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 Un fenómeno en forma de Ave Fénix

A veces, la grandeza no se mide en los trofeos que conquistas, sino en las veces que te levantas. Esta es la historia de la resurrección de un fenómeno para liderar a Brasil hacia la cima del mundo

Autor:

Ruben Darío García Caballero

 

Antes de volver a volar, Ronaldo tuvo que tocar fondo. Y lo hizo de la forma más cruel que un futbolista pueda imaginar. El 12 de abril del 2000, en el Olímpico de Roma, defendiendo la camiseta del Inter de Milán ante la Lazio, el tendón rotuliano de su rodilla derecha dijo basta. No fue una lesión cualquiera: fue una rotura total que dejó al mundo del fútbol conteniendo el aliento. Las dudas no giraban en torno a si volvería a ser el mejor del mundo; los médicos, en privado, temían que no volviera a caminar sin cojear. Fueron 521 días de calvario, de quirófanos y de un silencio mediático roto solo por el susurro de quienes lo daban por acabado

El «Fenómeno», aquel que con 20 años ya era considerado el heredero de Pelé, se había convertido, para muchos, en un recuerdo glorioso destinado a desvanecerse. Pero flotando sobre cada hora de rehabilitación, un fantasma aún más perturbador que el de su propia rodilla se negaba a desaparecer: la noche de París. Aquel 12 de julio de 1998, en la final del Mundial contra Francia, Ronaldo no fue Ronaldo. Horas antes, su cuerpo había dicho basta: convulsiones, una pérdida de conocimiento de varios minutos y un diagnóstico incierto que sumió a la concentración brasileña en el desconcierto

Aun así, jugó. Brasil salió al campo sin alma, pendiente de una estrella apagada, y cayó 3-0 ante una Francia imparable. El hombre que debía coronarse como leyenda, deambuló por el césped como una sombra de sí mismo. Aquella imagen, la del héroe derrotado y confundido, persiguió a Ronaldo durante los tres años más oscuros de su carrera, años en los que el mundo se preguntaba si aquel chico de sonrisa perfecta y regate letal volvería a existir.

Y entonces, contra todo pronóstico, Luiz Felipe Scolari decidió apostar. En una decisión que incendió Brasil —pues dejaba fuera al ídolo Romário—, el técnico confió en un Ronaldo que apenas había sumado unos pocos minutos con el Inter de Milán en toda la temporada.

Corea y Japón 2002 se presentaba como un juicio final. Lo que ocurrió después pertenece al terreno del mito. Porque Ronaldo no solo volvió, sino que lo hizo devorando porterías con un hambre que parecía acumular cada día que pasó en la enfermería: marcó a Turquía en el debut, a China, un doblete a Costa Rica, a Bélgica en octavos y otro gol a Turquía en semifinales. Con ocho goles en total, se alzó con la Bota de Oro del torneo, la cifra más alta vista en una Copa del Mundo desde 1970.

El 30 de junio de 2002, en el Estadio Internacional de Yokohama, el destino le preparó un escenario a la altura de su épica. Al otro lado del campo, defendiendo la portería alemana, se erigía la figura colosal de Oliver Kahn, un guardameta que había encajado un solo gol en todo el campeonato, un muro de hormigón armado que parecía invencible.

El choque entre el mejor delantero y el mejor portero del mundo fue una batalla de titanes. Kahn, durante la primera parte, se perfilaba como el verdugo, desbaratando cada intento brasileño con la fiereza de un león defendiendo su guarida. Pero el guion de 1998, esta vez, no se repetiría.

En el minuto 67, un potente disparo de Rivaldo fue repelido por Kahn, y el balón quedó muerto en el área. Allí, más rápido que la duda, apareció el «Fenómeno» para empujarlo a la red. Doce minutos después, un centro raso encontró de nuevo su bota letal para batir al coloso alemán por segunda vez. Un doblete contra el mejor portero del planeta para poner el broche de oro a una resurrección sin parangón en la historia del deporte.

Tras el pitido final, Ronaldo no solo levantó la Copa del Mundo, sino que selló un viaje de redención absoluta que conmovió al planeta. Recibió el Balón de Plata como el segundo mejor jugador del torneo —solo por detrás de Kahn— y, meses después, fue coronado con el Balón de Oro y el FIFA World Player 2002.

Pero más allá de los premios, lo que aquel verano nos regaló el «Fenómeno» fue una lección imperecedera. Porque verlo besar aquella copa, con las cicatrices aún frescas en su rodilla y un corte de pelo estrafalario que él mismo ideó para desviar la presión mediática, fue asistir al triunfo definitivo de la resiliencia humana. «El título coronó mi lucha, mi recuperación. Ni en el mejor de mis sueños había sucedido algo así», confesó al borde de las lágrimas.

Y es que, en el fondo, Ronaldo nunca fue un simple goleador, sino la prueba viviente de que los verdaderos fenómenos no son aquellos que nunca caen, sino los que aprenden a renacer de sus propias cenizas.

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