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La soberbia de Trump rebasa las estrellas

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Cuentan los libros de historia que existe una vieja costumbre en cualquier nación imperialista: reclamar todo a su paso, como si la libertad de otros le perteneciese por derecho. La arrogancia parece ser la norma para triunfar en geopolítica, y un post del actual presidente de los Estados Unidos con la frase «La Luna es nuestra», termina siendo un titular más en el ecosistema de las redes virtuales.

Así funciona el poder en nuestros tiempos. No importan las promesas gubernamentales o la seriedad de los mensajes. Basta con atraer las miradas en una actuación interminable y que los problemas se escondan, convenientemente, tras la cortina de humo que otorga el algoritmo.

Donald Trump lo ha comprobado desde que asumió su mandato. El control de las narrativas globales le garantiza privilegios, aunque se encuentre en tela de juicio su preeminencia, tanto en lo financiero como en la carrera armamentista. 

La publicación en su plataforma Truth Social de una imagen fabricada con inteligencia artificial afirmando ser el propietario de la Luna, a primera vista parece otra excentricidad del mandatario. De acuerdo con el artículo dos del Tratado del Espacio Exterior, firmado por cien países en 1967, «ninguna nación puede, bajo ningún concepto, reclamar la propiedad de una estrella o cuerpo celeste».

Sin embargo, las declaraciones de Trump no se quedan solo en la retórica y esconden un trasfondo preocupante: Estados Unidos no solapa su intención de erigirse sobre sus competidores. El mensaje resulta más impactante porque llega a tan solo dos años de que Estados Unidos lleve a cabo el primer alunizaje en más de medio siglo, en una pugna comercial con el Gobierno chino que recuerda a las tensiones de la llamada Guerra Fría.

Para la Casa Blanca, la Luna es más que un satélite: representa la extensión de una batalla por la preponderancia económica, en la cual cada vez pierde más terreno. Mientras Beijing construye su propia estación orbital y planea una base en el polo sur lunar, Washington busca validar sus supuestos derechos, aunque sea en la opinión pública, ante la mirada incrédula de miles de ciudadanos que ya no compran su discurso.  

En el proceso, cual actor consagrado de un reality show televisivo, apuesta por la soberbia para esconder los desmanes tras esa escena: una deuda nacional que para agosto de 2026 superaba los 40 billones de dólares, un crecimiento del Producto Interno Bruto que se desacelera al compás de las sanciones a terceros y una producción que no sostiene las aventuras belicistas del presidente.

No obstante, la arrogancia tiene un precio, y Donald Trump lo ha evidenciado en su propio territorio: mientras juega en las redes a ser el propietario de la Luna, en la Tierra genera cada vez mayor descontento por sus comentarios, que rozan la comedia de lo absurdo.

Para marzo de 2026, alrededor de ocho millones de personas convocadas por el movimiento No Kings, protestaron contra las pésimas decisiones de su administración, y esas manifestaciones de descontento se han replicado en los últimos meses. Sin dudas, la desconexión entre las fantasías espaciales de Trump y la realidad de un déficit comercial con China que supera los 300 mil millones de dólares, se hace cada vez más insostenible.   

Ahora, cuando la cercanía de las elecciones de medio tiempo marca el curso de su segundo mandato, el presidente de Estados Unidos intenta sostener su imagen de supremacía, aunque la influencia en el Congreso, al igual que las estrellas, pareciera encontrarse muy lejos de la jurisdicción del mandatario.

El clima político no se avizora favorable para el actual representante del Partido Republicano, pero en las elecciones estadounidenses las conjeturas pueden fallar en el último momento. Solo un juicio puede emitirse sin temor a erratas: las excentricidades continuarán acaparando titulares, en la Tierra o en la Luna, porque la soberbia de Donald Trump rebasa las estrellas.

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