Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Confesiones de mayo

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

 

Tengo una amiga a quien admiro profundamente. Juntas hemos recorrido el país, intercambiamos consejos y nos apoyamos con nuestros talentos. En muchos asuntos tenemos criterios opuestos, pero eso no impide buscar un punto intermedio para disfrutar la compañía y profundizar el afecto mutuo.

Nuestras vidas transcurren paralelas y en respetuosa autonomía, pero, de manera tácita, cada persona que se acerca con intenciones amorosas, cada nuevo proyecto, cada desafío que una decide enfrentar, pasa siempre por el escrutinio de la otra, y esa mirada extra de alguien que nos conoce bien es invaluable porque ambas nos deseamos auténtica felicidad.

Tres décadas atrás, tal vez hubiera sido problemático reconocer que ese ser a quien amo, más allá de cualquier estereotipo, es una mujer bisexual. Sin embargo, desde que la conozco, nunca he dudado en caminar con ella de la mano o elogiar su hermoso pelo plateado, y cuando ha hecho falta, hemos compartido un espacio donde dormir, un plato del que comer y una jarra de cerveza o de helado para celebrar. 

Si ella no me juzga por ser vegetariana, ¿quién soy yo para cuestionar la validez de sus gustos eróticos? Nos festejamos sin contaminación y lo que piensen los demás no nos importa, ¡y vaya que han pensado (y dicho) cosas prejuiciosas!

Por suerte, no es la única amiga «diferente» que atesoro… si es que ese patrón puede considerarse válido en un universo donde la variedad es la norma, desde el interior del átomo hasta el confín de las galaxias. Y por más suerte, en este siglo y este Archipiélago, ese tipo de simpatías no nos cuesta el trabajo, ni el prestigio, ni el reconocimiento familiar.

A estas alturas, ¿cómo es que tanta gente cree que experimentar el erotismo fuera del carril prestablecido, debe ser motivo de escarnio? El verdadero «peligro» es resignarse a actuar siempre desde el miedo, mientras que, aceptar lo genuino, en contraste, ayuda a cuestionar una matriz de valores socialmente impuestos, con estigmas y falsos privilegios. 

Conscientes o no, la homofobia, la bifobia y la transfobia son actos políticos, meras respuestas culturares aprendidas. Quien las padece no nació así: desde la infancia le enseñaron a desconfiar, a odiar y repudiar lo distinto. Y no solo en sexualidad, si hablamos con total franqueza.

Que la ciencia se pronunciara, a finales del pasado siglo, para dejar claro que ninguna conducta en la intimidad es delito ni enfermedad, cuando es de mutuo acuerdo, fue un episodio de justicia básica. Que, además, las leyes reconozcan la libertad de expresión y filiación para todos los seres sexuados, y, a tono con eso, penalicen las acciones de quienes violentan esos derechos, es una coherencia también digna de elogiar.

A nivel macro, proscribir tales fobias es señal de desarrollo, porque, sobre el pilar del recelo, solo se sostienen sociedades discriminatorias y machistas (perdón por la redundancia). Pero, también es un progreso a nivel íntimo, porque trae bienestar a millones de personas en su día a día.

Hace poco, una lectora se confesó emocionada por la petición de matrimonio de su enamorada. Años atrás, no podría ni pensar algo así, admitió con decoro, y ese gesto resulta revelador: incluso, quienes sufren escarnio no están libres de tan estrictos esquemas mentales, y aprender a ver su derecho, como «natural y lógico», ya es un trance de inmensa libertad. 

Otra amiga razonaba sobre el tema: en cuanto a reconocimiento de la diversidad sexual andamos en modo abanico, con decenas de etiquetas nuevas en las redes sociales, para fenómenos que siempre han existido y antes eran tabú. 

Vamos de cero a cien, ilustraba otro lector. Pero eso, ¿qué importa? ¿No es siempre así con todo lo que nos inquieta o seduce? Más allá de prefijos y sufijos, lo interesante es la transformación de los valores, la creación de espacios seguros para vivir nuestros sentimientos, la plenitud de entregarnos a otros, con y sin intenciones de roce y, sobre todo, la voluntad de ejercer lo único que de verdad nos diferencia de otros animales: esta autoconciencia como seres en evolución, dispuestos a transformar nuestras creencias y mejorar nuestras circunstancias.

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