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Raúl, el estadista

Al General de Ejército le tocó dirigir los destinos de Cuba en una época de cambios internacionales profundos o un cambio de época donde los imperios andan perdiendo poder frente a la multipolaridad y de reordenamientos geopolíticos

Autor:

Juana Carrasco Martín

Se dice que en algún momento se definió así: «La pasión se me sale por los poros cuando de la Revolución se trata». Siempre ha sido esa su actuación en la vida, para suerte de nosotros los cubanos que simplemente lo llamamos Raúl y, a veces, el General de Ejército.

Por estos días de fuertes tensiones, cuando el vecino del norte amenaza a cada momento en pertinaz verborrea, con la instiga del Rubio, quien hace lo propio, a los cubanos se nos sale la indignación por los poros. Se atrevieron a cargar contra Raúl y está claro: quien se mete con él, se mete con Cuba.

En las actuales circunstancias, bien convulsas para nuestro país, hemos repasado el significado de Raúl en nuestro proceso revolucionario, combatiente, jefe militar y líder político, sin duda alguna. Mas también otro calificativo de envergadura mayor se le reconoce y destaca: el estadista.

La definición del término contiene una hondura que pocos logran: Persona con gran saber y experiencia en los asuntos del Estado, para gobernar con visión de Estado. Alguna enunciación deja claro esto, no es lo mismo un político que un estadista, hasta el punto de asegurar, «se suele pensar que los políticos dirán o harán cualquier cosa para ser elegidos o para obtener el poder. Un estadista es alguien que trabaja por el bien común de las personas a las que representa».

A Raúl le tocó dirigir los destinos de Cuba en una época de cambios internacionales profundos o un cambio de época donde los imperios andan perdiendo poder frente a la multipolaridad, de reordenamientos geopolíticos, que Fidel, el estadista mayor, avizoró y nos alertó con esa descripción genial de Revolución: tener sentido del momento histórico y la necesidad de cambiar todo lo que deba ser cambiado.

El problema es insertar nuestra sociedad en ellos sin trastornar, descomponer o destruir los principios esenciales de la Revolución de 1959 y, en esa dinámica, se ha destacado la visión certera de quien sabe deja a nuevas generaciones a cargo del presente y el futuro de la nación. Mas, su firme liderazgo sigue presente.

Hoy la sociedad debate con fuerza los cambios estructurales, la titulada actualización del modelo económico y social, cómo lograr su verdadera efectividad para el beneficio de toda la población sin esas diferencias notables que toman campo, aunque nadie duda de que son necesarios.

He tenido el privilegio como periodista de estar presente en las coberturas de acontecimientos notables donde, a pesar de su proverbial modestia, destacó el estadista Raúl. No olvido a un periodista brasileño comentándome su «descubrimiento» durante la Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) en La Habana; hablaba de que «esa voz» la necesitaba en sus noticieros, y no se refería solo a las características de buena dicción, el timbre, el tono, fuerte y empático, sino a la firmeza, autoridad y seguridad del mensaje y a su liderazgo.

Precisamente, cuando Raúl en nombre de Cuba presidió la Celac, incidió de manera decisiva en dos puntos cardinales alcanzados, el fortalecimiento de la integración de Nuestra América y haber declarado a nuestra región como Zona de Paz, en aquella cumbre de enero de 2014, en la cual se adquirió conciencia regional de que la prosperidad y estabilidad de la región contribuyen a la paz y seguridad internacionales.

Raúl leyó la proclama que ratifica el compromiso de los países miembros de la Celac con los propósitos y principios consagrados en la Carta de Naciones Unidas y el derecho internacional, proceso de unidad en la diversidad que ahora, el avance de un segmento fascista en los predios del imperio, su injerencia en la política de su considerado «traspatio» y la sumisión de un grupo de Gobiernos de derecha y ultraderecha trabajan para resquebrajar en un resucitar de la Doctrina Monroe para el siglo XXI.

A favor del acercamiento

Por demás, la figura y el quehacer de Raúl resaltó de manera vital en un giro en las relaciones Cuba-Estados Unidos, al pasar de un enfrentamiento al acercamiento propiciador de una convivencia civilizada, anunciada por el General de Ejército y Barack Obama en diciembre de 2014, que nos unieron en suelo patrio a nuestros Cinco Héroes, y permitió la reapertura de embajadas en 2015 tras secretas, cuidadosas y responsables negociaciones.

EE. UU. nos sacó de la adulterada lista de países terroristas, flexibilizó las leyes del bloqueo, dejó a un lado la política de abierta hostilidad, las consideró obsoletas e inútiles durante décadas para lograr sus propósitos de tener a Cuba en el redil.

El demócrata apartó el garrote y enarboló la zanahoria para, incluso, llegar a Cuba en 2016, segundo Presidente de EE. UU. que daba tamaño paso. Los cubanos bajo el liderazgo de Raúl aceptamos el reto, sabíamos del sabio legado político y moral martiano: «Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra…».

Sin embargo, la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump tronchó aquella posibilidad, quizá porque sus amigos del vecindario anticubano en la Florida le hicieron creer que sin Raúl como Presidente todo les sería más fácil. Restauró las hostilidades, impuso más de dos centenares de medidas incrementando los rigores del bloqueo y en esta —su segunda temporada—, aprieta al máximo las tuercas para dejarnos sin vida.

Las desvergonzadas imputaciones a nuestro General de Ejército son parte del operativo táctico para intentar doblegarnos, porque si la genocida guerra económica no ha podido arrodillarnos, entonces acabarán imponiéndose con la fuerza militar.

Hoy nos amenazan con portaviones nucleares y sus grupos de combate. Deben saber que cuando nuestro Apóstol y Maestro reflexionó sobre las trincheras, continuó así: «No hay proa que taje una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo, para, como la bandera mística del juicio final, a un escuadrón de acorazados».

El General de Ejército no es un solo hombre, es un pueblo, el cubano… y como hemos hablado de definiciones, esta fue la de Martí: «Yo no sé qué misterio de ternura tiene esa dulcísima palabra: cubano. Ni que sabor tan puro sobre el de la palabra misma de hombre que ya es tan bella...». ¡A Cuba se respeta, o se rompe el corojo!

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