Lecturas
Amigos y lectores reprochan al escribidor el haber aludido al Buró de Investigaciones solo de pasada en la página que, hace dos semanas, dedicó a los cuerpos represivos del batistato y a algunos de sus más conspicuos personajes.
¿Cómo olvidar ese antro de tortura y muerte? Su último jefe, el coronel Orlando Eleno Piedra Negueruela, fue el hombre de oro de Batista, el que el dictador prefería entre todos los jerarcas policiales, el que se encargaba de su seguridad. Lo acompañó en su huida y fue el artífice de la Operación Fuga, que en la madrugada del 1ro. de enero de 1959 sacó del país, por el aeropuerto militar, a muchos de los más cercanos colaboradores de la dictadura, entre los que no faltaban connotados asesinos y torturadores que, aunque parezca increíble, creyeron que sostendrían en el aeródronomo una entrevista con Fidel Castro.
Se dice que el propio Piedra, que al frente de una caravana de 30 vehículos que salió del Buró, los había conducido hasta la instalación aérea, pronto los sacó de su error cuando, luego de frotarse las manos, en un gesto de impotencia y resignación, gritó: «Señores, esto se acabó».
Las cosas, sin embargo, no terminaron para Piedra cuando el telefonema oficial 327 de la Dirección de la Policía Nacional Revolucionaria le daba la baja «por abandono de cargo y destino», antes de que, en ausencia, se le abriera proceso judicial, primero por deserción y luego por robo y maltrato a detenidos, y La Habana pidiera a Washington, sin éxito, su extradición, por su complicidad en el asesinato del exsenador Pelayo Cuervo.
No parece haberse vinculado con los planes anticubanos en los que el sátrapa dominicano Rafael Leónidas Trujillo quiso enrolar a Batista. Y no le resultó fácil entrar en EE. UU. La visa que poseía para hacerlo Washington la había dejado sin efecto.
«Los amigos éramos ya enemigos», dice Piedra en sus memorias (1994), en las que culpa de su situación al jefe del Buró Federal de Investigaciones (FBI) en La Habana. Al fin logra entrar, «bajo palabra», gracias a las gestiones que a su favor hacen diplomáticos norteamericanos acreditados en la Isla.
Entonces, por encargo de Batista, recoge en Nueva York, para llevarlo a Dominicana, el maletín que le entrega la esposa de su jefe. Contiene un millón de dólares en efectivo, primera parte de los tres millones que Trujillo exige a Batista por la estancia de sus hombres —Esteban Ventura Novo, Conrado Carratalá, José María Salas Cañizares…—, en Santo Domingo.
Radicado en Miami, se dedica, en contubernio con Rolando Masferrer, a extorsionar a pequeños comerciantes cubanos asentados allí antes de 1959 con el pretexto de la lucha anticastrista. La relación dura poco. Piedra, batistiano hasta la muerte, se separa de Masferrer cuando el exjefe de la banda paramilitar de Los Tigres empieza a tildar a Batista de cobarde.
Por conducto de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) se suma Piedra a la Operación 40, surgida al calor de la Operación Pluto, en 1961, y que debía ser parte esencial de la invasión de Bahía de Cochinos. Sería el cuerpo represivo de la Brigada de Asalto 2506 si, con posterioridad al desembarco, hubiera consolidado posiciones en la Isla.
Elementos de esa Operación 40 actuaban como enlaces entre JW/WAVE, estación CIA en Florida, y grupos terroristas de origen cubano con los que la Compañía no tenía interés en sostener contactos directos. Y no faltaba su conexión con la mafia norteamericana,
empeñada en recuperar el paraíso perdido de La Habana.
De llegarse a consolidar la invasión, hombres de la Operación 40 se apoderarían de los archivos de la Seguridad y la Policía cubanas, ocuparían los edificios de los órganos principales de la administración central del Estado, en especial los institutos armados, los centros claves de la economía y detendrían a los dirigentes más destacados como paso previo a la depuración masiva de la población. Para ello se valdrían de planillas de color rojo, verde y blanco que se rellenarían con los nombres de militantes revolucionarios, sindicalistas, intelectuales… que serían eliminados de inmediato si se les adjudicaba una planilla roja; internados en prisiones, si el color era verde; y dejados pendientes de nuevos interrogatorios si la planilla era blanca.
