Tras una conferencia de prensa llena de críticas, Florentino Pérez ha convocado a elecciones a la presidencia del Real Madrid. Autor: Tomada de As Publicado: 13/05/2026 | 12:16 pm
Florentino Pérez citó este martes a los medios en Valdebebas como quien convoca a una representación teatral sabiendo, de antemano, que el público iba a silbar. Pero el presidente del Real Madrid no compareció para hacer autocrítica tras un Clásico que confirmó su segundo año en blanco, ni para explicar por qué su vestuario es un polvorín de puñetazos y facciones, ni para desvelar quién será el entrenador de la próxima temporada. No. Florentino montó un escenario —él solo, con una pila de apuntes y 20 minutos de retraso— para representar una parodia de conferencia de prensa que duró más de una hora y en la que, lejos de rendir cuentas, se dedicó a repartir mandobles a todo aquel que osara cuestionarle.
«No voy a dimitir», fue su primera frase, calcada de aquel «no voy a dimitir» de Rubiales que ya forma parte del anecdotario involuntario del fútbol español. Lo que siguió fue un monólogo esperpéntico, inconexo, con puntos hilarantes de pura estupefacción, que la prensa ha definido como una «comparecencia esperpéntica» y que resumió con un dato demoledor: «Muy poca autocrítica tras otro año lleno de frustraciones».
El presidente, que anunció elecciones a la junta directiva para «defender a los socios», dedicó la mayor parte de su intervención a señalar enemigos. Atacó al Barcelona con una virulencia inédita, anunciando un dossier de 600 páginas que será remitido a la UEFA por el caso Negreira y llegando a afirmar que «podía haber ganado 14 Ligas, pero me las han robado». La frase, que pertenece más al género de la fantasía que al del balance presidencial, provocó que el FC Barcelona emitiera un comunicado urgente anunciando que su departamento legal estudia emprender acciones legales contra el mandatario blanco.
La parodia, sin embargo, no terminó ahí. Florentino también arremetió contra «los intelectuales del régimen», contra el periódico ABC —del que anunció que se dará de baja para «honrar a su padre»—, y mantuvo un tenso intercambio con el periodista Rubén Cañizares al que espetó: «¿Cómo puede decir usted esto?». El tramo más particular llegó cuando dedicó varios minutos a desmentir que padezca un cáncer terminal: «Mi salud es perfecta», proclamó, quejándose de que algunos medios habían propagado esos rumores.
Pero el verdadero agujero negro de la comparecencia fue lo que no se dijo. O, mejor dicho, lo que se despachó con un quiebro. Porque el presidente del Real Madrid, que no dedicó ni un minuto a analizar por qué su equipo acumula dos temporadas sin títulos, sí tuvo tiempo para restar importancia al altercado entre Valverde y Tchouaméni con un argumento que hiela la sangre: «Me parece muy mal y peor que lo hayan sacado. Llevo 26 años y no ha habido ninguno en que no se hayan pegado dos jugadores o cuatro». La naturalización de la violencia en el vestuario, lejos de ser un mea culpa, fue presentada como un problema de filtración, no de conducta. «Se pegan todos los días», llegó a decir, en un intento de normalizar lo que para cualquier organización sería una crisis de convivencia. La pregunta inevitable —¿qué está pasando dentro de esa plantilla para que los puñetazos sean el pan nuestro de cada día?— no encontró respuesta. Ni siquiera fue formulada por un presidente más preocupado en ajustar cuentas que en diagnosticar a su propio club.
El broche de oro de esta parodia lo puso el propio Florentino con una declaración que ya merece un lugar en la historia del delirio presidencial: «Me tendrán que echar a tiros». La frase, pronunciada con la solemnidad de quien se cree el último bastión contra la barbarie, resume a la perfección una comparecencia que no fue una rueda de prensa, sino un ajuste de cuentas.
No hubo atisbo de reflexión sobre los 57 lesionados, ni sobre las nueve derrotas, ni sobre un entrenador que ha perdido el control del vestuario. Solo un presidente atrincherado, convencido de que los males del Real Madrid provienen de fuera: de la prensa, de los ultras, del Barcelona, de los que revenden entradas. Como si el caos interno —las peleas, las lesiones, la falta de rumbo— fuera un invento de los periodistas. Al terminar, tras más de 60 minutos de monólogo, Florentino se despidió satisfecho. El circo había terminado. El único problema es que, entre tanto espectáculo, nadie se acordó de preguntar por el fútbol.
