Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

El camino: una sala llena y una alerta

Autor:

Yuniel Labacena Romero

 

Todavía estoy sorprendido. También están y lo confirman los casi 40 cibernautas que escribieron bajo mi publicación en la red social Facebook cuando anuncié que el sábado 10 de octubre el capitalino cine Yara se abarrotó de personas para ver la presentación especial de El camino, la ópera prima de Omar Alí, que cuenta a los más jóvenes la gesta por nuestra libertad, toda su epopeya, desde la fuerza mágica del séptimo arte.

Hay que sorprenderse de que ese día no solo las lunetas de la gran sala, sino también las escaleras, estuvieran ocupadas por personas sentadas; de que buena parte del público se quedara fuera, apiñado en el vestíbulo y en la acera, convencido de que valía la pena esperar, y de que una sola función no bastara: hubo que programar una segunda ese mismo día porque la fila daba la vuelta por la calle M, en el Vedado, entre el murmullo impaciente de quienes ya no cabían en la cuadra. Y eso que dentro caben 1 500 personas.

Una fila que, visto está, se armó a pie, en motos eléctricas, en carros de la familia, en cuanto vehículo apareciera, porque el transporte es hoy un rompecabezas que cada cubano resuelve como puede. Y aun así, llegaron. Llegaron con el calor pegado a la espalda, con la merienda en una bolsa, con los niños y adolescentes de la mano y la esperanza puesta en una pantalla grande.

«Hacía años que no veía el cine así. Me recuerda los festivales de Cine Latinoamericano cuando estaba en el pre», escribió un cibernauta. Otro sentenció: «Bien por Alí y muy bien por el respaldo del público, que no asiste al cine por aburrimiento u otras razones oscuras. Asiste porque ama y conoce la cinematografía cubana e internacional».

Y es que en esa sala había de todo: el señor mayor que no se pierde un estreno, la muchacha que estudia la carrera de Historia en la Universidad de La Habana, el matrimonio que hizo de la salida al cine un ritual de resistencia, el adolescente o el joven que quizá iba por curiosidad y salió con una historia nueva en la cabeza. Gente diversa, como es diversa esta Isla que se empeña en no dejar de soñar.

Dejo los análisis de la película a los especialistas, pero sí quiero destacar lo valioso de esta obra para una generación como la mía, que ha vivido la última etapa de nuestras más duras batallas y se ve reflejada allí. Es una obra sencilla y humana. Se trata, como ha dicho su director, de un «homenaje a los jóvenes de todos los tiempos, a esa fuerza necesaria para los cambios».

Así, a través de un viaje retrospectivo y desde la ficción, El camino recorre varias etapas de la historia de Cuba (2025, 1988, 1962, 1956, 1954, 1926 y 1868) a través de jóvenes que enfrentan desafíos, crecen y transforman. El reparto —Milton García, Andros Perugorría, Iris Pérez, Lola Amores, Fernando Hechavarría…—sostiene el relato. Pero lo que aquí interesa, ahora, no es la ficha técnica, sino lo que ocurrió alrededor de la pantalla.

Quiero hablar de la heroicidad cotidiana y de cómo seguir creando propuestas para nuestros públicos, en especial para los más jóvenes, porque no hay apenas transporte público y así, aquella sala estuvo abarrotada. ¿Cómo llegaron esas personas hasta allí? La respuesta está en la gente. En esa capacidad cubana de convertir la carencia en convocatoria, el apagón en tertulia, la cola en pretexto para el chisme y la solidaridad. El cubano, cuando algo le importa, se crece. Y el cine, para muchos, sigue importando.

Si el séptimo arte cubano se mueve y tiene sus propuestas, ¿por qué no podrán lograrlo otras instituciones, organismos, centros…? Si en medio de intensos apagones, falta de agua, conexión y muchas carencias las personas siguen respondiendo, es porque hemos dejado espacios vacíos que otros se han encargado de llenar.

De llenar con lo que hay a mano, al trozo, con el dinero por delante, con la burocracia que todo lo frena, o queriendo convencerte de que lo único importante es esto o aquello. Hay proyectos bellísimos en algunos sitios y, lamentablemente, tampoco los atendemos. Son tiempos de tomar los barrios por lo clave que son. De devolverle su cine, su galería, su tarima, su biblioteca…, su espacio de encuentro.

No podemos retroceder en los consumos culturales, y lo ocurrido en el Yara lo demuestra: en tiempos donde tantas certezas se caen —y donde algunos se apresuran a firmar el acta de defunción de todo lo público—, una sala se llenó. Esa sala llena es un mensaje, una alerta a quienes creen que ya nada convoca, a quienes administran la cultura desde el escritorio y el presupuesto, a quienes olvidan que el público existe, resiste y responde.

Una sola función. Mil quinientas lunetas. Una fila que dobló la esquina de M. La cultura cubana sigue viva y la gente, cuando se le tiende la mano, la toma. No hace falta preguntarse si responde: ya respondió. Falta preguntarse cuántos espacios seguimos dejando vacíos.

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