Foot cover de Noticia Autor: Juventud Rebelde Publicado: 18/04/2026 | 07:30 pm
No son pocos los acontecimientos que están repercutiendo en la situación global de nuestro golpeado planeta que dejan a buena parte de los terrícolas en inestabilidad, incertidumbres, falta de confianza en un escenario donde toman espacio las guerras, con sus terribles consecuencias.
El devenir político y socioeconómico de la Humanidad está en manos de las decisiones de gobernantes de muy diversa índole que polarizan las visiones y las actuaciones de comunidades enteras. En un año de no pocas elecciones, nos lleva a preguntarnos qué puede llevar en lo individual a querer aspirar al cargo que rija los destinos de una nación.
Hay quienes anhelan llegar al poder político no para servir y beneficiar a su pueblo, o para representar a los mezquinos intereses de los poderosos. Algunos son impulsados también por vanidad personal, por una exacerbada que llega a constituir un trastorno mental, sin que ello signifique que la persona es un loco de remate —como se decimos popularmente—, que no sabe lo que hace.
Me refiero al narcisismo tóxico, y a su expresión extrema, la megalomanía. De ello la historia conoce más de un ejemplo de consecuencias terribles, incluso catastróficas, cuando un megalómano llega al máximo poder político, sobre todo si es de algún país poderoso.
Ejemplos hay y bien conocidos. Tenemos a Napoleón Bonaparte, un militar genial pero cuyas ansias de conquista lo llevaron a guerrear por toda Europa y encumbrarse como Emperador. Desconoció la realidad que le presentaban sus competentes asesores y se lanzó contra Rusia, cuyo crudo invierno y sus soldados de ese otro imperio lo pararon. Pero en casi dos décadas de guerras quedaron en el camino la destrucción y entre 3,5 y 6 millones de vidas solo entre los militares.
Más clásico icónico y cercano en el tiempo fue Adolfo Hitler, cuya megalomanía le hizo responsable de entre 70 y 85 millones de muertes, aproximadamente el tres por ciento de la población mundial de 1940.
Por supuesto, hay estudios científicos, médicos, sobre estos trastornos de la personalidad. Psiquiatras, psicólogos, psicoanalistas han analizado el fenómeno que es bien debatido desde que Freud, en 1914, publicó su «Introducción del narcisismo».
Dicen expertos que esos delirios de grandeza o megalomanía giran en torno a una creencia delirante donde la persona alberga una idea exagerada de su importancia, capacidades o conocimientos, incluso puede llegar a creer que es Dios.
Los megalómanos tienen fantasías de poder, se consideran omnipotentes, son narcisistas con ansia de poder. Hay diferencias entre ellos: un megalómano prefiere ser poderoso, antes que encantador. El narcisista prefiere ser encantador antes que poderoso, afirman algunos expertos.
Un narcisista no soporta que lo invaliden, él —o ella— necesita la atención y admiración de los demás. Es incapaz de hacer autoanálisis y como comportamiento comienza a sobreestimar sus capacidades, su posición social y su importancia.
Afirman los especialistas que hay tres formas del ego narcisista: egoísmo: lo mejor siempre debe ser para ellos. Egocentrismo: todo gira a su alrededor. Egolatría: se rinden culto, necesitan ser admirados. Problema mayor, porque la megalomanía representa la evolución más peligrosa y destructiva de una personalidad narcisista.
El megalómano no solo se enorgullece de sí mismo, sino que se vuelve delirante, se ve destinado a cambiar la historia, dominar naciones o trascender los límites humanos. Él no sirve a una causa, sino que se convierte en la causa, dicen los expertos. Ha perdido la capacidad de reconocer la humanidad de los demás, ha inflado su propia importancia, qué se yo, hasta límites cósmicos y se considera por encima de toda responsabilidad, y el problema es que tiene poder de decisión.
El psiquiatra y psicoanalista estadounidense de origen austriaco, Otto Kernberg, identificó un narcisismo maligno, en la patología grave, un «yo grandioso» con estas características: una convicción absoluta de un destino especial, que siente con intensidad casi religiosa; una suspensión total de las restricciones morales normales; su disposición a tratar a los demás como meros instrumentos de la gran visión; e intolerancia a cualquier realidad que contradiga la autoimagen.
Entre los efectos sociales del liderazgo de un megalómano y uno de sus patrones reconocibles, está en que los círculos íntimos no están compuestos por los más competentes, sino por los más leales —aseguran—, por lo que se ve privado de información veraz, y quienes ofrecen consejos que pueden ser acertados pero inoportunos son marginados. El círculo íntimo, estrecho, que le acompaña, progresivamente se vuelve más servil y menos capaz, agregan los estudiosos.
