La euforia típica de los adictos aflora en el rostro de Donald Trump sin el menor rubor o vergüenza. El antojadizo presidente de Estados Unidos alardea de su regocijo, entrecierra los ojos, sonríe y se retuerce de gusto ante las cámaras, mientras relata cómo vio —al igual que en una serie de televisión— el asalto y secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y su esposa Cilia Flores, por tropas especiales que descendían de helicópteros artillados escupiendo fuego de alto poder, matando a diestra y siniestra.
Donald Trump revela su adicción insaciable al poder que otorga el dominio y control de los enormes yacimientos de petróleo del estratégico país sudamericano.
¡Bah! Para él, esa es ya una historia de ayer. Hoy tiene en mente otro banquete. Sueña con saciar su macabro apetito en otro de los grandes surtidores de energía, el gigante persa de los hidrocarburos, el indomable Irán de los
Ayatolas y la Revolución islámica que desalojó del poder en 1979 al corrupto Sha de Irán.
Trump está envalentonado. Su agente en el Oriente Medio, Benjamín Netanyahu, tiene los planes y órdenes precisas, acordadas durante la semana de recreo que pasaron juntos despidiendo 2025 en su resort turístico de Mar-a-Lago, en Miami, donde se respira el aire embriagador del más sofisticado mercado de las drogas que tanto presume combatir. Él prefiere la que mueve al mundo, el néctar negro de las entrañas del planeta.
Hay problemas en Irán que no son nada ajenos a los planes y acciones subversivas de Israel, a las órdenes de Washington. No es una teoría conspirativa. Los dos socios demostraron una afinada coordinación en junio del año pasado, cuando los más poderosos bombarderos estadounidenses dejaron caer su mortífera carga sobre centros de investigación nuclear y plantas de enriquecimiento de uranio con fines de uso pacífico, que los gobernantes israelíes alegan tienen propósito
militar, lo que amenaza su prepotencia bélica en la región.
«Si Irán mata a manifestantes pacíficos, como es su costumbre, Estados Unidos acudirá a su rescate. Estamos preparados y listos para actuar», prometió Donald Trump el pasado viernes. La advertencia se produjo tras las protestas antigubernamentales en Irán y pocos días después de que expresara su apoyo a un posible ataque israelí contra el país.
La publicación de Trump —señaló el diario Haaretz— podría haber tenido como objetivo desviar la atención del ataque del sábado contra Venezuela, que involucró a agencias de inteligencia y ramas del ejército, y culminó con el secuestro del presidente venezolano, Nicolás Maduro.
Pero es posible que Trump, embriagado por el vasto poder que caracteriza su mandato actual, desee ambas cosas: capturar, encarcelar y juzgar a Maduro, así como derrocar al líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jamenei. Dado que en el Washington de Trump no existen controles ni contrapesos a los caprichos del presidente, no debe subestimarse su capacidad para cumplir la amenaza.
Si lo hace, cometerá un grave y costoso error, estimó en un editorial Haaretz.
El golpe de Estado británico-estadounidense de 1953 que derrocó al primer ministro Mohammad Mossadegh y consolidó el poder del sha Mohammad Reza Pahlavi permanece grabado en la conciencia nacional iraní. El odio a Occidente derivado de ese acontecimiento impulsó la revolución liderada por el ayatolá Ruhollah Jomeini más de dos décadas después.
Cuatro días antes de que Trump advirtiera a Irán, le prometió a Benjamín Netanyahu que respaldaría los ataques israelíes contra el programa de misiles de Teherán.
El suspenso sobre esta nueva aventura de Trump sigue abierto.
El gobierno iraní no tiene interés alguno en otra confrontación bélica, pero si Israel —con o sin el apoyo de Washington— intenta aprovechar la inestabilidad en suelo persa y lanza un ataque, pocos dudan de que Trump intentará saciar su adicción preferida.
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