Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

El Comandante del silencio

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

Ramiro Valdés Menéndez no buscaba flores. Tampoco rechazaba cuando se las daban. En un acto en el Mausoleo al Che en la ciudad de Santa Clara, le dieron una, una espiga larga y de colores claros, y respondió con una sonrisa. Luego se incorporó a la muchedumbre que iba a ponerle flores en la base de la estatua del Che.

Al verlo, las personas empezaron a cederle el paso y él con otra sonrisa, con delicadeza, sin reparar en sus grados de comandante, indicó con la mano. Que no hicieran eso y fue él quien cedió paso al pueblo.

Ramiro ahora se nos fue, quizás cuando más falta nos hacía. Y su perdida pone delante una pregunta: ¿lo conocemos realmente? Los enemigos de la Revolución tejieron sobre su persona una imagen lúgubre. La de un hombre insensible, duro, una gente fría y llena de cálculos. El propio silencio alrededor de su persona, si no alimentaba esa idea, al menos ponía a pensar.

Pero los estereotipos se rompen con la vida real. Con las historias en susurro de sus compañeros y compañeras, de las personas que trabajaron a su lado y vivieron peligros incontables a su lado. Y esas historias devolvían a otra persona. La de un ser humano recto, con autoexigencia muy grande, pero también con una sencillez y una fidelidad muy grande a sus compañeros y al pueblo.

Por sus responsabilidades, Ramiro tuvo una vida de silencioso. Él fue el hombre con la encomienda de organizar uno de los servicios de inteligencia y contrainteligencia más eficaces del mundo, y con la misión de enfrentarse a uno de los aparatos de espionaje más poderosos del planeta: el de los Estados Unidos y sus aliados.

Una tarea ardua, dura. También su encargo fue darle forma a una institución, el Ministerio del Interior, que desde el primer momento alejó los grados y ascensos por el sentido del deber pleno. En el Minint, podías ser sargento o teniente durante años, y no ascender en el escalafón porque la tabla de medidas era otra: la entrega, la profesionalidad, la valentía, el compañerismo.

Así se desarrollaron cientos de batallas en el mayor de los silencios. Silencios que muchos de ellos se mantienen hasta el día de hoy y que quizás se deban mantener así un buen tiempo.

Detrás de ellos estaba Ramiro. Pero ese silencio tenía otra vertiente: su negativa a los protagonismos, porque sencillamente él había hecho lo que tenía que hacer. La grandeza le correspondía a otros.

Por eso se negaba a las entrevistas. Por eso cuando le pedían hablar de la lucha en la Sierra o el clandestinaje, del Moncada, del presidio o del Granma, él se negaba. Había que hablar de los otros, de los muertos. De los que servían de ejemplo. No de él.

Detrás de ese silencio había otra acción callada. La atención que siempre les dio a sus compañeros de la columna invasora. No lo hacía solo porque había sido su segundo jefe. Lo hacía porque eran sus compañeros, sus hermanos de lucha y de sangre, y así ellos lo sentían.

Un día, en un intento por romper sus silencios, le pudieron que diera una entrevista para hablar sobre el Che. Su pregunta fue: «¿Y por qué tengo que ser yo?». Cuando empezaron los argumentos, él dijo: «No hace falta que yo hable, no es necesario». Y remató: No hace falta, porque el Che habla solo».

 

 

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