Un arte de vida o muerte Autor: Adán Iglesias Publicado: 01/11/2026 | 05:34 am
El entrenamiento y la destreza que requieren la captura del bufet en una actividad cultural merecen al menos un buen análisis científico, un ensayo doctoral, y hasta quizá un libro basado en profundas investigaciones. Más allá de la necesidad, adicción o simple deporte extremo que pueda significar apoderarse de un vasito de bebida (cualquiera que sea), un panecito, o un pequeño dulce en una inauguración o festejo, existe toda una lucha filosófica entre el ser y el pensar, entre el placer y el qué dirán, entre la frustración y la gloria. Es todo un arte que se mueve entre la vida o la muerte.
Puedo hablar porque tengo sobrada experiencia a lo largo de mi vida relacionada con aquellos eventos signados por un pequeño brindis, un coctel de bienvenida, canapés, Amuse-bouche, como se dice en francés y que significa literalmente divierte-bocas, o Finger food, al decir de los de habla inglesa para describir la breve comida diseñada para ser consumida directamente con los dedos, sin necesidad de cubiertos… Pero no hay que exagerar, basta con ubicarnos en una simple actividad en la casa de la cultura del barrio donde los organizadores lograron resolver unas torticas para «amenizar» el encuentro. Es terrible lo que se arma cuando inesperadamente sale la bandeja por alguno de los extremos del salón que acoge el acontecimiento artístico.
En las actividades de mayor alcance, con firmas y productoras de renombre, donde impera el glamour y la «fachada plástica» de algunas figuras, ocurre parecido pero la coreografía es otra. Aquí sí se pone a prueba el ingenio creativo de los especialistas cuyo principal objetivo es degustar el pequeño bufet o matar el hambre vieja, pues en muchos casos ni siquiera conocen de qué va la velada.
Hay quien trabaja en solitario y lleva algunas «herramientas» necesarias para el camuflaje y la creación de personajes. Pueden ser dos gorras diferentes, un par de espejuelos, unas gafas oscuras, un bigote postizo… Otros prefieren trabajar en equipo, sobre todo para descubrir por dónde saldrá el servidor o servidora, bandeja en mano. Tipo aventuras de los años 80: Tú por allá, tú por acá, el resto conmigo. Este tipo de despliegue tiene un inconveniente: quien logra posicionarse en el lugar correcto por donde asoma el «convoy gastronómico» tiene que meter las dos manos y posicionarse de la mayor cantidad de productos para compartir con quien le ha tocado el extremo contrario. La única solución ante la mirada desafiante de quien sirve es una sonrisa entre la ingenuidad y el descaro y evitar el enfrentamiento verbal.
No quiero decir que todo el mundo vaya con las mismas intenciones a estas celebraciones o acciones culturales. Existe quien realmente disfruta el jolgorio, el intercambio social, encontrar a viejas amistades, conocer, dialogar, charlar… ¡Ese es el peor enemigo de quienes van a «degustar»! Son capaces de romper, en pocos segundos, una estrategia trazada en horas, días, años de intenso trabajo.
Esa es la persona que aparece a la hora cero, cuando ya ha salido el oponente con su deslumbrante bandeja y estás listo para el ataque a quemarropa. Es el hombre o mujer que te ha reconocido entre los participantes y te quiere saludar efusivamente. Con un abrazo fraternal rompe tu ataque, te deja inmóvil y ves pasar el objetivo que ya ha sido emplazado por otros estrategas. La oferta va disminuyendo y tu interlocutor no termina de saludarte. A esa hora quiere saber por tu trabajo, tu salud, cómo está la familia, ¿cuánto han crecido los niños? Si aún vives en el mismo lugar, como están tus padres… ¿recuerdas aquella vez que coincidimos en el festival de cine? ¿Y cuando fuimos al lanzamiento del libro del Gabo? ¿Y cuando entregaron la medalla por los 150 años de la toma de la Bastilla?
—¡Compadre, que se acaba el bufet!
—Ay, verdad… pero si lo que hay es cerveza y pastelitos de carne… a mí el médico me quitó todo eso. Me hace tremendo daño.
—¿Sí? ¡Pues muérete! A mí el médico no me ha quitado nada. ¡Nos vemos!
