Un caballo regalado por el rey de España trajo a Cuba al catalán Jaime Mariné, quien ayudó a Batista a dar un golpe en 1933. Mariné creó el SIM, el brutal servicio de inteligencia que reprimió y torturó opositores. Al caer Batista el 1 de enero de 1959, los jefes del SIM quemaron archivos y huyeron a EE.UU., donde murieron décadas después. El SIM fue disuelto por Camilo Cienfuegos el 18 de febrero de 1959.
Todo comenzó con un caballo. En vísperas de los comicios generales de 1924, Alfonso XIII, Rey de España, envió de regalo un valioso pura sangre al mayor general Mario García-Menocal, que había ocupado la primera magistratura de la nación entre 1913 y 1921, y estaba ansioso de volver a la Presidencia. Con el cuadrúpedo venía como caballerizo el catalán Jaime Mariné que, una vez en La Habana, sentó plaza de soldado pese a su condición de extranjero, y que el 4 de septiembre de 1933 respaldaría a un sargento llamado Batista en el golpe de Estado que defenestró al presidente Carlos Manuel de Céspedes, hijo del Padre de la Patria, a quien el embajador norteamericano en La Habana aupó en la silla presidencial tras el derrocamiento de la tiranía de Gerardo Machado.
A partir de ahí, como ayudante de campo del ya coronel Fulgencio Batista, jefe de las Fuerzas Armadas, el catalán subió como la espuma en grados y caudales y, en 1934, tuvo la iniciativa de crear el Servicio de Inteligencia Militar (SIM) con el objetivo de vigilar e informar confidencialmente de los movimientos internos del Ejército y de todo aquello que pusiera en peligro la seguridad del Estado y alterara el buen funcionamiento de las instituciones públicas.
En los meses previos al golpe de Estado batistiano del 10 de marzo de 1952, el SIM informó a la jefatura del Ejército de los trajines conspirativos de Batista. El Gobierno, sin embargo, no hizo nada por coartarlos.
Tras el cuartelazo batistiano fue el SIM una de las instituciones que más se destacó en la represión. Tenía su sede en la Cuidad Militar de Columbia, las órdenes e instrucciones las recibía por conducto del Estado Mayor del Ejército y contó, a partir de mayo del 52, por Orden Militar no. 91, con asesoría norteamericana, lo que determinó su modernización y desarrollo.
En octubre de 1956 su jefe, el teniente coronel Antonio Blanco Rico, fue ultimado a balazos por un comando del Directorio Revolucionario. Poco después, miembros de este servicio, mandados por el segundo de la institución, el teniente coronel Irenaldo García Báez, asumían el proceso investigativo que siguió, en la ciudad de Holguín, al atentado que costó la vida del coronel Fermín Cowley Gallegos, jefe de esa plaza militar. Fueron agentes del SIM los que ultimaron, después de someterlo a salvajes torturas, al luchador clandestino Mario Fortuny. Existía un servicio de inteligencia en cada regimiento del país.
En la Noche Vieja de 1958, Irenaldo acudió a la casa presidencial de Columbia a fin de felicitar a Batista por el nuevo año. Aunque el ambiente no estaba para fiesta, había allí música, risas y chinchín de copas. La conversación fue breve y cortante. «Habla con Silito… tiene órdenes para ti», dijo el dictador. A Irenaldo se le arrugaron los atabales cuando el general Francisco Tabernilla Palmero, alias Silito, le comunicó, con la mayor reserva, que Batista renunciaría y saldría del país en cuestión de horas y que él debía quemar los documentos comprometedores que obraban en los archivos del SIM.
Irenaldo, sin dar crédito a lo dicho por el jefe de la Oficina Militar del Presidente, volvió a la fiesta y se atrevió a tratar de convencer a Batista de que variara su propósito. «Ve y cumple la orden», dijo Batista, secamente. Entonces Irenaldo fue a su casa, se vistió de completo uniforme y, ya en su oficina, quemó presumiblemente los expedientes de los llamados X-4, que contenían los nombres de aquellos agentes batistianos infiltrados en las organizaciones revolucionarias y de oposición.
Era ya el 1 de enero de 1959. El fin estaba cerca. En el aeropuerto militar aguardaban los aviones de la fuga.
UN TRÍO DE TRES
El SIM fue uno de los cuerpos represivos del batistato disueltos, el 18 de febrero de 1959, por el comandante Camilo Cienfuegos, como jefe de «todas las fuerzas de Tierra, Mar y Aire que radican en la provincia de La Habana». Quedaban disueltos asimismo el Buró para la Represión de Actividades Enemigas (BRAE) y el Buró para la Represión de Actividades Comunistas (BRAC). Nacía entonces el Departamento de Investigaciones del Ejército Rebelde (DIER).
