Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Aquel 4 de septiembre (II y final)

El golpe de Estado del 4 de septiembre de 1933 daba origen a la Comisión Ejecutiva o Pentarquía, forma de gobierno inédita en Cuba, que al día siguiente designaba a quienes se responsabilizarían con las distintas secretarias. Serían Guillermo Portela (Estado y Justicia), Sergio Carbó (Gobernación, Comunicaciones y Guarra y Marina), Porfirio Franca (Hacienda), José M. Irisari (Obras Públicas, Agricultura, Comercio y Trabajo) y Ramón Grau San Martín (Instrucción Pública y Bellas Artes y Sanidad y Beneficencia), en tanto que el sargento Fulgencio Batista, líder del cuartelazo, asumía como jefe del Estado Mayor del Ejército. La Junta tomaría sus acuerdos de manera colegiada.

Carbó le dio el tiro de gracia a ese precepto cuando en la noche del 8 de septiembre ascendió a Batista a coronel. Para hacerlo no contó con el resto de los pentarcas, aunque sí lo hizo con los sargentos que encabezaron el golpe y con integrantes del Directorio Estudiantil, que estuvieron conformes.

El ascenso fue el pretexto que esgrimieron Irisari y Portela para plantear la crisis cuando 30 barcos de guerra norteamericanos rodeaban la Isla y Washington movilizaba una fuerza considerable de su infantería de marina y reforzaba los efectivos de su base naval en Guantánamo para intervenir en el país.

«Estamos sobre un volcán!», dijo Irisari. Y Grau: «Pues apaguemos ese volcán». La Pentarquía, diría muchos años después en este mismo diario el periodista Mario Kuchilán, era un tándem en que podían montarse cinco personas, pero de ellas solo dos —Grau y Carbó— pedaleaban, mientras que los otros hacían maromas y antes de caerse prefirieron apearse.

Batista desconocía a la Comisión Ejecutiva y se atrevía a definir por sí solo el futuro de la República. Franca no se portaba por Palacio. Grau y el Directorio insistían en mantener la Pentarquía. Irisari era partidario de devolver el poder a los politiqueros y Portela lo apoyaba. El fantasma de la intervención norteamericana se había apoderado de ambos.

Para Grau, que sustentaba la línea revolucionaria del Gobierno, el asunto era salvar la revolución. Pero la Pentarquía no podía mantenerse porque Irisari presentó la renuncia irrevocable. Franca ya lo había hecho y Portela repetía que no permanecería ni un minuto más en el Gobierno. Carbó se mostraba conforme con volver a la fórmula presidencial si el pueblo no entendía la del Gobierno colegiado, y Grau, el más sereno y firme de todos, expresaba que, mientras el Directorio estuviera, él permanecería en su puesto. Es en esa situación que el Directorio pide a los pentarcas, que son ya tetrarcas, designen al Presidente, para lo cual les dan un voto de confianza.

Me quedo con los muchachos

A las ocho de la noche del día 9 Grau, Carbó, Irisari y Portela se dan cita en el tercer piso del Palacio Presidencial. En el segundo se reúne, en sesión secreta, el Directorio Estudiantil. Los estudiantes se huelen que Irisari y Portela quieren entregar el poder a los políticos —en específico al doctor Gustavo Cuervo Rubio, cirujano partero y médico de señoras. Con el apoyo de Portela, el distinguido ginecólogo, amigo íntimo del expresidente Mario García Menocal, conspiraba para ocupar la Presidencia y formar un gabinete de concertación nacional. Conoce el Directorio que existe un complot para detener a Batista y reinstalar en sus mandos a la oficialidad destituida el 4 de septiembre.

El Directorio toma entonces la iniciativa y retira el voto de confianza que otorgó a los pentarcas para la designación del presidente, y designa a Ramón Grau San Martín para ocupar la primera magistratura.

Se ha atribuido la propuesta al estudiante Juan Antonio Rubio Padilla. Eduardo Chibas, en un artículo que dio a conocer en Bohemia, se proclamó autor de la sugerencia.

