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Fechas para Hemingway

 

El próximo día 21, Ernest Hemingway estaría cumpliendo 127 años de edad, y el pasado día 2 fueron los 65 de su muerte. Entre 1899 y 1961 transcurrió la vida de este gran escritor, que pasó en Cuba sus últimos 22 años y que en 1954 mereció el Premio Nobel de Literatura.

Vigilado

En 1961 las circunstancias lo desbordan. Se sabe vigilado por el FBI; de hecho, esa agencia no cerró su expediente sino varios años después de su muerte, y Mr. Bonsal, el embajador norteamericano en la Isla, a quien conoció en España en los días de la Guerra Civil y que todos los jueves cena en Finca Vigía, lo presiona para que salga de Cuba. Para remate, las enfermedades le caen encima como una inmensa carpa de circo: hipertensión arterial, diabetes, arterioesclerosis, amnesia… Ya no puede escribir; tampoco beber y los médicos le prohíben comer casi todo lo que le gusta. Es como la negación de la vida dentro de la vida. En la clínica de los Hermanos Mayo, donde lo internan en dos ocasiones con un nombre supuesto, lo someten a tratamiento de electroshock.

Así, en una tranquila mañana de domingo, en su casa de Ketchum, Idaho, encuentra las llaves del armero que Mary, su cuarta y última esposa, con quien contrajo matrimonio en La Habana quince años antes, mantiene ocultas, y coge una escopeta Richardson, plateada, de dos cañones. Se los introduce en la boca, aprieta el gatillo con el dedo gordo del pie, y se vuela la cabeza.

Es una acción que llegó a ensayar en presencia de amigos, sobre todo en sus últimos años cuando reiteraba la posibilidad del suicidio. «Miren cómo me voy a matar», afirmaba, y se sentaba entonces descalzo en su poltrona, colocaba la culata de su escopeta Mannlicher Schoenaur 265 en el piso cubierto por una alfombra filipina y apoyaba el cielo de la boca en el cañón del fusil. Luego oprimía el gatillo con el pulgar de un pie. Se oía un chasquido seco. «Es la técnica del harakiri con fusil», decía sonriente.

El narrador cubano Lisandro Otero escribe en sus Avisos de ocasión (2006): «Los biógrafos y estudiosos de la obra de Ernest Hemingway han hablado sobradamente de su búsqueda obsesiva de la muerte, de su fascinación por el peligro, con los riegos y aventuras inherentes al cazador, al pescador de altura, al combatiente y al corresponsal de guerra. Algunos han aventurado la hipótesis de un combate interior entre el macho y la hembra, entre un homosexual larvado que trata de suprimir su sensibilidad y un varón agresivo que mitigaba su tendencia a la autodestrucción aniquilando a otros. Mataba bestias para no autodestruirse lo cual, finalmente, hizo».

En Finca Vigía, en San Francisco de Paula, la única casa de veras estable que el escritor tuvo en su vida, quedaron entonces su tipiadora Royal portátil, «sus grandes zapatos de muerto», las tumbas de sus perros, unos 50 gatos, y los 9 000 libros que atesoró a lo largo de su vida, y que harían exclamar a Gabriel García Márquez: «Qué biblioteca más rara tenia este hombre».

El arma suicida no se conserva. Por decisión familiar fue cortada en pedazos con un soplete y las partes enterradas en lugares secretos para eludir la furia de los coleccionistas.

Turista reincidente

Hemingway llega a Cuba, por primera vez, en abril de 1928. Lo acompaña Paulina Pfeiffer, su segunda esposa; venían de Francia y pasarían solo dos días en La Habana en espera del buque que los trasladaría a Cayo Hueso, donde pensaba concluir Adiós a las armas (1929), su segunda novela.

Vuelve en 1932 para pescar agujas en las aguas cubanas. Regresa en 1933 y escribe la primera de sus crónicas con tema cubano. A partir de entonces no se desvincularía jamás de esta «isla larga, hermosa y desdichada», como llama a Cuba en Las verdes colinas de África (1935). El viejo y el mar (1952) es, por excelencia, la novela «cubana» de Ernest Hemingway. Parte de Islas en el golfo (1970) transcurre en Cuba. También es «cubano» su cuento «Nobody Ever Dies» y muchísimos materiales periodísticos. El escenario de Tener y no tener es cubano en buena medida.

