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El centenario de un cineasta universal

El Premio Nacional de Cine José Massip hoy cumpliría cien años. Su legado para la cultura cubana se recuerda y agradece

Autor:

Ana María Domínguez Cruz

José Massip hoy cumpliría cien años. Su amigo Enrique Pineda Barnet cumpliría en octubre 93, y con toda la lucidez que los caracterizaba hubieran conversado y celebrado. Justamente hoy, último domingo de junio, rememoramos una conversación que, en formato de entrevista, sostuvieron en igual fecha de 2007 ambos premios nacionales de cine.

José Massip.

El director de La Bella del Alhambra preparó el cuestionario rigurosamente, como parte del proyecto Memoriarte, conformado por entrevistas a mujeres y hombres imprescindibles en la historia del cine cubano, desde cualquier rol o profesión. Operaba la cámara esa vez el director de Fotografía Raúl Rodríguez, también Premio Nacional de Cine, y la asistencia la realizó el hijo del centenario, Pablo, también cineasta, quien disfrutó cada minuto de las casi tres horas que duró este diálogo con su padre, del que bebió su sabiduría tanto en casa como en las aulas de la Universidad.

Además de dedicar su vida al cine, José Massip —hijo de los fundadores de la Geografía Científica en Cuba Salvador Massip y Sara Ysalgué— fue ensayista, pedagogo, crítico de teatro, cine y literatura. Licenciado en Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana y en Sociología en la Universidad de Harvard, en Estados Unidos, forjó una sólida formación intelectual desde joven, gracias a sus padres.

Fundador de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo y editor de la revista asociada, figura como uno de los fundadores del Instituto del Arte e Industria Cinematográficos (Icaic), iniciándose en el ámbito cinematográfico como asistente de dirección, guionista y director.

Multipremiado, con obras que son referente indiscutible del séptimo arte cubano y con una vasta y fecunda trayectoria como conferencia en escenarios nacionales e internacionales, José Massip presidió además durante varios años la Sección de Cine, Radio y Televisión de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

Fungió como corresponsal de guerra en diversos conflictos, y entre su filmografía relacionada encontramos Madina Boe (1968), Laos: cuatro reportajes después de la guerra (1973), Angola: victoria de la esperanza (1976) y Homenaje a Amílcar Cabral (1980), entre otros.

Su documental Historia de un ballet (Suite Yoruba) es considerado un clásico del cine cubano posrevolucionario, como lo son sus filmes de ficción Páginas del diario de José Martí y Baraguá.

Historia de un ballet es un referente de la cinematografía cubana.

Con la película Baraguá, José Massip plasmó su respeto hacia uno de los próceres de nuestra independencia.

Sentado en su cómodo sillón, rodeado de numerosos libros y sencillamente vestido, a ratos sonreía, como quien acaricia los recuerdos sin miedo a olvidarlos. Fue asertivo en cada respuesta, polémico, reflexivo, y siempre dejó en evidencia su pasión por el cine del país que tanto amaba y defendía. Pineda Barnet estuvo más que complacido al final, y su hijo, acompañante fiel a sus jornadas de rodaje, hoy revisita las imágenes de lo filmado ese día y no puede creer que físicamente ya no esté sentado en ese sillón.

Compartimos fragmentos de esa conversación, en la que José Massip reafirmó ser, ante todo, una figura clave en la articulación entre pensamiento histórico, creación audiovisual y crítica cultural.

«A mi padre lo invitaron a impartir un curso de Geografía en el estado de Massachusetts, en Nueva Inglaterra, Estados Unidos, Northampton. Fuimos todos, mi madre, mi hermano Antonio y yo. En esa universidad había un cine club y la primera película que vi allí fue El acorazado Potemkin. La extraordinaria impresión que me causó fue estéticamente muy fuerte y pienso que justo en ese instante, asumí el cine de otra manera.

«El séptimo arte volvió a mí como una afición cuando me nombraron crítico de cine del magazine Media y de la revista Última Hora, que dirigía Mirta Aguirre. Cuando desaparecieron esas publicaciones, estaba la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, en la cual, además de ser editor principal, dirigía su sección de cine.

«Nuestro Tiempo, esa asociación de intelectuales y artistas que se fundó en uno de los períodos más críticos en la historia de este país, fue un acontecimiento cultural sumamente importante porque aquellos intelectuales y artistas que se fueron sumando, se opusieron a la dictadura de Fulgencio Batista. Y fue la continuación de una tradición de personalidades, que viene del siglo XIX, que siempre han sido contribuyentes a la cultura de resistencia a la opresión.

