Las décimas de diferencia que en la tarde del lunes daban ventaja a Roberto Sánchez sobre Keiko Fujimori, puede que no constituyeran la última palabra de las elecciones presidenciales peruanas.
El resultado del balotaje celebrado la antevíspera ha sido tan cerrado como auguraron las encuestas y aunque, a esa hora, los ajustados números entre uno y otro —50,045 por ciento para el representante de Juntos por el Perú y 49,955 por ciento para Keiko— fluían de la contabilización del 94,20 por ciento de las actas, restaban aún cinco puntos porcentuales de ellas por computarizar.
Siendo tan pequeño «el espacio» entre uno y otro contendientes, parecía aconsejable esperar, pese a que muchos calificaban ya el resultado como «empate técnico».
La escogencia de presidente en Perú se polarizó como ha ocurrido en Colombia, y como pasó antes en Chile y en Ecuador.
La segunda vuelta para elegir al nuevo mandatario de los peruanos se está decidiendo, finalmente, entre una derecha diríamos que tradicional representada por Keiko Fujimori —la hija del exmandatario Alberto-, y un excongresista y exministro del depuesto Pedro Castillo que, aunque se postuló por otro partido —Juntos por el PerúX—, ha recogido las banderas —y seguramente los votantes— de las bases que sostuvieron al maestro cajamarquino, injustamente acusado de golpe de Estado por querer zafarse del Congreso que entorpeció su mandato, y condenado a 11 años de prisión por «conspiración para la rebelión».
De Roberto Sánchez apenas se hablaba, al menos en la prensa internacional, cuando acudió a la primera ronda, y las encuestas ni siquiera contaban con su presencia para el balotaje.
Sin embargo, y también por estrecho margen, Sánchez desplazó del segundo puesto al empresario y exalcalde de Lima, Rafael López Aliaga, quien según los sondeos sería el contendiente de Keiko en el desempate.
Ello ubicó en las boletas a contendientes que repitieron las posiciones del duelo electoral más reciente en Perú, celebrado en junio de 2021, cuando un humilde maestro primario de Cajamarca venció en las urnas a la propia Keiko Fujimori por menos de un punto porcentual.
Votación similar de estrecha es la que se anuncia ahora entre Sánchez y la jefa del partido Fuerza Popular.
Usando el sombrero campesino de los ronderos que caracterizó en sus inicios a Castillo, Sánchez se visibilizó mejor de cara a esta segunda ronda, y ratificó una posición a la izquierda dada por la identidad de su partido aunque, desde la lejanía, el atributo de los hombres del campo constituyó su mejor carta de presentación. Tal vez ocurriera lo mismo dentro del país.
Roberto Sánchez reiteró a los electores durante esta campaña que él viene «de abajo». En efecto, es procedente del distrito de Huaral, región agrícola al norte de Lima. No obstante, estudió Sicología en la Universidad de San Marcos y durante un tiempo fue seminarista.
Keiko Fujumori es una figura política conocida. El perdedor Aliaga llamó a sus votantes a respaldarla el domingo último para cerrarle el paso a Sánchez, mientras que el aspirante de Juntos por el Perú buscó consensos con otros partidos políticos denominados de izquierda que se presentaron en la primera ronda y con organizaciones sociales. Con la participación de especialistas, se redactó y presentó un plan de Gobierno calificado de unitario y resultante de ese diálogo.
Desigualdad, corrupción institucionalizada, criminalidad y abuso de poder son los problemas identificados como prioritarios en dicho programa, de manera que contra ellos estaría dirigido el Gobierno en caso de que a Sánchez lo corone el triunfo.
Como otras voces en Perú, él ha acusado al fujimorismo personificado en Keiko de pretender gobernar desde el Congreso, lo que responsabilizaría al partido Fuerza Popular con las sucesivas y «antojadizas» vacancias que dejaron al país sin mandatario en siete oportunidades desde 2018, con una única elección presidencial en ese lapso: la de Pedro Castillo, también demovido por el legislativo.
Tal vez ello pueda evitarse en lo adelante con la instauración, desde el cercano mes de julio, de un Congreso bicameral que, según expertos, busca crear «una cámara de reflexión» y un espacio para la concertación que pudiera restar al legislativo —pensamos— una «libertad de acción» que ha sido responsable de la inestabilidad política y social comprobadas durante los últimos años en Perú.
Eso es lo único que parece seguro hasta el minuto de cerrar estas letras.