VOLVIMOS al parque Las Flores, en la ciudad de Holguín, y otra vez la escena obliga a mirar con vergüenza. Esta vez, faltan la espada del mártir Julio Grave de Peralta y las puertas de la cerca perimetral. Lo que antes era ornamento, resguardo y respeto, hoy aparece mutilado por la mano de quien decide convertir lo público en botín.
Hay robos que no se miden solo por el valor de lo que desaparece, sino por la rabia y la tristeza que provocan semejante barbarie, pues hieren la confianza en lo común, el respeto por lo público y la certeza de que la ciudad también se defiende (o debería defenderse) con civismo. Y porque también nos insultan y nos agraden a nosotros, los hombres y mujeres de bien.
En esta urbe nororiental, como en otras ciudades del país, el delito contra la propiedad social ha ido dejando cicatrices visibles en sitios que deberían ser refugio, memoria y punto de encuentro. Porque la historia local y nacional son patrimonio para honrar y cuidar siempre; no para insultar, mucho menos agredir.
A veces, el daño se descubre en silencio, casi de madrugada, cuando un vecino nota que falta una baranda, un tramo de cerca o una pieza ornamental, que hasta el día anterior parecía intocable. La desfachatez campea a sus anchas.
Otras veces, el ultraje es más evidente, y duele más porque ocurre a plena luz, como si la impunidad hubiera aprendido a caminar entre nosotros sin pedir permiso. Pero debemos —y tenemos— la obligación moral y cívica de reaccionar, denunciar, condenar…
El problema no es nuevo, pero sí cada vez más alarmante. Donde antes había un banco para sentarse, ahora queda el hueco. Donde antes una estructura protegía, hoy asoma el metal arrancado.
Y donde debía haber respeto por lo que pertenece a todos, aparece la lógica mezquina de quien reduce la ciudad a un almacén de piezas útiles para el provecho inmediato.
Lo más grave no es únicamente la pérdida material. Es el mensaje de que lo público puede ser violentado sin consecuencias, que el esfuerzo colectivo vale menos que el interés individual, que el patrimonio común puede ser desarmado pedazo a pedazo, mientras otros miran hacia otro lado.
Cada objeto sustraído cuenta una historia incómoda. Detrás de una pieza desaparecida suele haber una cadena de negligencias, de vigilancia insuficiente, de indisciplina social y, en no pocos casos, de indiferencia.
El delito contra la propiedad social no prospera solo por la mano que roba; también encuentra terreno en la falta de cuidado cotidiano, en la permisividad y en esa peligrosa costumbre de asumir que siempre habrá otro que responda por todos.
La ciudad no se construye únicamente con cemento, acero y pintura. Porque la ciudad no se edifica sola. Cobra vida, esplendor y belleza. Y los que la habitamos debemos cuidar mejor de ella. También se sostiene con respeto, con sensibilidad y sentido de pertenencia.
Cuando ese respeto se quiebra, lo que queda no es solo un espacio deteriorado, sino la advertencia de que, sin cultura del cuidado, lo común se vuelve frágil, y lo frágil termina desapareciendo.
El vandalismo merece castigo, indignación y denuncia. No permitamos que la desidia se adueñe de nuestros parques y ciudades.