«Esa sociedad no fue objeto de una represión directa, aunque muchos de los miembros fuimos llevados al interrogatorio en el BRAC. Nos despojaban de nuestras bibliotecas y pertenencias “intelectualmente” peligrosas.

«En la sección de cine aparecían las diez mejores películas según el criterio de sus miembros, debatíamos mucho sobre estética y teoría, y aprendí mucho. Tuvimos la suerte de recibir en dos ocasiones a Sabatini, lo que nos acercó de una manera especial al neorrealismo y en general, al pensamiento profundo sobre el cine.

«Estaba Alfredo Guevara, Tomás Gutiérrez Alea, Julio García Espinosa y yo, cual epicentro todos juntos de aquello. Quisimos llevar a la práctica todas aquellas ideas y teorías, y surgió El Mégano, cuyo mérito principal no es precisamente de carácter estético sino el de ser una anticipación del sentido futuro del cine cubano. En medio de aquel cine comercial tan anémico, tan pobre, tan superficial en muchas ocasiones, El Mégano fue algo distinto. Por cierto, la única película que fue secuestrada por la policía en ese tiempo».

—¿Por qué Mégano y no Las yaguas o Guanahacabibes?

—Cualquiera de esos lugares hubiera podido ser porque El Mégano es un testimonio sobre la pobreza extrema. Esa fue la razón, según el teniente Castaño, del secuestro de la obra. «Aquí no se pueden hacer películas sobre los pobres», dijo.

«En aquel entonces estaba Los tiempos del joven Martí, que yo concebí en el 1954 como homenaje a la Generación del Centenario, a los asaltantes del Cuartel Moncada. Es un documental de arte, hubo que hacerlo cuadro a cuadro con la cámara Oxberry que tenía Tucho Rodríguez, y con el apoyo de otros como Miguel Fleita, todos muy queridos».

—¿Cuáles han sido las fuentes más significativas en tu formación?

—Ante todo, mis padres, mi familia. También considero que una de las fuentes más fuertes en mi formación como intelectual y revolucionario es Harvard. Allí me hice de verdad un intelectual. Llegué adolescente, y salí joven y marxista. La otra gran influencia en ese sentido fue Nuestro tiempo y claro, sin dudas, la Revolución, y dentro de ella, el Partido Comunista.

«El Icaic también incidió mucho en mí. Dentro de esta institución se creó, surgió y se desarrolló uno de los acontecimientos culturales más importantes en la historia de la cultura de este país, que yo llamo el nuevo cine cubano. Realmente para mí tiene un origen y un fin».

—¿Acaso no existe?

—Ya no creo que existe el nuevo cine cubano. Por ejemplo, ese que duró aproximadamente 30 años. Me refiero a la etapa comprendida entre 1960 y 1990. No existía un cine como el que se hizo en esos años. Existía uno anémico y de poco valor estético e ideológico, por lo que el principal logro del ICAIC fue haber propiciado el surgimiento de ese cine en Cuba.

—¿Cómo fue tu acercamiento al Icaic?

Mi padre era candidato a senador por el Partido Ortodoxo, y en ese momento me apresaron. Se publicó el suceso en periódicos como el Prensa Libre y El Crisol también. El titular era: Hijo de candidato a senador recibe entrenamiento guerrillero detrás de la cortina de hierro. Eso arruinaba la carrera política de mi padre.

«Luego los sucesos del 10 de marzo cambiaron todo, pero yo seguía siendo vigilado. Antes de las elecciones previstas para noviembre, se publicó una lista de 20 comunistas que podrían sabotearlas. Yo aparecía en ella, junto a José María Pérez y a Fulgencio Ordaz, por ejemplo. Tres fueron asesinados y desaparecidos.

«Mi madre me protegió en un apartamento, y supe después que ella transportaba armas para el Movimiento 26 de Julio, por lo cual obtuvo, como yo, la medalla de la clandestinidad.

«Mi primer acercamiento en el Icaic se relaciona con todo esto, con el Ejército Rebelde. Se hicieron tres documentales, los primeros. Uno es el que hizo Tomás Gutiérrez Alea, que es Esta tierra nuestra; el otro lo hace Julio García Espinosa, que es La vivienda y el tercero lo hago yo, que es el que recuerda a Raúl.