Hemingway es en la década de los 30 un turista sospechosamente reincidente que todos los años pasa en Cuba los meses de mayo, junio y julio, que son los de la corrida de la aguja. Se aloja en el hotel Ambos Mundos, invariablemente en una habitación sin número del quinto piso, marcada después como la 511 y que se conserva, se dice, tal como la conoció el escritor.

A las cinco de la tarde, tras un día de pesquería, se encierra en esa pieza. Pide la comida —casi siempre un buen bistec con papas fritas y agua mineral— y se pone a trabajar. Escribe en la cama, a mano, y luego mecanografía el manuscrito, sin apenas introducir modificaciones.

Quizás hubiese continuado durante muchos años aquella existencia transitoria en el hotel, pero a su tercera esposa, Martha Gellhorn, a quien había conocido en un bar de Cayo Hueso, le incomodan la habitación anónima y despersonalizada, y la falta de privacidad ante las visitas de los amigos del marido. Es ella, la única mujer que supo mantener a raya las posturas machistas del marido, la que encuentra Finca Vigía. Al comienzo, a Hemingway le desagrada el lugar, demasiado distante de los sitios de su preferencia, pero termina por rendirse ante los deseos de aquella mujer alta y rubia con la que acababa de casarse. Primero alquila la finca por cien dólares mensuales y la compra finalmente al contado por 18 500 tras cobrar los derechos por los 75 000 ejemplares de Por quién doblan las campanas (1940) y de firmar un contrato ventajoso para su adaptación al cine.

Uno vive en esta isla

Es en la finca donde finaliza Por quién doblan las campanas, comenzada en el Ambos Mundos. Allí escribe asimismo A través del río y entre los árboles (1950) El viejo y el mar, París era una fiesta (1964) e Islas en el golfo.  Además, una novela que a la postre queda inconclusa, El jardín del Edén, y los esbozos de otra que nunca cuajó, pero de la que se desgajarían El viejo… e Islas… sin contar cuentos y materiales periodísticos, entre ellos, su último reportaje, Un verano sangriento, acerca del mano a mano entre los toreros Antonio Ordoñez y Luis Miguel Dominguín, que presenció en España y que tuvo tantas dificultades para concluir que debió recurrir a un escritor oculto para que lo ayudara. No resultó fácil la labor para ese escritor «negro», como se llama en el argot editorial a esos sujetos, porque Hemingway terminaba por reincorporar los pasajes del texto que el hombre había eliminado.

En 1949 explica en una crónica las razones de su larga permanencia cubana. Alude, por supuesto, a la corriente del Golfo, «donde hay la mejor y abundante pesca que he visto en mi vida», a las 18 clases de mango cosechadas en su propiedad, a su cría de gallos de pelea… y apunta como al descuido: «Uno vive en esta isla… porque en el fresco de la mañana se trabaja mejor y con mayor comodidad que en cualquier otro sitio».

Poco después expresa en una carta: «Yo siempre tuve buena suerte escribiendo en Cuba… Perdí cinco años de mi vida durante la guerra y ahora estoy tratando de recuperarlos. Yo no puedo trabajar y vivir en New York… Pero este otoño cuando salga El viejo y el mar verás parte del resultado del trabajo de los últimos cinco años».

El viejo y el mar revela a un narrador en su hora estelar y lo ratifica como el dios de bronce de las letras norteamericanas. Todo un coro se alza en su honor. Otro grande, William Faulkner, dice que con esa novela su autor encontró a Dios, y conocedores de su obra resaltan cómo sabe valerse de las más antiguas palabras y de la construcción más sencilla para darles un valor nuevo,

mientras que su gran amigo, el periodista Fernando G. Campoamor, cubanísimo, tira a choteo su verdad al afirmar: «Hemingway sabía de química y de geografía, de numismática y de economía, de historia militar y de violines, e inventó el daiquirí especial, el monte Kilimanjaro y los casteros». Sin modestia, afirma el escritor: «Es como si finalmente, hubiese dado expresión a lo que he perseguido toda mi vida».

El cubano sato

En la entrevista que, al merecer el Premio Nobel, concede a la TV cubana, se define, en un español chapurreado, como un cubano sato. Asegura por otra parte: «Este es un Premio que pertenece a Cuba, porque mi obra fue pensada y creada en Cuba, con mi gente de Cojímar, de donde soy ciudadano. A través de todas las traducciones está presente esa patria adoptiva donde tengo mis libros y mi casa».

Antes, con relación a Cuba, había dicho: «Amo este país y me siento como en casa; y donde un hombre se siente como en su casa, aparte del lugar donde nació, ese es el sitio a que estaba destinado».

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