Aunque tenía antecedentes, como el Grupo Represivo de Actividades Enemigas (GRAS), el BRAC fue un engendro de la CIA, según refiere en sus memorias (2017) el mayor general Martín Díaz Tamayo, que encabezó dicho instituto durante su primer año, y que en el momento de su designación fungía como Inspector General del Ejército.
Refiere el mencionado oficial que, durante un almuerzo en el Palacio Presidencial, Batista aludió a la necesidad de hacer frente de modo efectivo al accionar de los comunistas, y añadió que el Gobierno norteamericano había pedido al suyo la creación de un organismo que asumiese dicha misión. Expresaba Díaz Tamayo: «Sería este un organismo autónomo, y su misión consistiría en el fichado y clasificación de los comunistas en Cuba. Interesaba al State Deparment que el presidente del BRAC fuese un general del Ejército».
El Departamento de Estado sugirió de manera extraoficial que ese general fuese Díaz Tamayo y este, una vez nombrado por Batista, partió de inmediato hacia Washington para un entrenamiento intensivo. Al final del curso, lo recibió el señor Allan Dulles. Fue una conversación de unos veinte minutos en la que el director de la CIA dijo que Cuba, por su posición geográfica, era el objetivo número uno del comunismo en América y que EE.UU. no podía permitir que cayese en la órbita de Moscú, y, para que el BRAC fuese un organismo efectivo, la CIA suministraría los fondos necesarios. Añadió Dulles —escribe Díaz Tamayo— que «seríamos una institución piloto y que, de tener éxito, muchos otros países de América española no tardarían en establecer otros BRAC, usando el de Cuba como modelo».
Se creó al fin por Decreto Presidencial 1307, de 4 de mayo de 1955, y lo presidió en sus inicios Santiago Rey, ministro de Gobernación, mientras que Díaz Tamayo asumía como Vicepresidente-Director General. Se nutrió de los archivos de Salvador Díaz Versón, director de la Liga Anticomunista de Cuba. Por allí pasaron los coroneles Aquilino Guerra y Leopoldo Pérez Coujil, como vicedirectores generales, y el teniente coronel Mariano Faget, como director de Investigaciones. El primer teniente José de Jesús Castaño fue director de Departamento de Operaciones con ramales en cada regimiento del Ejército y en cada Puesto Naval, departamento este asesorado por el periodista norteamericano Edmond Chester, el ya mentado Díaz Versón y el historiador Herminio Portell Vilá.
El BRAC, en la práctica, no fue más que un mero auxiliar del Servicio de Inteligencia Militar. Valga decir, a modo de ejemplo, que en abril de 1956, al develarse la llamada Conspiración de los Puros, encabezada por el coronel Ramón Barquín y López, el BRAC, por encargo del SIM, asumió la tarea de arrestar a más de un complotado, que internaba en la sede del SIM, donde era interrogado también por el jefe del Buró de Investigaciones de la Policía Nacional. BRAC-SIM-BURÓ, un trío macabro.
Porque en eso de la represión, el Buró de Investigaciones no se quedaba atrás. De allí salieron los asesinos del exsenador Pelayo Cuervo Navarro. En sus mazmorras se torturó con saña a Sergio González, «El Curita», combatiente del Movimiento 26 de Julio. Lo castraron antes de ametrallarlo y dejar su cuerpo sin vida abandonado en un oscuro paraje habanero. Oscar Lucero, jefe de Acción del 26 en la capital, el hombre que tenía en las manos todos los hilos del clandestinaje habanero, fue sometido en el Buró, durante veinte días, a bárbaros tormentos sin que dijera a sus torturadores una sola palabra. Nunca apareció el cadáver de aquel joven que se recuerda hoy como El mártir del silencio. Era tanta la crueldad con la que allí eran tratados los detenidos que, si llegaba a trasladárseles a la Prisión de La Habana, en el Castillo del Príncipe o a cualquier otro establecimiento penitenciario, se sentían, paradójicamente, en la gloria.
FINAL
Jaime Mariné se estableció en Caracas en 1944 y, con dinero propio o como testaferro de Batista, se dedicó, con gran éxito, al negocio hotelero y de las construcciones. Desconoce el escribidor su final. Irenaldo Remigio García Báez logró salir del país en la madrugada del 1 de enero. Ya en EE.UU. trabajó como profesor de una escuela secundaria. Falleció en Florida en 2006, a los 82 años de edad. El mayor general Díaz Tamayo participó, ya a fines de 1958, en una fallida conspiración de militares destacados en la Ciudad Militar de Columbia y militantes del Movimiento 26 de Julio, que pretendía apresar a Batista. Arrestado, permaneció retenido en el SIM y pasado a retiro por enfermedad, pese a gozar una salud de hierro. Salió de Cuba en marzo de 1959 y colaboró con la CIA hasta 1962. Se ganó la vida como vendedor de automóviles, en Hialeah. Murió a los 91 años de edad, en 1995, devastado por la llamada esclerosis de Lou Gehrig.