En 1971, Boca de Samá sufrió un ataque terrorista promovido por el Gobierno de Estados Unidos. Autor: Tomada de la ACN Publicado: 12/10/2026 | 02:00 pm
A Carlos Escalante, la noche bella no lo dejaba dormir. Octubre era joven aún y la luna parecía demorarse sobre las aguas de la costa. Al poblado llegaba la respiración antigua del océano, olores que los pescadores aprendían a distinguir aun con los ojos cerrados.
Nancy Pavón tenía 15 años y caminaba en puntas de pies. «Tacones altos», decía. «Ando en tacones altos como en las revistas». Su casa era de las pocas que permanecían encendidas. La luz de los candiles proyectaba la imagen de la niña contra los tabloncillos de la casa.
Boca de Samá tenía apenas un breve caserío de pescadores y agricultores, gente que vivía despacio, sin más ostentación que la riqueza viva de su paisaje. Era el 12 de octubre de 1971.
Cerca de las diez de la noche, dos lanchas procedentes de la Florida se aproximaron a la costa. A bordo viajaban hombres armados vinculados con la organización Alpha 66. Al fondo del paisaje se divisaba una embarcación mucho más grande.
Los hombres avanzaron por la orilla y se internaron en el poblado. Entraron a patadas en varias viviendas e intimidaron a los moradores. Insistían en que los llevaran al puesto de Guardafronteras. Querían someter a la pequeña guarnición. Bota de Goliat sobre la cabeza de David. Harían fotos que luego se usarían para anunciar la victoria. Los golpes no fueron suficientes para que los rehenes dieran la información que pedían.
Un grupo asaltó la tienda del lugar, mientras que otro abrió fuego de mortero sobre la escuela y las viviendas. Ráfagas de metralla al azar, como en esas películas del Oeste donde los hombres salen borrachos de las tabernas y disparan al aire el impulso de todo el whisky del siglo.
Carlos, al conocer la presencia de los hombres armados, se organizó para hacerles frente. Dirigía a un grupo de milicianos, hombres del pueblo que asumirían la misión de enfrentar la invasión.
Hubo intercambio de disparos en un desigual combate. Catorce mercenarios entrenados y pertrechados contra un reducido grupo de gente del pueblo. Con varios disparos en las piernas, Carlos cayó herido. Mientras tanto, las balas alcanzaron la habitación donde dormían Nancy y su hermana Ángela, de 13 años. Las niñas se buscaron en un abrazo desesperado. Empapadas en sangre y con un dolor horrendo en todo el cuerpo, creyeron que habían muerto. La misma bala atravesó los pies de ambas, dejando los pedazos de piel incrustados en el mosquitero.
Al encontrar resistencia, los atacantes emprendieron la retirada, ametrallando el poblado. Los disparos alcanzaron cada una de las viviendas, como si el propósito no fuera únicamente atacar una posición militar, sino dejar tras de sí la mayor cantidad posible de miedo y destrucción.
Aquella noche murieron Lidio Rivaflecha Galán y Ramón Arturo Siam Portielles. Carlos Escalante y el obrero agrícola Jesús Igarza Osorio quedaron heridos, al igual que las hermanas Ángela y Nancy. Esta última no podría cumplir el sueño de usar zapatos de tacón, como en sus juegos. El impacto la obligaría a usar una prótesis en uno de sus pies.
La responsabilidad por aquel ataque no puede separarse de la política de hostilidad contra Cuba que Washington ha sostenido desde los primeros años del triunfo revolucionario. El ataque del 12 de octubre de 1971 fue solo uno de los tantos actos de terrorismo de la CIA contra la Isla, que asume la muerte y los daños a los civiles como efectos colaterales en pos de su prédica por el bien y la libertad.
En las noches de luna llena, cuando la brisa suave del océano devuelve a los pescadores a sus casas después de un día intenso de trabajo, los más envejecidos les muestran a los niños del pueblo las siluetas de los botes en el horizonte. «Así vinieron aquella noche de octubre los mercenarios», dicen. Gigantes que pretendían poner su bandera en el mástil sereno donde solo podrá ondear la nuestra.
