Nelson García Santos, uno de los más notables cazadores de noticias del periodismo cubano. Autor: Francisnet Díaz Rondón Publicado: 01/04/2025 | 10:56 pm
En el WhatsApp, como si nada, aparece el globito que anuncia que alguien escribe. Como el apagón anda cerca y ya es de noche, lo mejor es dejar a un lado esa figurilla que se contonea con sus puntos suspensivos y ponerse a cerrar la casa, porque mañana será otro día. En definitiva, después se lee el mensaje.
Pero el sonido de la notificación avisa que el mensaje llegó y por aquello de los reflejos condicionados —más condicionados que el perrito de Pavlov—, echas una ojeada para salir rápido del asunto.
Sin embargo, lo que lees, te deja frío: «Acaba de fallecer Nelson García Santos». Y sientes un golpe en el rostro. Para morirse, es verdad, lo único que hace falta es estar vivo, aunque hay personas que, por más que se miren, uno no lo cree o se le hace difícil creerlo.
Y Nelson era (es) una de ellas por muchas razones. Por sus ganas de vivir, por su agudeza, por terco (sí, compadre, ahora no me vengas a decir que no), por ser un tipo difícil y, a la vez, cariñoso y, sobre todo, por las irreverencias capaces de romper cualquier protocolo.
Llegó al periódico hecho un jovencito, allá, a finales de los años 60, para recibir las clases de la mítica escuela de corresponsales de Juventud Rebelde, y no se fue más. Nunca se retiró.
Literalmente, toda una vida en un solo centro laboral. El lugar donde forjó su leyenda.
Quien lo viera por primera vez enseguida se quedaría pensando si ese tío casi siempre vestido de guayabera, tenuemente planchada, con zapatos o botas a medio amarrar, cabellera abundante y despeinada era en verdad un periodista de Juventud Rebelde.
Las dudas crecían al verlo sacar una botella, una canequita, un pomito plástico, a la que miraba y hasta le hablaba con las reverencias de un cura al Sumo Pontífice, o cuando te enterabas a la mañana siguiente de que al custodio de la casa de visita le habían comido la merienda por la madrugada, y en medio del análisis con los sospechosos veías una mano huesuda levantarse para pedir la palabra y solicitar que no analizarán a nadie más, que había sido él.
«Es que el jugo y los chorizos
estaban riquísimos —aclaraba—. No se pudo resistir la tentación. Por eso no se dejó ni la salsita. ¿Ustedes pueden entender eso, compañeros?».
Solo que hasta ahí llegaban las cosas. Porque él podía llegar a eso y mucho más (como parapetarse al lado de una manguera a presión para echarle agua a ciertas jefaturas), pero había un límite sagrado que el defendía con las uñas. Ese límite era la reverencia a su trabajo.
Con los años se ganó un prestigio como sabueso de la noticia, que los periodistas más famosos y estudiados o laureados respetaban con el ademán callado de las convicciones.
Se oía: «Nelson García Santos» y, sí, venían las anécdotas; pero al poco rato también aparecían unos gestos graves que indicaban una señal de respeto, sin que mediaran muchas palabras.
En los momentos de menor bullicio, cuando estaba con gente de confianza, aparecía un Nelson menos público. El que hablaba de sus amigos, algunos convertidos en leyendas,
como Onelio Jorge Cardoso y Aldo Isidrón Valle, o gente que él conoció y respetaba demasiado, como era el Comandante Efigenio Ameijeiras.
Era el momento en que le abría las puertas a los recuerdos y las confesiones. «El periodista que no sepa oler la noticia está embarcado», te decía en la habitación, con el aire saturado por el humo de los cigarros, mientras se tomaba un trago de ron.
«La gente le cae atrás a los jefes y muchas veces la noticia no está con ellos, sino al lado», seguía diciéndote para luego hacerte las confesiones de sus métodos, que los de él cualquiera pudiera pensar que eran muy pueblerinos por su naturaleza personal, cuando en verdad sus recursos respondían a la escuela de periodistas de la vieja guardia: la de los duros.
«¿Por dónde caminan los comentarios del pueblo?», te preguntaba. Le daba una cachada al cigarro, adelantaba un trago y se quedaba mirándote. «En los parques, en los bares o en las bodegas. Ahí te empiezas a enterar de todo o casi todo. Si el arroz viene o no viene y por qué no. De lo que hay en el hospital o no, del rollo de tal jefe o lo que piensa hacer este otro».
Luego venía lo que no te decía, porque se infería: la rapidez para escribir, la capacidad de uno de preguntarse siempre para descubrir por dónde viene la información y la de avisar. Siempre avisar a la redacción de que vas a entrar con un trabajo.
«Porque con el periódico no se juega», decía apuntándote con el cigarro y tú lo veías así: sentado en el borde la cama, con el ronroneo del aire acondicionado de fondo, con esa mirada entre tranquila y pícara, con la que te decía sin pronunciar palabras, solo con los ojos, la confesión mayor: «Oye, tú estás claro, ¿no? ¿Tú estás claro de que yo soy tu amigo?».