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Búhos hechos en casa

Con sus ojos enormes y su aire entre serio y sorprendido, el búho se ha ganado un lugar especial en la decoración hecha a mano. Con un poco de ingenio, casi cualquier material puede convertirse en uno

Autor:

Isairis Sosa Hernández

Hay quien los colecciona sin proponérselo. Primero llega uno de regalo, después otro de algún viaje y, cuando menos se lo espera, ya tiene en casa una pequeña colonia de búhos vigilando desde los estantes. No es casualidad: con esa mirada redonda y ese gesto de asombro permanente, el búho es de esos animales que caen bien a primera vista.

Para quienes disfrutan de las cosas hechas a mano, es además un modelo generoso. Basta con dos círculos grandes como ojos y un pequeño triángulo como pico, y ya hay búho. Lo demás depende de lo que tengamos a mano… y de nuestra imaginación.

Un trozo de madera vieja, por ejemplo, puede convertirse en un portallaves con personalidad. Dos argollas de metal hacen de espejuelos, unas tapitas de refresco sirven de pupilas, una lámina de metal se transforma en ala y unos clavos doblados sobre una rama seca terminan siendo los ganchos donde colgar las llaves al llegar a casa.

Con los tubos de cartón del papel higiénico pasa algo parecido. Se presionan los bordes de arriba hacia adentro para formar las orejas, se añaden unos círculos de cartulina, un par de alas recortadas y unos trazos que imitan las plumas. Unos con los ojos bien abiertos, otros como si durmieran la siesta. Es una manualidad perfecta para compartir con los niños en cualquier momento.

Si preferimos lo natural, una piña de pino ya trae el cuerpo emplumado listo. Solo le falta la cabeza, que puede salir de una  semilla grande, unos ojos, un pico tallado en madera, algo de yute para las cejas y unas ramitas como patas. Y los botones, que tanto juego dan, permiten armar un mosaico en tonos tierra donde cada pieza aporta un matiz distinto y los más claros enmarcan la mirada.

Los que saben tejer llevan ventaja. A crochet, un búho pequeño se vuelve un organizador práctico para enrollar el cable del cargador o de los audífonos y llevarlo siempre en la cartera, sin enredos. Con macramé, en cambio, puede nacer una maceta colgante donde las plantas parecen brotar de la cabeza del ave, o un tapiz de pared con flecos largos que simulan el plumaje.

Pero quizás donde más se lucen es en los cojines. Tejidos con restos de estambre de colores, o cosidos con retazos de tela de lunares, con ojos de fieltro y patitas rellenas, le dan al sofá o a la cama un aire acogedor y hasta un poco travieso. Cada uno, con sus colores y su expresión, tiene su propia personalidad.

Algunos de estos búhos cumplen una función práctica; otros están ahí, sencillamente, para ser contemplados. Pero todos tienen algo en común: detrás de cada uno hubo una ocurrencia, una idea que alguien se atrevió a llevar a cabo con paciencia y gusto por lo hecho a mano. Por sencilla que sea la obra, siempre despierta esa pequeña dosis de asombro que nos hace preguntar: ¿a quién se le ocurrió?

Dicen que el búho es símbolo de sabiduría. Tal vez sea porque nos recuerda algo muy simple: no hace falta mucho para crear algo hermoso, basta con mirar con otros ojos lo que ya tenemos en casa.

Te espero la próxima semana, en nuestra cita de miércoles, para seguir convirtiendo una simple idea en una gran solución.

 

 

 

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