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El nuevo emperador romano

En el Via del Mare, el neerlandés Donyell Malen se coronó como el nuevo César del fútbol italiano con un doblete que encarriló la goleada de la Roma

Autor:

Ruben Darío García Caballero

Hay hombres que llegan a la gloria con el estruendo de un ejército; otros, con la sutileza de un susurro que se convierte en grito. Donyell Malen pertenece al segundo linaje. En el Via del Mare, un estadio que respira el salitre del Tirreno y la nostalgia de los antiguos combates, el delantero neerlandés se vistió de emperador. No necesitó una corona ni un cetro. Le bastaron dos zarpazos en los primeros veintidós minutos para someter a un Lecce que, como tantos otros, solo pudo arrodillarse ante su destino.

El primero llegó al filo del minuto 4, cuando un despeje fallido de la defensa local se convirtió en un regalo envuelto en celeste y blanco. Malen, como un gladiador que huele la sangre, cazó el balón y lo depositó en el fondo de la red con la precisión de un cirujano. No hubo estrépito, no hubo alharaca. Solo la certeza de un depredador que sabe que su presa ya está herida.

El segundo, un cuarto de hora después, fue un poema de colaboración. Wesley, el lateral que se ha convertido en su escudero, puso un centro medido desde la derecha. Y Malen, con un toque sutil de la cara externa del pie derecho, como quien acaricia el lomo de un animal antes de domarlo, superó a Wladimiro Falcone para firmar su quinto gol en dos jornadas. Cinco dianas en dos partidos. Una cifra que no se veía desde los tiempos de Gabriel Batistuta, aquel otro emperador que en 1997 comenzó la Serie A con el mismo hambre de gloria.

El partido, en realidad, duró veinticinco minutos. Fue el tiempo que necesitó la Roma para descoser a un Lecce que, como un barco sin timón, navegaba a la deriva. A los 25, la generosidad de Malen se convirtió en leyenda. El neerlandés, que podía haber buscado su triplete, prefirió la grandeza del gesto: asistió a Matías Soulé, y el argentino, tras un primer disparo que Falcone desvió, no perdonó en el rebote.

La segunda parte fue un trámite, un ejercicio de administración del poder. Rodrigo Mora, el portugués que llegó en el mercado estival para escribir su propia historia, selló la goleada en el minuto 65 con un derechazo que fue su primer gol en la Serie A. La Roma, con ocho goles a favor y ninguno en contra en dos partidos, se instalaba en la cima de la tabla como un imperio que comienza a reconstruir sus murallas.

Malen, emperador de este nuevo orden, ya ha grabado su nombre en los anales de la historia. Con 19 goles en sus primeros 20 partidos en la Serie A, solo Gunnar Nordahl (1949) y José Altafini (1958-59) lo superan en la misma cantidad de encuentros. El neerlandés, fichado definitivamente este verano por 25 millones de euros tras una cesión que parecía un sueño, ha encontrado en la capital italiana el escenario que su talento merecía. No es un emperador de aquellos que imponen su ley con el terror. Es un emperador que gana con la belleza del juego, con la generosidad del pase y con la certeza de que, en el fútbol, como en la antigua Roma, los grandes imperios se construyen con paciencia y con arte.

El Lecce, mientras tanto, se queda con la lección de que algunos emperadores no necesitan un ejército para conquistar. Solo necesitan un balón y un instante de gloria. La Roma, con su nuevo César al frente, ya mira hacia el siguiente combate. El imperio, después de años de sombras, comienza a resurgir.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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