«Llegué al Icaic con muchas expectativas. Lo primero que propuse fue el documental El maestro del cilantro. Antes, te decía, había hecho ¿Por qué nació el Ejército Rebelde?, pero ese es un documental un poco primitivo, digamos, y este ya es maduro. A mí me interesaba mucho el registro, el testimonio de la historia presente en el momento. Y ese maestro fuiste tú, Enrique, el primero en dar el paso al frente para alfabetizar… Muchos quizá no lo saben.

«Mi segundo documental lo pidió Mirta Aguirre, que estaba en el Teatro Nacional. Historia de un ballet, el único guion que he hecho para documental en mi vida fue ese. Se percibe en el montaje en esa obra, una anticipación del videoclip, considero. Esa batalla entre Shangó y Oshún se ha visto en otras propuestas.

«Me enorgullece que sea un referente y además la primera película en color que se hacía. Con ella obtuve el Gran Premio Paloma de Oro en el Festival Internacional de Cine Documental y Cortometraje en Leipzig, en 1962; el Primer Premio Medalla de Oro en el certamen Internacional de Cine Documental Iberoamericano y Filipino en Bilbao, y el Primer Premio Carabela de Oro en el Festival Internacional de Arte Cinematográfico en Lisboa, entre otros reconocimientos.

«La decisión fue una obra importante, por cierto, el debut de Daisy Granados. También fue importante Guantánamo, Madina Boe con sus premios, y luego Páginas del diario de José Martí, en medio de una época en que el cine cubano estaba viviendo un momento de experimentación. Tildada de herejía, defendida por Hortensia Pichardo. Recordemos en esos tiempos Memorias del subdesarrollo, La primera carga del machete, Los días del agua, El periodista… Se pensaba en la inserción en el mercado.

La actriz cubana Daisy Granados debutó en el cine con La decisión, película dirigida por José Massip.

«Cuando hablo del mercado, insisto, existe la mercancía, no con el objetivo de hacer arte sino de obtener una ganancia. En nuestro caso, la ganancia va al cine, y con el tiempo hemos demostrado que no se puede anular el arte. Tenemos grandes realizadores que lo confirman. Carlos Marx lo dijo: El capitalismo es hostil al arte. Pero eso no quiere decir que dentro del capitalismo no se hayan podido hacer grandes obras de arte».

Del padre amigo

José Massip se sentía ciudadano del mundo, y así se lo dijo a su hijo Pablo. «Lo más importante para él era justamente eso, conectar con la humanidad plenamente, compartir sensibilidades y crecer como ser humano cada día».

Le gustaba tomar el café frío, luego de batirlo con un poco de leche y hielo. Adoraba los frijoles recalentados en un sartén y agregarle picante a cualquier comida. En los diarios que escribía en cada viaje, plasmaba cada detalle y en particular, lo relacionado con las comidas porque decía que los secretos culinarios de cada lugar revelaban mucho de su gente, agrega Pablo.

«Si mi madre me enseñó a bailar, él me enseñó a apreciar la música con la que bailaba. Me enseñó a encontrar la belleza en todo, incluso en lo más diminuto».

¿Viste el hijo que tenemos?, le dijo Pineda Barnet una vez a José Massip. Los dos se «confabulaban» para transmitir conocimientos y consejos para la vida.

«Todo lo que me enseñó de las culturas del mundo me ha permitido apreciar todo en la vida, incluso en la simple cotidianidad, de una manera diferente a como lo vería sin sus enseñanzas. El respeto hacia la diversidad de la humanidad también identifica a mi padre.

«Ser su hijo me marcó mucho. En las clases en la Universidad fui su alumno y nadie lo supo. Nunca mencionó mi apellido al pasar la lista y, además, mis calificaciones no fueron las mejores por ser su hijo, al contrario. La rectitud y la exigencia para conmigo fueron las mayores, y se lo agradezco porque ser benévolo sin merecerlo me hubiera hecho mucho daño.

«Mi padre fue un hombre de cultura universal, como universal fue su pensamiento y su impronta. Valoro mucho la coherencia entre la estética y las convicciones éticas que siempre defendió. Llevaba Cuba en sus venas y su mirada siempre demostró su entereza como intelectual cubano, como creador, como acucioso estudioso de la vida».

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