El Tottenham vive un calvario que lo puede hacer descender a segunda división después de ganar la UEFA Europa League el año pasado. Autor: goal.com Publicado: 28/04/2026 | 02:47 pm
Hay barbas que ya no imponen respeto. Son barbas de siete Europa Leagues, seis Ligas, Copas de Ferias y Recopas de Europa, pero cuelgan hoy sobre el agua turbia del descenso como si esperaran un bautismo forzoso. O un entierro. En la temporada 2025-2026, el fútbol europeo asiste a una escena que mezcla la épica con la tragedia: la de varios clubes históricos que competían por copas continentales hace un suspiro y ahora se juegan la vida en el barro de la permanencia. La metáfora de «tener la barba en remojo» cobra en ellos un sentido literal. Porque los escudos de Tottenham Hotspur, Sevilla FC, West Ham United, Valencia CF o VfL Wolfsburg, que durante años asustaban en las competiciones europeas, ahora solo asustan a sus propias aficiones.
El caso más estruendoso se vive al norte de Londres. El Tottenham Hotspur, finalista de la Champions League en 2019 (aquella noche en Madrid que pareció cambiar su estatus para siempre), llegó a encadenar catorce jornadas consecutivas sin ganar en la Premier League 2025-2026, una racha que lo sepultó en el antepenúltimo puesto de la tabla durante semanas. La llegada al banquillo de Roberto De Zerbi, un técnico de prestigio internacional forjado en el Brighton, se anunció como la solución de emergencia, pero la victoria ajustada ante el Wolverhampton con gol de Joao Palhinha solo sirvió para mantener al equipo con vida artificial: el Tottenham sigue en zona de descenso, a dos puntos de la salvación. Los pronósticos de los expertos son crueles, y la Supercomputadora OPTA le asigna un 58,6% de probabilidades de caer al Championship. La Premier, mientras, contiene la respiración.
A solo unos kilómetros de distancia, el West Ham United libra su propia guerra de trincheras. Los Hammers fueron campeones de la Conference League en 2023 y parecían haber consolidado un proyecto competitivo bajo la batuta de Nuno Espírito Santo. Pero la realidad se ha empeñado en escribir otro guion: los londinenses ocupan la decimoséptima plaza con 36 puntos, solo dos por encima del alambre que separa la gloria del abismo. El empate sin goles contra el Crystal Palace en Selhurst Park les dio un respiro y certificó el descenso matemático del Wolverhampton, pero también dejó claro que los de Espírito Santo deberán pelear hasta la última jornada. No es un vértigo desconocido: el West Ham ya cayó en 2003 con 42 puntos, una cifra insólita para un descenso, y el recuerdo de aquel naufragio sobrevuela el London Stadium.
Si Inglaterra se frota los ojos con lo que ve en los puestos bajos de su tabla, en España el drama lleva el nombre de un heptacampeón de la Europa League. El Sevilla FC, que conquistó el torneo siete veces entre 2006 y 2023, ocupa ahora mismo el antepenúltimo puesto de LaLiga con 34 puntos en 33 jornadas, una posición de descenso que no visitaba desde la temporada 1999-2000. Los datos son puñales: en la primera vuelta, el Sevilla no sumó ni un solo punto contra los cinco rivales que le quedan por delante. Un 0 de 15 que hiela la sangre. «Nos marcan en el minuto trescientos mil», balbuceó su técnico tras otra derrota. El Sánchez-Pizjuán, templo de las noches mágicas europeas, teme ahora convertirse en el escenario de un funeral.
No muy lejos de Sevilla, en la costa mediterránea, el Valencia CF también se asoma al precipicio. El conjunto ché, campeón de Liga en 2004 y finalista de Champions en 2000 y 2001, lleva años atrapados en una espiral de crisis institucional y deportiva que lo ha convertido en un inquilino habitual de la zona baja. Ahora, bajo la dirección de Carlos Corberán, ocupa la decimocuarta posición pero con apenas tres puntos de margen sobre el descenso tras tres derrotas en sus últimos cuatro encuentros. El calendario que le espera —con salidas a San Mamés y Anoeta y la visita del Atlético de Madrid a Mestalla— es un torbellino que podría quebrar definitivamente a un equipo que vive entre subidas y bajadas constantes, capaz de lo mejor y de lo peor.
Al otro lado de los Pirineos, otros nombres ilustres se debaten en aguas parecidas. El OGC Nice, semifinalista de la Conference League y finalista de la Copa de Francia la temporada pasada, merodea la zona roja de la Ligue 1 y podría vivir la paradoja de jugar una final de Copa y descender a Ligue 2 con apenas unos días de diferencia. En Alemania, el VfL Wolfsburg —campeón de la Bundesliga en 2009 y participante habitual de la Champions durante la década pasada— agoniza en el puesto 17, en descenso directo, para asombro de una afición que vio desfilar por su césped a De Bruyne, Dzeko o Diego Ribas.
Y en Italia, la ACF Fiorentina, vigente campeona de la Conference League 2025, vivió meses tan turbulentos que tuvo que destituir a Pioli para que Paolo Vanoli administrara las urgencias de un equipo que ha coqueteado con el abismo toda la temporada.
¿Qué ha pasado para que estos colosos se tambaleen al borde del precipicio? Los diagnósticos compartidos dibujan una tormenta perfecta: gestión deportiva errática, baile de entrenadores, planificación de plantillas sin rumbo, pérdida de identidad y, en varios casos, fracturas profundas entre directiva y afición. El Tottenham ha consumido técnicos como quien cambia de zapatos. El Sevilla ha dilapidado la solidez competitiva que lo hacía imbatible en Europa. El Valencia es el paradigma de un club devorado por sus propias entrañas accionariales. Y en todos ellos sobrevuela una verdad incómoda: en el fútbol moderno, los escudos centenarios no salvan a nadie.
Cuando la primavera asome en Europa, alguna de estas barbas venerables estará afeitada por el filo implacable del descenso. No será la primera vez que un grande cae, pero sí será la constatación más dolorosa de que el fútbol, como la vida, es un estado de eterna provisionalidad. Los himnos seguirán sonando, los estadios seguirán en pie, pero la categoría es un patrimonio volátil que se defiende con goles, no con historia. La hinchada del Tottenham, la del Sevilla, la del West Ham o la del Valencia miran la tabla con el alma en un puño. Sus equipos sangran ahora por las tres. Y el tiempo, ese juez inmisericorde, corre en su contra.
