¿Alguna vez tuvo usted una gaveta trabada, y mientras más intentó moverla más reacia se comportó? El primer instinto cuando ocurre lo anterior es a desesperarse, intentar repetir, mecánicamente, el gesto de abrir y cerrar sin que la guardadora ceda. Ante esa situación, que pareciera tan simple, también se ven, no pocas veces, las sociedades. Algo no anda bien, algo socialmente costoso se traba, y la primera reacción es a repetir, instintivamente, las mismas salidas.
Si lo anterior es común en una sociedad cuya existencia discurre en condiciones normales, imagine lo que sucede en una sometida a perenne anormalidad. Tantos años de asfixia, agresiones y de crisis acompañantes incubaron entre los cubanos una sicología de la urgencia. Entre tantas necesidades por satisfacer no se logra levantar la vista. La vida se decide en una carrera corta, de velocidad, en la que el horizonte es el ahora.
Esa galopada existencial, dije una vez, que nos incluye a todos —los individuos, las familias, las instituciones—, nos escamoteó, en muchos casos, el sentido de la perspectiva. Es como si hubiésemos estado, como país, en el mismo trance de una fábula del escritor brasileño Paulo Coelho, que he recordado. Enredados en el tortuoso sendero de la existencia resulta difícil avizorar otro horizonte.
Lo curioso es que en medio de ese desgano —alecciona la obra—, el viejo y sabio bosque se reía, al ver cómo los hombres tienen la tendencia a seguir el camino que ya está abierto, sin preguntarse si aquella es la mejor elección.
Y la moraleja viene muy bien para graficarnos las disyuntivas ante las que estamos plantados en este Archipiélago, si es que queremos dejar, definitivamente atrás, la forma en que la tiranía de las circunstancias decidió sobre nosotros, nos impuso nuestros sinsentidos, curvas, retrocesos y remontadas, como en la obra del reconocido escritor brasileño. No somos hasta ahora el país que quisimos ser, sino el que las circunstancias nos impusieron.
Con las últimas decisiones, parece que definitivamente nos hemos dado un tiempo de reposo corto, pero rotundo, para pensar cómo destrabar nuestra gaveta. Y la solución no estará en persistir en las trabas o las prohibiciones, sino en los incentivos, como ha explicado la máxima dirección del país.
Como ya dibujé en otra oportunidad, los enemigos de la Revolución en Cuba la someten a la situación de una represa. Con unos haciendo lo posible por quebrarle la cortina de contención y otros con la difícil encomienda de garantizar los aliviaderos. Todo lo que decidamos o hagamos, vuelvo a reiterar ahora, debe ser calibrado en base a qué lado de la cortina nos ubicaremos en esa represa: del lado de los que le agregan más presión para que quiebre, o de los que estarán abriéndole nuevos aliviaderos para sostenerla.
Es una cuestión de sobrevivencia, para no decir que de tacto, sentido común y tino políticos, que cada decisión de nuestro «bando» —para decirlo con la precisión martiana del bando de los que aman— sea sometida muy profundamente al ejercicio de determinar si agregará o quitará presión, si constituirá un factor que apuntará al alivio o al quiebre de la cortina.
Tras la caída del «socialismo real», con sus consecuencias sobre Cuba, estamos frente a dos principales desafíos que nos obligan a deslindarnos sin remedio de los caminos trillados. Lo primero es dibujar, inclusivamente, nuestra ruta hacia el ideal de ese modelo que los cubanos escogimos para darles sentido a la justicia y la libertad, y que el General de Ejército Raúl Castro Ruz describió como un camino hacia lo ignoto. Sobre todo, después de asimilado el error, reconocido por Fidel, de creer que alguien sabía cómo se construía el socialismo.
La rigidez cierra, en vez de abrir las puertas, una lección que, no por sencilla, siempre estuvo clara en el complejo proceso de la Revolución Cubana. Y la única manera de reinventar ese camino es proponernos superar esta larga y desgastante etapa de administración de la crisis, para comenzar a gobernar el desarrollo y el bienestar, para lo cual el tiempo no es una variable cualquiera.
Recordemos que este proyecto de sanación nacional llega tras numerosos años de presiones criminales, resistencias y deterioros, y, en consecuencia, debemos movernos en una cuerda mágica de velocidades: ni tan rápido que nos conduzca a un accidente fatal ni tan lento que nos aleje de la meta. Hay que ser tan prudentes como atrevidos sobre el acelerador.
La sociedad cubana y su proyecto de mejoramiento se debaten entre dos velocidades: una es la forma en que debe caer el pie sobre el acelerador de las decisiones estratégicas; y otra diferente, sobre las que pudieran considerarse esencialmente tácticas. Esa sería la forma de darle verdadero sentido, y su justa dimensión, al tiempo político de la transformación del modelo socialista cubano que acaba de asumir una muy atrevida corrección.
En la política, como en las disyuntivas cotidianas de la existencia humana, las disposiciones y los actos de peso mayor, casi nadie con un mínimo de sentido común se las tomaría a la ligera; pero si lo anterior es cierto, también lo es que el tema de los tiempos en los diversos ámbitos de la transformación es algo que no debe perderse de vista, porque nuestra sociedad debatió críticamente sobre lo que pudiera llamarse «el problema de las velocidades».
Y este tipo de dicotomías entre las medidas técnicas, los resultados que arrojan y sus tiempos, no han desaparecido, pese al espíritu revolucionador de diversos grupos de propuestas, incluyendo las últimas aprobadas por todos los órganos de dirección colegiada del país.
Recurro nuevamente a una idea que nos legó, junto a todo lo encumbrado de su obra, William Shakespeare: tan a destiempo llega el que va demasiado deprisa como el que se retrasa demasiado. Para la medida de un proverbio chino, una pulgada de tiempo es una pulgada de oro.