Los miembros de la Operación 40, en su inmensa mayoría, procedían de los cuerpos represivos del batistato o colaboraron en Cuba con el FBI y la CIA. Manuel Artime y Orlando Piedra fueron designados por el Gobierno norteamericano para diseñar las tareas de la Operación. Los hombres que formaban parte de ese plan macabro no llegaron a pisar tierra cubana; al ver cómo era abatida la brigada invasora cambiaron sus propósitos de desembarco por una retirada precipitada a Florida.
A partir de ahí la Operación sufrió cambios, incluso de nombre, pero —aseveran analistas— perduraron sus funciones y principios. Pasaron por los planes de atentado contra el Comandante en Jefe Fidel Castro y el asesinato de John F. Kennedy. Por cierto, en su momento el FBI interrogó a Piedra en relación con el magnicidio de Dallas. En papeles que se le ocuparon a Lee H. Oswald aparecieron el nombre y la dirección del excoronel cubano.
Pocos saben que ese parque lleva el nombre del líder ortodoxo Eduardo Chibás, y ya no quedan muchos habaneros que recuerden que en dicho espacio se erigió el tenebroso Buró de Investigaciones de la Policía Nacional. Es el parque que se ubica a la vera de la Avenida 23, a mano izquierda, según se avanza hacia Playa desde El Vedado, a la entrada del puente sobre el río Almendares.
En sus mazmorras se torturó con saña a Sergio González, «El Curita», combatiente del Movimiento 26 de Julio. Lo castraron antes de ametrallarlo y dejar su cuerpo sin vida abandonado en un oscuro paraje. Oscar Lucero, jefe de Acción de 26 en la capital, el hombre que tenía en las manos todos los hilos del clandestinaje habanero, fue sometido en el Buró, durante 20 días, a bárbaros tormentos sin que dijera a sus torturadores una sola palabra. Nunca apareció el cadáver de aquel joven que se recuerda hoy como El mártir del silencio. Era tanta la crueldad con la que allí eran tratados los detenidos que, si llegaba a trasladárseles a la Prisión de La Habana, en el Castillo del Príncipe o a cualquier otro establecimiento penitenciario, se sentían, paradójicamente, en la gloria.
Nada espectacular mostraba la arquitectura del Buró. No difería de las estaciones de Policía construidas en tiempos del primer Gobierno de Fulgencio Batista. Llamaba, sí, la atención, por sus recias y altas cercas que se decían electrificadas, como para impedir cualquier ataque o intento de fuga. Allì radicaron, ya a fines de la década de 1950, el Gabinete Nacional de Identificación y el Museo de la Policía. Se ubicó antes en la esquina de Belascoaín y Concepción de la Valla, edificio que sirvió de cubil, en tiempos de Gerardo Machado, al tristemente célebre capitán Constantino Albuerne, y, ya cuando Batista, a la 5ta. Estación de Policía, una de las tres unidades que operaba bajo la supervisión del sanguinario teniente coronel Esteban Ventura Novo.
En Conoce a tu policía; memorias de la Policía Nacional, publicado en 1958 por la Dirección Central de ese cuerpo, se afirma que por su finalidad el Buró de Investigaciones era uno de sus departamentos más importantes ya que tenía a su cargo la indagación de todas las ocurrencias de la vida ciudadana. Contaba en ese momento con cinco negociados: Drogas y Misceláneas, Extranjería, Homicidios, Robos y el llamado Negociado A, que se ocupaba de los delitos contra la seguridad del Estado. Con el tiempo pasó a llamarse Departamento de Investigaciones.
Al ocurrir el derrumbe de la dictadura, Fidel decidió —aseguraba el historiador Emilio Roig— que, como símbolo del cambio radical que se operaba en la vida cubana, el edificio del Buró fuese arrasado y en su lugar se construyese un parque.
Piedra Negueruela nació en San Antonio de los Baños en 1917, hijo de un policía de tránsito que nunca puso una multa. En Miami, donde trabajó en la construcción, conoció y se puso a las órdenes de Batista que le pidió que volviera a Cuba y organizara la escolta que lo protegería a su regreso a la Isla. Participó en el Golpe Estado del 10 de marzo de 1952 para iniciar una carrera de ascensos mediante decretos que Batista firmó de carretilla, uno detrás del otro. En julio, apenas cuatro meses después del golpe, era ya Coronel y en abril de 1954 se calzó en propiedad la jefatura del Buró. Siguió de cerca, en México, los movimientos de Fidel y sus compañeros en los días previos a la salida del Granma. Falleció en Miami, víctima —se dice— de la golpiza que le propinaron en el asilo de ancianos donde estaba internado.