Luis Enrique se convertía en el tercer entrenador en ganar tres Supercopas, solo por detrás de Ancelotti y Guardiola. Autor: Tomada de As Publicado: 13/08/2026 | 11:49 am
Hay maldiciones que pesan más que los títulos, y hay dinastías que se escriben con la misma tinta con la que otros escriben sus fracasos. En la Red Bull Arena de Salzburgo, el PSG de Luis Enrique alzó su segunda Supercopa de Europa consecutiva al derrotar 2-1 al Aston Villa, inscribiendo su nombre en un panteón que hasta ahora solo habitaban el Ajax, el Milán y el Real Madrid. Los parisinos, vigentes campeones de la Champions League, se convirtieron así en el primer equipo desde el Real Madrid de 2016 y 2017 en lograr este doblete en la era moderna de la competición.
Pero mientras unos escriben historia con mayúsculas, otros la escriben con la tinta del desconsuelo. Unai Emery, técnico del Aston Villa, sumó su cuarta derrota en una final de la Supercopa —tras las caídas con Sevilla ante el Real Madrid en 2014, ante el Barcelona en 2015 y con el Villarreal frente al Chelsea en 2021— y confirmó que hay fantasmas que no se exorcizan ni con la gloria de haber ganado cinco títulos europeos.
El partido fue, como la vida misma, un duelo de dos caras. El PSG golpeó primero al filo del minuto 21, cuando Khvicha Kvaratskhelia recibió un pase filtrado de Désiré Doué y, desde el borde del área, fulminó a Marco Bizot con un derechazo al palo corto que parecía escrito en los anales de la poesía. Pero el Aston Villa, lejos de arrugarse, encontró en un adolescente de 17 años llamado Brian Madjo la respuesta que nadie esperaba.
El joven delantero luxemburgués, que había fallado un puñado de ocasiones claras —un cabezazo que se fue rozando el larguero, un disparo que besó el poste, un remate a bocajarro que se marchó desviado—, encontró la redención en el minuto 45. Un centro preciso de John McGinn desde la izquierda y la volea de Madjo, cayendo bajo la presión de Willian Pacho, se colaron en la portería de Safonov para firmar el 1-1 en el último suspiro del primer tiempo. Era el debut soñado, el gol que convertía a Madjo en el goleador más joven en la historia de una final europea. Y también era el aviso de que el fútbol no entiende de jerarquías.
Pero la nueva dinastía parisina no iba a caer tan fácilmente. En el minuto 61, Désiré Doué, que ya había sido el arquitecto del primer gol, se convirtió en el verdugo definitivo. Un pase filtrado de Ousmane Dembélé, que había entrado en el descanso, dejó al joven francés solo ante Bizot. Su disparo cruzado, ajustado al palo lejano, subió al marcador el 2-1 definitivo. El gol fue anulado inicialmente por fuera de juego, pero el VAR, ese ojo implacable que todo lo ve, encontró que Matty Cash había habilitado a Doué por milímetros. Fue el gol de la justicia, el que sellaba el segundo título consecutivo del PSG en esta competición y el que confirmaba que el tridente ofensivo —Kvaratskhelia, Doué y Dembélé— funcionaba como una máquina de precisión suiza. El Aston Villa, eso sí, no se rindió. Tuvo 14 disparos, ganó la batalla de los goles esperados por 2.13 a 1.03 y rozó el empate en varias ocasiones, pero el PSG, como los grandes equipos, supo sufrir y sostener el resultado hasta el pitido final.
Y así, mientras el PSG celebraba su cuarto título europeo en 14 meses —dos Champions y dos Supercopas en dos años— y Luis Enrique se convertía en el tercer entrenador en ganar tres Supercopas, solo por detrás de Ancelotti y Guardiola, Unai Emery se marchaba de Salzburgo con la misma sensación de déjà vu que le persigue desde 2014. El vasco, rey indiscutible de la Europa League, ha construido un imperio en las eliminatorias a doble partido en la segunda competición europea, pero la Supercopa se ha convertido en su particular infierno mental. Cuatro finales, cuatro derrotas. Ocho goles encajados y una tanda de penaltis que probablemente aún aparece en sus pesadillas.
El fútbol, a veces, es cruel con sus hijos más ilustres. Y mientras el PSG escribe su dinastía con letras de oro, Emery sigue buscando la llave que abra la puerta de un trofeo que siempre se le cierra en la cara. Quizá, como escribió algún poeta, hay maldiciones que no se rompen, solo se heredan.
