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Un niño que se hizo hombre

Con un golazo en el minuto 93, Adrian Niño rescató un punto para el Málaga ante el Espanyol

Autor:

Ruben Darío García Caballero

Hay niños que crecen de golpe. No hace falta cumplir años ni firmar contratos millonarios: a veces basta con un balón que cae llovido desde la derecha, un defensa que se duerme en la última jugada y un estadio que agoniza en el tiempo añadido. Adrián Niño, delantero del Málaga, llevaba todo el partido esperando su momento. Y cuando el reloj marcaba el minuto 93, cuando La Rosaleda ya olía a derrota y el Espanyol saboreaba tres puntos que creía suyos, el chico se hizo hombre.

El partido, el primero tras el largo parón de selecciones, había empezado torcido para los locales. Bryan Zaragoza, recibido con pitos en su regreso a casa, firmó un golazo en el minuto 12 con un eslalon que dejó sentados a Puga y Calero. La Rosaleda, que había recibido a su exjugador con una mezcla de rencor y resignación, enmudeció. El Espanyol, con Manolo González en el banquillo, dominaba, generaba ocasiones y perdonaba. Roberto Fernández tuvo dos claras para sentenciar, pero Alfonso Herrero, el portero malaguista, sostuvo a los suyos con paradas de mérito.

La segunda parte fue otra película. El Málaga, que necesitaba puntos como el aire, adelantó líneas, metió a Rafita en el lateral y a Pablo Martínez en el ataque, y empezó a inclinar el campo. El Espanyol, cómodo en su bloque bajo, se replegó, cortó el juego con faltas tácticas y confió en la seguridad de Fortuño, el portero debutante que sustituía al lesionado Dmitrovic. Los minutos pasaban, las ocasiones se sucedían y el gol no llegaba. Pablo Martínez estrelló un balón en el larguero, Rafa Rodríguez probó desde lejos, pero la muralla perica aguantaba.

Y entonces, en la última jugada del partido, cuando el árbitro ya miraba el cronómetro, llegó el centro. Rafita, incansable por la banda derecha, puso un balón llovido al área. Adrián Niño, que había entrado desde el banquillo para buscar precisamente eso, se anticipó a su marcador, engatilló de primeras y empaló el balón al fondo de la red. Un golazo. El empate. El éxtasis.

Manolo González, el entrenador del Espanyol, lo resumió con amargura: «Con la pausa de la primera parte, debimos contraatacar en la segunda. Si nos marchamos 0-3 en la primera no hubiera pasado nada. El gol del Málaga es una situación en la que el partido estaba acabado, una defensa horrible que nos ha costado tres puntos que habrían sido importantes». El técnico perico sabía que su equipo había perdonado demasiado y que en esta categoría, cuando perdonas, lo pagas.

Adrián, el niño que se hizo hombre, se marchó de La Rosaleda con el balón bajo el brazo y el cariño de una grada que llevaba semanas esperando un motivo para creer. El Málaga sigue colista, sigue sin ganar, pero ha demostrado que, mientras quede un minuto, este niño tiene cuerda para rato. El Espanyol, en cambio, se marchó de Málaga con la sensación amarga de haber dejado escapar dos puntos que tenía en el bolsillo. La maldición de La Rosaleda continúa: desde 2011, los pericos no ganan en el feudo malaguista. Y esta vez, el verdugo fue un niño que se hizo hombre al borde del abismo.

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