Aniversario del Minint. Autor: Yesmani Vega Ávalos Publicado: 06/06/2026 | 03:18 pm
Uno lo veía andar por las calles, con una jaba para los mandados, y lo empezó a respetar por una cortesía, que le daban cierto aire de caballero español. Iba a pasar una mujer y él cedía el paso con una ligera inclinación de cabeza.
Sin embargo, de ahí no pasaba la cosa. ¿Qué historia tenía detrás? No se le notaba ninguna. No figuraba. Era el mutismo puro y esa opacidad se acentuaba cuando andaba al lado de su amigo-hermano, Humberto Pérez Escobar. Hasta cierto punto parecían dos polos opuestos. Humberto, seis pies de estatura y mirada desafiante. Él, bajito, delgado y ojos apacibles. Humberto, piloto de helicópteros de combate en Angola y condecorado al valor. De él, solo una gran amabilidad, un deseo de pasar desapercibido. Y punto.
Un día, el servidor que esto escribe, se encontró con la vida de Alberto Delgado, el agente de la Seguridad del Estado infiltrado en las bandas de El Escambray en los años 60. La nota del interés era que Alberto había comenzado el trabajo para la inteligencia cubana en Ciego de Ávila, no en La Habana ni en Las Villas; pero hacía falta cruzar datos, verificar fuentes. En otras palabras, hacer infantería periodística.
Ahí llegó un consejo. «Tienes que hablar con José Luis Rodríguez», recomendó Alejandro García Vigistaín, historiador y mayor retirado de la Seguridad del Estado. «Y quién es ese hombre —pregunté—. ¿Qué hizo?». Alejandro sonrió con indulgencia: «Vete a verlo». Luego cambió la mirada y, como si hablara consigo mismo, dijo: «Es de la gente dura. Él fue de los que partió a más de un equipo de la CIA en esos años».
Recogí mis cosas y fui a la hora indicada y el lugar donde trabajaba el mencionado José Luis. Pero cuando llegué al lugar, al final de un pasillo, detrás de una mesa llena de documentos jurídicos, estaba él con su amabilidad cotidiana, con sus aires de caballero español, con esa voz suave que saludó: «¿Cómo está usted, periodista?»
Luego vinieron jornadas interminables de conversaciones. De relatos que harían palidecer una buena novela de espionaje; pero cuando la voz más le cambiaba era a la hora de recordar el cansancio: «Qué manera de pasar hambre y trabajo».
Salían de madrugada y regresaban tarde en la noche, con el pelo endurecido por el polvo y con una secreción nasal, que era pura tierra colorada. En aquellos días, entre 1960 y 1961, no tenían autos para moverse y en los que se trasladaban pertenecían a civiles, involucrados junto con ellos en la actividad secreta.
Cuando llegaba el salario, una parte era para pagar la cuota de la organización política y la otra para mandarla en giro de correo a sus padres en Camagüey. Al final se quedaba con un monto que no llegaba al mes.
«Si a Ramiro Valdés, que era el ministro de nosotros, llegaba que habíamos pedido fiado unas frituras de maíz, ardía Troya —confesó—. Teníamos que andar rectos y con la frente limpia. Con la vergüenza siempre delante. Cuidadito con usar la condición de oficial de la Seguridad para obtener prebendas».
Así lograron desmantelar un alzamiento que se preparaba al norte de Ciego de Ávila, Sancti Spíritus y Villa Clara en abril de 1961, cuando ocurriera la invasión por Playa Girón y que condujo a la captura de dos oficiales de la CIA (uno de ellos se pegó un tiro a punto de ser detenido) en las inmediaciones del poblado de La Vallita, en Camagüey.
Una vez pregunté: «José Luis, ¿y no tenías miedo de que te mataran?». Él dijo que no, como si tal cosa y luego vino una disertación sobre la vida, la muerte, el miedo y la adaptación al peligro. Al final dijo: «Es que no éramos valientes, ni temerarios. En ocasiones éramos imprudentes. Detuvimos gente peligrosa, a veces desarmados o haciendo creer que estábamos armados, cuando de verdad no teníamos ni balas en la pistola».
Luego encogía los hombros, permanecía un rato en silencio y decía: «Eran cosas de la época». Una época que hoy cumple 65 años y con muchos héroes saludando desde el silencio.
