Oye América. Autor: Obra de Raúl Martínez Publicado: 29/06/2026 | 11:27 pm
A menudo reducimos las grandes gestas a una sola imagen, una frase o un instante. Así, solemos quedarnos en la superficie cuando calificamos Palabras a los Intelectuales. Sin embargo, fueron tres jornadas —16, 23 y 30 de junio de 1961— en las que el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, con apenas 35 años, llegó a la Biblioteca Nacional José Martí, no para discursar con pródigo verbo, sino para escuchar a la intelectualidad cubana con la atención y la empatía que exigía aquel momento decisivo, en medio de un contexto hostil.
Apenas dos meses antes, Cuba había derrotado en Playa Girón una invasión mercenaria, las bandas contrarrevolucionarias operaban en las montañas, y el Gobierno de Estados Unidos no ocultaba su propósito de derrocar a la Revolución.
Esa es la primera gran verdad que el tiempo ha desdibujado: antes del célebre discurso hubo un diálogo real, tenso, franco, en el que escritores y artistas expresaron sin eufemismos sus temores y propósitos dentro del proceso revolucionario que transformaba el país.
Y es que 1961 fue el año de la defensa militar, pero también el de la Campaña de Alfabetización, el acontecimiento cultural más trascendente del siglo XX en la Mayor de las Antillas. La Revolución había declarado la guerra a la incultura y necesitaba a sus creadores como artífices de ese nuevo hombre.
La duda general era si habría espacio para la libertad creadora o si se impondría un dogma estético; y Fidel fue tajante: «Permítanme decirles en primer lugar que la Revolución defiende la libertad, que la Revolución ha traído al país una suma muy grande de libertades, que la Revolución no puede ser, por esencia, enemiga de las libertades», aclaró el Líder Histórico con su característica perspicacia.
Lo que a veces se olvida es que Palabras a los Intelectuales marcó las pautas para una apertura cultural estratégica por el bien común. Fidel puso coto a las doctrinas dogmáticas y llamó al diálogo permanente e inclusivo.
Sobre esa base, dos meses después, el 22 de agosto de 1961, nacía la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac), con Nicolás Guillén como su máximo líder. Por primera vez, los creadores cubanos tenían un espacio donde converger más allá de sus diferencias estéticas.
Pero la institucionalidad no se detuvo allí. Aquella plataforma de unidad impulsó también la creación de la Asociación Hermanos Saíz, las casas de cultura, los instructores de arte, la Universidad de las Artes y la Escuela Nacional de Arte. El movimiento cultural pasó a ser un eje central del proyecto socialista.
El discurso que hoy sigue siendo semilla para la Revolución, se había convertido entonces en un programa. Y 65 años después, la institucionalidad sigue en pie: no intacta, no inmune a las tensiones, pero viva, que es lo más honorable. La Uneac continúa siendo un espacio para el debate, para crear y, por qué no, también para discrepar.
Palabras a los Intelectuales no atesora hoy un legado en abstracto, sino la esencia misma de un líder como Fidel, que vio en la cultura una herramienta para educar y pensar en ese país mejor que se construye desde la unidad de todos.
