El 16 de octubre de 1953 Fidel explicó por qué era legítimo y necesario luchar contra la dictadura de Batista en el alegato del juicio que se le seguía por los sucesos del 26 de julio. Autor: Tomada del periódico Adelante Publicado: 15/10/2026 | 10:19 pm
«Sé que me obligarán al silencio durante muchos años; sé que tratarán de ocultar la verdad por todos los medios posibles; sé que contra mí se alzará la conjura del olvido. Pero mi voz no se ahogará por eso: cobra fuerzas en mi pecho mientras más solo me siento y quiero darle en mi corazón todo el calor que le niegan las almas cobardes».
Fueron las palabras pronunciadas por aquel prisionero que, de manera insólita, había generado temor en sus captores, y le habían organizado un juicio inconstitucional para intentar acallarlo. La tiranía tenía motivos para temer. Días antes, cuando aún se contaban los muertos del 26 de julio, aquel prisionero había sobrevivido a una masacre.
Durante 76 días lo mantuvieron incomunicado en una celda solitaria, sin acceso al sumario, mientras torturaban y asesinaban a sus compañeros, con la esperanza de que el encierro lo quebrara.
«No se mató durante un minuto, una hora o un día entero, sino que en una semana completa; los golpes, las torturas, los lanzamientos de azotea y los disparos no cesaron un instante, como instrumento de exterminio manejados por artesanos perfectos del crimen», denunció con estremecedora crudeza desde el banquillo de los acusados.
Para cuando lo llevaron frente al tribunal, su entereza ya era un desafío en sí misma. Aquel prisionero habló de lo que la República necesitaba. «Los problemas de la República solo tienen solución si nos dedicamos a luchar por ella con la misma energía, con el mismo desinterés y con el mismo valor con que hemos venido luchando por derrocar la tiranía», dijo.
Lo que un Fidel Castro Ruz de apenas 27 años estaba diciendo entonces es que la Patria se construye con los mismos sacrificios con que se defiende. Y añadió que «si queremos que los hombres nos sigan hay que enseñarles un camino y una meta digna de cualquier sacrificio. Lo que fue sedimentado con sangre debe ser edificado con ideas».
En consecuencia, renunció a cualquier beneficio individual, y pidió ser enviado junto a sus compañeros a Isla de Pinos, para compartir su suerte, porque concebía que los hombres honrados estuvieran presos en una república donde el poder se sostenía sobre el crimen.
Setenta y tres años después, sabemos que no se equivocó. La historia lo absolvió, su voz trascendió las paredes de la sala de estudios de las enfermeras en el Hospital Civil, en Santiago de Cuba, y se convirtió en el programa que guio a una generación entera.
Cinco años y tres meses después de aquel alegato, el primero de enero de 1959, la tiranía cayó y comenzó a escribirse la otra historia: la de la tierra entregada a los campesinos, la alfabetización, la salud pública, la dignidad recuperada.
Aquel joven fue líder y participante activo de muchas batallas y de muchas victorias; nunca dio de lado a los desafíos, los errores, las crisis…; y, aunque no pudo ver todo lo que vendría dejó sembrado el método, su legado, para todos los tiempos: nombrar los problemas, construir con ideas, no rendirse ante lo que parece imposible.
¿Qué esperaría aquel Fidel de los jóvenes de ahora? Probablemente lo mismo que esperaba de sus compañeros en 1953: que no callen, que no se acomoden, que no deleguen en otros la responsabilidad de pensar el país. «Lo que fue sedimentado con sangre debe ser edificado con ideas», dijo. Y la juventud cubana actual tiene en sus manos la posibilidad de cumplir ese compromiso.
