Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Dos símbolos en las sonrisas

Y aunque distantes una escultura de la otra, Martí y el Che parecen enrumbados, como en la historia, en una simétrica dirección

Autor:

Raciel Guanche Ledesma

Un eco contagioso lleva y trae sonrisas de niños que disfrutan su paseo en pequeños botes sobre el río Liangma. Es un sentir de paz absoluto, de tranquilidad, durante el apacible trayecto que bordea la silueta navegable del parque Chaoyang. Pareciera que, más allá de lo imperturbable, solo los niños tienen aquí vía libre para romper algún tipo de pacto sagrado con el silencio.

En realidad, por estas tardes de otoño los lugareños se reúnen en las márgenes del río y comparten distendidos al mejor estilo de una acampada vespertina con familias numerosas. Pero, sobre todo, los más pequeños se divierten hasta el cansancio sin que haya algo o alguien que frene esos impulsos revoltosos de la primera edad. Unos chapucean en el agua o pescan junto a sus padres, otros juegan fútbol, tocan algún instrumento musical, o simplemente pasean alrededor de ese pulmón verde que purifica la agitada capital.

Los niños son observadores por naturaleza; captan todo a su alrededor con la mirada en fracciones de segundos, incluso mientras se divierten a viva voz. Es una capacidad innata que les nace. Sin embargo, cuando algo les llama poderosamente la atención, sus rostros se tornan rígidos por unos segundos. Así, descubrí, en la sobriedad del Parque Chaoyang, que a los infantes de aquí las estatuas y monumentos no les sacan muchas sonrisas, aunque, eso sí, les roba una mirada fija y detallista.

Muy cerca de donde juegan varios niños con sus padres, alrededor de los Jardines de la Amistad Internacional y el Museo de Arte Jintai, hay más de 25 estatuas dedicadas a personalidades internacionales de diversos ámbitos y regiones. Por eso, quizá, los más pequeños que pasan dejan su vista en los rostros o figuras que no sobrepasan los cinco metros de altura.

Las observan con detenimiento en la distancia, aun cuando la zona permanece por estos días en remodelación. Sabía por algunas referencias que allí, a la sombra de frondosos árboles, la primera escultura colocada fue la de nuestro Héroe Nacional José Martí, a inicios de este siglo.

De frente al Sol y sentado como en una icónica foto, permanece esculpida en bronce la figura del Apóstol; que carga ya con el sello inconfundible del tiempo, la lluvia y el polvo. A Martí lo rodean otros excelsos paradigmas del mundo, otros próceres que todavía un niño no tiene la capacidad para comprender sus luchas en la justa dimensión.

Por eso hallé extraño que a un chico de unos 11 años, no más, le cautivara, por lo distendida de su mirada, un rostro en particular. Debo confesar que me acerqué luego por pura intuición y curiosidad, y a riesgo de algún llamado de atención de los constructores que levantaban pieza por pieza los adoquines del lugar.

Pero mientras más rápido caminaba, más se asemejaba aquella figura a la de un guerrillero entero, a las facciones inconfundibles de un revolucionario cubano y del mundo llamado Ernesto, y bautizado en la Sierra Maestra, simplemente, como el Che.

Fue una sorpresa encontrar su mirada de horizonte y primavera en el frío otoño de Beijing. Y aunque distantes una escultura de la otra, Martí y el Che parecen enrumbados, como en la historia, en una simétrica dirección.

Cuando uno escucha las sonrisas que rodean hoy los ideales esculpidos en bronce, no puede dejar de pensar que para eso también lucharon —en épocas distintas— estos dos gigantes: para que todos los niños disfrutaran, definitivamente, de una humanidad más humana, sincera y justa.

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