Como diríamos en buen cubano, el autobombo forma parte de su discurso, es decir la autopromoción, por lo que manifiesta una propensión a hacer alarde sus logros, y con ello intentar seducir al auditorio. Otra característica destacada por los psicólogos señala que, si el ambiente no es el más favorable para hablar de sus múltiples éxitos, tiende a ridiculizar o ningunear a quien sea el centro de la reunión o lo cuestione.
La doctora en psicología y profesora de la Universidad de Vanderbilt, Ashley L. Watts y sus colegas estudiaron el narcisismo en los 42 presidentes que había tenido Estados Unidos hasta el momento de su investigación, es decir desde George Washington hasta George W. Bush, el hijo. Por tanto, no incluye el estudio a Barack Obama, Joe Biden y Donald Trump.
Y ese equipo de psicólogos concluyó que en la historia presidencial estadounidense se observaba un incremento del grado de narcisismo y que sus líderes tenían rasgos de narcisismo más elevados que la media norteamericana.
La parte positiva del estudio, según ellos, era que los presidentes más narcisos se mostraron más activos a la hora de poner en marcha sus agendas políticas o de afrontar las crisis, así como por su capacidad de persuasión. Mientras que la negativa se evidenciaba por el elevado número de objeciones que recibieron en el Congreso y por los comportamientos poco éticos.
De los diez que ocuparon el grado más alto de narcisismo tres eran del siglo XIX y siete del siglo XX-XXI. El más narcisista resultó Lyndon B. Johnson, quien coincidentemente fue el iniciador de la guerra de Vietnam, y esa lista incluye a Kennedy, Clinton, Nixon —este continuador de la terrible guerra en Indochina—, y Bush, el hijo, el de la guerra contra el terrorismo en 60 o más oscuros rincones del mundo, como dijo, y fueron las desastrosas de Irak y Afganistán.
Ahora bien, los seguidores de un megalómano no siempre son víctimas pasivas y en ello reside, creo yo, el mayor peligro del ya grande que representa un megalómano con poder político. Dicen expertos que muchos de esos incondicionales sacrifican voluntariamente el pensamiento crítico por la embriagadora sensación de pertenecer a algo heroico e histórico que les da el megalómano, quien les ofrece un poderoso antídoto contra la común sensación de insignificancia porque participa en la grandeza del megalómano.
Esta transacción psicológica es una de las más peligrosas en la vida social humana. Eso lo vio el mundo con la inmensa mayoría del pueblo alemán siguiendo a Hitler y siendo conducido al desastre. Lo temible es que el sayo puede servirle a más de uno hoy en día.
La realidad política nos está demostrando una tendencia en el mundo actual al resurgimiento del fascismo, y no pocos nos preguntamos cómo podemos prevenir y detener esa tendencia y asegurarnos de impedir que la historia y la humanidad repitan el error que condujo a la II Guerra Mundial, en un planeta plagado de bombas nucleares y armas de un poder destructivo increíble. Lo estamos viendo en la martirizada Gaza, lo vemos también en la reciente agresión israelo-estadounidense a Irán.
Vivimos en un mundo muy complicado, a veces sin explicación razonable posible, pero como humanos, habitantes de esta Tierra hermosa, queremos que la realidad que nos circunde sea la mejor y más justa.
LAS TRES DEL DOMINGO
SALVADA DEL SOPÓN
Gertie se llama la gallina que fue nombrada por el Libro Guinness de los Récords como la gallina viva más longeva del mundo a los 15 años y cien días de edad. Y se ha salvado de cualquier sopón porque es la mascota de Frank Turek, quien llevó a la suertuda ave a Golden Sebright, a su propiedad en Portland cuando era un pollito recién nacido en 2010, quien encontró ya crecido que su plumaje era «impresionante» y siempre «fue la más fotogénica», convirtiéndose en la reina del gallinero.
GUITARRA Y AMOR
En la pampa argentina, en la localidad de General Levalle, sur de Córdoba, entre campos de trigo y soja, unas 7 000 copas de árboles forman la silueta sinuosa de una guitarra, solo apreciable desde el cielo. Un tributo de un agricultor a su fallecida esposa, que amaba ese instrumento y la naturaleza. Esta curiosa composición de un kilómetro de largo es la muestra de amor póstuma que recibió Graciela Yraizoz, quien murió en 1977 cuando tenía 25 años. La obra corrió por cuenta de su viudo Pedro Martín Ureta.
PARA HIPERFLACOS
La casa más angosta del mundo mide 63 centimetros de ancho y está en Perú; la construyó Fabio Moreno en el distrito de Aucallama para demostrar que el bienestar humano es independiente del tamaño de la propiedad, si se organiza bien el espacio. Ofrece los servicios básicos de una casa convencional en una estructura de dos niveles, con baño, cocina, comedor, dormitorio, un estudio y área de lavandería. El inmueble está ubicado frente a la plaza principal de la localidad y ya atrajo a miles de turistas que visitan la zona para conocer su particular arquitectura.