Ni uno ni otro. Aquel 9 de septiembre no faltaban en el segundo piso de Palacio los que eran de la opinión de que la decisión de designar presidente era una responsabilidad demasiado grande para aquellos cuatro sujetos. Fue entonces que Clara Luz Durán, una de las más antiguas integrantes del Directorio, dijo: «Aquí lo que hace falta es un hombre», y ese hombre era Grau San Martin, que había aseverado: «Yo me quedo aquí con los muchachos y corro todos los riesgos». Con 50 años de edad, que cumplía en esos días, Grau tenía un prestigio bien ganado como médico y profesor universitario y una sólida posición económica. 

Grave, trascendente e histórica misión

No demora Carlos Prío en subir al tercer piso. Portela, violento, le pide que se retire. «Nosotros tenemos la grave, trascendente e histórica misión de elegir al presidente». Rojo de ira, Prío le ataja los caballos. 

«No, señor Portela, esa misión, grave, esa misión trascendente, esa misión histórica les ha sido retirada. El Directorio les revocó el voto de confianza y eligió presidente al doctor Grau San Martín».

Lívidos, Irisari y Portela quedan sin palabras. Carbó, de pie, dice a Grau: «A sus órdenes, señor presidente». «Muchas gracias, Carbó» —responde el aludido y añade: «Ahora adelante».

Al filo del mediodía Grau está de nuevo en Palacio. Viste de blanco y a duras penas logra abrirse paso entre la multitud que colma el Salón de los Espejos. En uno de sus extremos aguardan los magistrados del Tribunal Supremo encabezados por su presidente. Doctor Edelmann —dice al rector del Supremo—, me niego a jurar ante la Constitución de 1901, que repudio, por estar mediatizada por la Enmienda Platt… Invito al Tribunal a que me acompañe afuera.

Desde la terraza norte Grau saluda a la multitud congregada en lo que pronto se llamará Plaza del Pueblo. Expresa: «Amigos, me he negado a jurar ante la Constitución porque contiene un apéndice que coarta la soberanía del país. En su lugar, juro ante ustedes…». Un funcionario palaciego interrumpe su discurso. «Señor presidente, lo llaman de Washington». Grau responde, rápido:

«A Washington que espere, que yo estoy hablando con el pueblo de Cuba». Y deja escuchar un «¡Viva Cuba libre!» que los reunidos en la plaza corean de manera estruendosa.

Comenzaba así el Gobierno de los Cien Días que, en verdad, fueron 127, hasta el 15 de enero de 1934, cuando Grau se vio obligado a renunciar. Su ministro (secretario) más conspicuo fue Antonio Guiteras, en las carteras de Gobernación, Guerra y Marina. Fuero numerosas sus medidas en beneficio de la población menos favorecida.

En los días finales, su Gobierno intervino la llamada Compañía Cubana de Electricidad y suspendió el pago de la deuda externa. No sobrevivió a esas decisiones.

El juicio de Roa

«El gobierno de Grau San Martín no fue, ni podía ser… un gobierno revolucionario… La verdad monda y lironda es, sin embargo, que ha sido… el único gobierno cubano que intentó remover la estructura colonial de la República. Múltiples circunstancias… le impiden llevar a cabo la épica empresa. Su propia debilidad, ante todo. Y, después, lo demás. No se le dio un minuto de respiro. Vivió en acoso perpetuo. Fue combatido a sangre y fuego por la embajada norteamericana, los oficiales depuestos, el ABC, la vieja política, el alto comercio español, las corporaciones económicas, las empresas extranjeras, los monopolios de servicio público, el Partido Comunista, la Confederación Nacional Obrera de Cuba, el estudiantado de izquierda y la casi totalidad de la prensa, escribe Raúl Roa en un artículo que incluyó en su La revolución del 30 se fue a bolina (1971). Y precisa:

«No tuvo más defensa militante que las aguerridas huestes del Directorio… ni más pregón que sus propias obras, insidiosamente desfiguras por la reacción, el imperialismo y la izquierda marxista en absurda coincidencia. Le faltó el apoyo del Ejército…».

Prosigue Roa: «Pero la responsabilidad del fracaso no corresponde, exclusivamente, a Grau San Martín. Cae, por igual, sobre los que combatimos torpemente al gobierno desde la izquierda…».

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.