ilei asiste a nominación de Flavio Bolsonaro como candidato a la presidencia de Brasil Autor: Juventud Rebelde Publicado: 28/07/2026 | 11:24 am
Hacer campaña de modo desembozado en las elecciones de otros países es algo ilegal que se va haciendo tan habitual como cosa corriente es la burla del Derecho Internacional, reverdecida y acuñada muy recientemente por el gobierno de Estados Unidos, sobre todo en lo que concierne a América Latina.
Primero fue en Honduras y los temores infundados desde Washington para que el electorado no votara a Rixi Moncada, del partido Libertad y Refundación, ni al liberal Salvador Nasralla como presidentes, lo que en buena medida consiguió la elección, pese a denuncias de conteos amañados, de Nasry Asfura, el aspirante favorecido por la Casa Blanca.´
Hace muy poco, el escenario de la intromisión en tiempos electorales estuvo en Colombia, donde el cercano cambio de poder ocurrirá en medio de denuncias de manejos turbios que por estrechísimo margen dieron la victoria al candidato con las «condiciones» también de moda: supuesto outsider presuntamente distanciado de la política tradicional, admirador –o dispuesto a serlo- de Donald Trump y, desde luego, mirando siempre a la derecha…
Faltan pocos días para que la Casa de Nariño sea ocupada por Abelardo de la Espriella, lo que ocurrirá de forma paralela a una demanda interpuesta por el opositor Pacto Histórico y su líder Gustavo Petro, debido a denunciadas prácticas fraudulentas por el software utilizado para el conteo de los sufragios y hasta en el acto de votar en el exterior.
Esas quejas, no obstante, no recogen lo que para muchos políticos y analistas fue –¡otra vez!- una intromisión: la temprana felicitación de Trump cuando De la Espriella, contra los pronósticos, fue declarado vencedor en la primera vuelta electoral, seguido de la sencilla pero significativa frase que dispensó el Presidente de Estados Unidos a su figura de cara al balotaje, al enfatizar que el resultado sería «muy importante para el futuro de Colombia y su relación con Estados Unidos».
Ahora no ha sido el mandatario de EE. UU. sino un mal émulo quien ha metido, no digamos ya la cuchara o las manos: su presencia toda.
El presidente argentino Javier Milei viajó a Brasil donde, por segunda vez, hizo campaña a favor de la oposición representada por los Bolsonaro, y tuvo el irrespeto de proferir acusaciones mentirosas y además, procaces, contra el jefe de Estado de la nación que le acogía.
Se trataba de la oficialización de uno de los hijos del exmandatario Jair Bolsonaro –Flavio Bolsonaro- como candidato presidencial para los cercanos comicios de octubre, en los que éste intentará detener el afán reeleccionista de Lula y el Partido de los Trabajadores.
El Ministerio del Exterior de Brasil calificó las declaraciones de Milei en la convención celebrada en Sao Paulo como «una afrenta», que incluyó el deseo del argentino de que «(Lula) pague perdiendo en las urnas en octubre».
El visitante llamó «basura calva» al juez del Supremo Tribunal Federal (STF) de Brasil, Alexandre de Moraes, quien no le autorizó a visitar a Bolsonaro padre, en reclusión domiciliaria como parte de la pena de 27 años a que fue condenado, entre otras causas, por intento golpista.
Resulta ostensible y preocupante la manera en que la reacción regional –porque no estamos siempre ante la derecha tradicional- une las malas artes y regionaliza su propósito de retrotraer los avances integracionistas conseguidos por la lucha social y la llegada al poder, desde inicios de los años 2000, de gobiernos progresistas cuya reelección ha sido en no pocas ocasiones, de un modo u otro, impedida por jugadas de engaño más allá de las limitaciones de la izquierda… o aprovechándose de ellas.
El modo manipulador en que esa confabulación de la derecha opera, quedó evidenciado en una frase pronunciada por el candidato Flavio Bolsonaro cuando saludaba la llegada del argentino: «Juntos vamos a combatir el terrorismo», dijo, retomando la retórica impuesta durante la reciente cumbre convocada por el Departamento de Estado en Washington y que todos acuñaron como «contra la izquierda».
Allí se denominó a las naciones progresistas y a los movimientos contestatarios y antihegemónicos como «comunistas» y «terroristas».
La intervención de Milei en el escenario político brasileño llega después del castigo impuesto por la Casa Blanca al empresariado nacional y al país, al elevar en un 25 por ciento, los aranceles a los productos que venden en el mercado estadounidense.
La medida busca perjudicar al productor y al consumidor brasileños, de modo de restar a Lula las simpatías mayoritarias con que cuenta frente a Flavio Bolsonaro en una esperada segunda vuelta, según las tempranas encuestas.
Algunos piensan que será un flaco favor al hijo del primer candidato latinoamericano de estos tiempos –entonces Jair Bolsonaro no era propiamente, todavía, un político- que llegó al poder vituperando, pisoteando los cánones establecidos y adorando a Trump, porque el incremento de los aranceles pudiera revertirse y provocar que las fuerzas populares cierren filas con mayor énfasis en torno a Lula, y contra la agresión externa.
Precisamente, otro hijo del expresidente brasileño –Eduardo Bolsonaro, quien se domicilió en Nueva York- ha sido señalado ante la opinión pública como responsable de la subida de los impuestos a las ventas de productos brasileños en EE. UU. Se afirma que se mudó a EE. UU. Para hacer lobby y que la Casa Blanca interviniera en favor de su padre.
Ahora, la actuación del ejecutivo argentino pudiera elevar ese sentimiento de animadversión contra los Bolsonaro. O no.
De cualquier modo, el resultado electoral de una nación tan importante por su extensión y por su economía será clave para redondear la lectura de lo que serán América Latina y el Caribe en los años por venir.
