Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Todas las manos, todas

Autor:

Mónica Sardiña Molina

 

Irregulares, imperfectos, únicos y numerosos, se aprietan en columnas los trazos sobre hojas blancas, el color de la paz a la que aspiran quienes estampan su firma, y de la pureza de ideales marcada en la enseña nacional con dos franjas y una estrella solitaria.

La caligrafía devela identidades e historias tan plurales como las manos de los cubanos que ratifican con tinta sus aspiraciones de soberanía: las huellas rojizas en campesinos que viven pegados al surco; las callosidades de ganaderos, artesanos, obreros, practicantes de todos los oficios y personas en su mayoría mujeres que sostienen la rutina doméstica y el cuidado; el hollín bajo las uñas de los que dependen del carbón, ya sea como método de cocción o como sustento de vida; la suavidad impoluta y precisa del personal sanitario; la inquietud de adolescentes y jóvenes que sueñan un futuro mejor aquí, y estudian o trabajan para conseguirlo; el polvo de tiza en maestros convertidos en leyendas vivas; la agilidad de quienes desentrañan los misterios de la tecnología, y los residuos de pólvora en aquellos que ya sostuvieron fusiles para edificar y defender esta obra gigantesca, humana y nuestra.

Entre tanta diversidad de rasgos surgen motivaciones compartidas: los recuerdos de quienes han visto los contrastes de momentos y espacios distantes, las raíces históricas de una nación reacia desde sus orígenes a complacer los caprichos de cualquier amo, la fe en imágenes y rituales mestizos para pedir bendición colectiva, los anhelos y esperanzas de una sociedad entera, preñada de contradicciones, anhelante del desarrollo y consciente de que no depende de gestiones ajenas, mucho menos de una agresión militar con consecuencias impredecibles.

La «cosa» está dura, durísima, pero firmamos para que no se ponga peor, para que no lluevan jamás las bombas sobre cabezas inocentes, para que una trinchera no aplaste la rutina, para que no reine el horror que arrastra cada conflicto armado. Firmamos por compromiso con quienes nos antecedieron, por el deber ciudadano de legar a otros algo más que los restos de una civilización y por respeto hacia nosotros mismos. ¿Quién nos tratará con dignidad si cedemos a la primera amenaza? Firmamos convencidos de que no podemos esperar ayuda por parte del agresor que nos puso y nos mantiene en esta situación. No es cuestión de orgullo, sino de sentido común.

Dejamos sobre el papel otra apuesta por el empuje colectivo de un país, abierto al diálogo en todas las direcciones, dispuesto a la construcción de consensos, franco en el reconocimiento de los problemas y ágil para la búsqueda de soluciones, que no deje morir esta Revolución «de los humildes, con los humildes y para los humildes», ni admita mancha alguna sobre el mayor de todos los bienes: la patria.

Firmamos, y resulta inevitable establecer paralelismos con aquellos días de octubre de 1962, cuando estuvimos al borde de una catástrofe nuclear, con las palabras de Fidel tan cercanas y atinadas como si las hubiera pronunciado ayer:

«¡Un pueblo así es un pueblo invencible! Un pueblo así, que de tal manera y tan serenamente, tan admirablemente afronta situaciones tan difíciles, es un pueblo que tiene derecho a conquistar lo que anhela, que es la paz, el respeto, la dignidad y el prestigio».

 

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