más peligrosas. La OMS lo calificó como una crisis dual de escasez y falta de innovación.
En el terreno, la resistencia avanza más rápido que las soluciones. Según el informe de la OMS, con datos de más de 100 países, una de cada seis infecciones bacterianas confirmadas en laboratorio, ya era resistente a los antibióticos de uso habitual en 2023. Entre 2018 y 2023, la resistencia aumentó en más del 40 por ciento de las combinaciones patógeno-antibiótico monitoreadas, con incrementos anuales de entre el cinco y el 15 por ciento. El director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, declaró: «La resistencia a los antimicrobianos va más rápida que los avances en la medicina moderna».
Las bacterias gramnegativas —E. coli y Klebsiella pneumoniae a la cabeza— son las que más preocupan. Son las responsables de las infecciones sanguíneas más graves y con frecuencia derivan en sepsis. Por eso, se necesitan datos clínicos longitudinales que detallen la evolución de la mortalidad por sepsis, de origen gramnegativo resistente, en América Latina, entre 2020 y 2025.
Pero, si las bacterias no conocen fronteras, la respuesta humana sigue fragmentada. En Brasil, un tercio de la población consume antibióticos sin receta, de acuerdo con un estudio de la Sociedad Brasileña de Infectología. La Agencia Nacional de Vigilancia Sanitaria del gigante sudamericano reportó 21 millones de unidades de Azitromicina vendidas, en el primer semestre de 2025, un cinco por ciento más que el año anterior. En Reino Unido, la prescripción privada de antibióticos se duplicó entre 2019 y 2024, mientras que el 22 por ciento de todos los antibióticos se dispensaron fuera del sistema público de salud.
El concepto de «era posantibióticos» no describe un futuro distópico, sino un fenómeno documentado: la panresistencia, definida como la resistencia de una bacteria a todos los antibióticos disponibles en un país. Ya se ha detectado en Argentina. Se ha reportado también en India, Sudáfrica y varios países del sudeste asiático.
La OMS tiene herramientas sobre la mesa. La clasificación AWaRe (Acceso, Precaución, Reserva) ordena los antibióticos en tres categorías para guiar la prescripción y preservar los fármacos de último recurso.
Los antibióticos de reserva —como el Cefiderocol— están indicados, exclusivamente, para infecciones por patógenos multirresistentes, cuando no existen otras alternativas. Pero, sin acceso a diagnósticos rápidos que distingan infecciones bacterianas de virales en minutos, la receta empírica sigue siendo la norma en la mayoría de los centros de salud del mundo. La OMS identificó el pasado año «brechas persistentes» en diagnóstico: faltan plataformas multiplex para detectar infecciones sanguíneas, sin necesidad de cultivo y pruebas sencillas, en el punto de atención para centros de salud primaria.
Las soluciones no tradicionales están en fases tempranas: bacteriófagos, anticuerpos monoclonales, moduladores del microbioma. De los 90 agentes en desarrollo clínico que la OMS contabilizó en 2025, 40 corresponden a estas estrategias. Pero, solo cinco de esos 90 apuntan a las bacterias más peligrosas.
Entretanto, las bacterias no emiten comunicados o escriben estudios científicos. Solo se adaptan. Y lo están haciendo más rápido que la capacidad humana de responder.