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¿Necesita el árbol genealógico humano una revisión?

Un estudio reciente sugiere unificar a todos los homínidos de los últimos cinco millones de años bajo el mismo género biológico. Sin embargo, los fósiles hallados en África y las profundas diferencias en la anatomía desatan un intenso debate sobre quién merece el título de humano

Autor:

Yurisander Guevara Zaila

Imagina un árbol genealógico familiar donde los tíos lejanos y los primos de aspecto diferente de pronto reciben una invitación para vivir bajo el mismo techo. Algo muy parecido ocurre hoy en la paleoantropología. Una propuesta de la Universidad de Monash, en Australia, sugiere que debemos realizar una limpieza general en la forma en que nombramos a nuestros ancestros. Ian Towle, autor principal del estudio publicado en la revista American Journal of Biological Anthropology, argumenta que todas las especies de homínidos de los últimos cinco millones de años pertenecen al mismo género que nosotros: el género Homo.

Bajo esta nueva mirada, los antiguos géneros Australopitecos y Paranthropus perderían sus nombres independientes para quedar bajo el paraguas de nuestro propio género. El motivo de esta unificación reside en los hallazgos fósiles que desdibujan las líneas divisorias tradicionales. Durante décadas, la comunidad científica definió a los miembros de Homo por su cerebro grande, su postura bípeda obligada y su capacidad para fabricar herramientas de piedra.

Sin embargo, la realidad de la tierra demuestra otra cosa. Hoy conocemos especies de Homo con cerebros diminutos, como Homo naledi u Homo floresiensis, mientras que los análisis sugieren que los australopitecinos también realizaban actividades complejas y utilizaban herramientas de piedra antes de lo que creíamos. Towle explica que los caracteres anatómicos evolucionan a ritmos diferentes en un proceso conocido como evolución en mosaico, lo que impide encontrar un único rasgo exclusivo del ser humano que no comparta con sus parientes más antiguos.

El bullicioso vecindario del pasado africano

Esta idea de un árbol familiar unificado cobra fuerza con las espectaculares sorpresas que Etiopía regala a la ciencia. En el yacimiento de Ledi Geraru, un equipo que coordinó la paleoecóloga Kaye Reed de la Universidad Estatal de Arizona analizó 13 dientes fósiles con una antigüedad de entre 2.6 y 2.8 millones de años. Los resultados confirman que los primeros humanos compartieron el paisaje al mismo tiempo con una especie de Australopitecos desconocida hasta hoy.

Reed aclara que la evolución humana dista mucho de parecerse a una marcha lineal desde el simio hasta el hombre moderno. Por el contrario, el registro fósil dibuja un arbusto sumamente ramificado donde múltiples especies convivían y competían por los recursos del entorno. El hallazgo en Ledi Geraru demuestra que hasta cuatro linajes distintos pudieron coincidir en el este de África en un mismo período temporal.

A este paisaje se suma otra pieza clave. En la región de Afar, un equipo al mando del paleoantropólogo Zeresenay Alemseged, de la Universidad de Chicago, desenterró una mandíbula de Paranthropus de 2.6 millones de años. El fósil apareció 1 000 kilómetros al norte de su rango de distribución conocido, lo que demuestra la enorme versatilidad de este grupo.

A estos homínidos se les conoce de forma popular como «cascanueces» debido a sus molares gigantes y su poderosa estructura masticatoria. No obstante, Alemseged considera que este fósil echa por tierra la idea de que estos seres representaban especialistas de dieta muy estricta; en su lugar, poseían una gran flexibilidad para habitar diversos ecosistemas junto a los primeros humanos.

Una nueva investigación de la Universidad de Monash argumenta que nuestros ancestros Paranthropus (en la imagen) y Australopithecus, que vivieron hace hasta cinco millones de años, deberían incluirse dentro del grupo de especies Homo. Foto: Ian Towle, Universidad de Monash.

Por qué la ciencia se resiste a la fusión

A pesar del atractivo de unificar el árbol familiar, muchos expertos defienden mantener las fronteras entre los géneros. La corriente contraria encuentra sus bases en las ideas de científicos prestigiosos como Bernard Wood y Mark Collard. En un célebre análisis, Wood y Collard propusieron que un género biológico debe representar una zona adaptativa única, consistente y coherente.

Desde esta perspectiva, ellos sostienen que, incluso, especies clásicas de nuestro género, como Homo habilis y Homo rudolfensis, exhiben rasgos que justifican su exclusión del grupo humano. Estos homínidos primitivos poseían proporciones corporales y extremidades adaptadas a trepar árboles, además de un desarrollo dental rápido y un ciclo biológico acelerado, mucho más parecido al de los chimpancés que al bipedismo obligado y la infancia prolongada del Homo erectus o el Homo sapiens.

Por otro lado, la estructura física de los australopitecinos presenta diferencias notables que van más allá del tamaño cerebral. Quienes se oponen a la clasificación unificada destacan que el esqueleto de Australopithecus revela una columna vertebral mucho menos móvil, con vértebras bajas y gruesas que contrastan con nuestras vértebras altas y esbeltas. Su pecho ancho en forma de barril difiere del tórax estrecho de los humanos modernos, y su forma de caminar, aunque erguida en el suelo, conservaba adaptaciones para la vida en las copas de los árboles.

Secretos ocultos en el interior de los dientes

La anatomía dental interna también ofrece argumentos de peso contra la propuesta de Monash. El paleoantropólogo Thomas Davies, de la Universidad de Viena, en Austria, dirigió un estudio en 2024, mediante tomografía computarizada de alta resolución, para examinar la unión esmalte-dentina, una estructura oculta bajo la superficie de las coronas dentales que resiste al desgaste del tiempo.

El trabajo de Davies revela que la morfología interna de los dientes de Homo habilis resulta indistinguible de la de especies de Australopithecus como Australopithecus africanus o Australopithecus afarensis. Los molares muestran un conservadurismo evolutivo tan marcado que los sitúa fuera de la órbita de los humanos posteriores. Esto sugiere que, al menos en su dentición, los primeros supuestos miembros de nuestro género no daban un salto cualitativo, sino que permanecían anclados en las adaptaciones de sus precursores.

De este modo, la taxonomía se revela como una herramienta humana para ordenar la inmensa diversidad biológica. Como bien indica el paleontólogo George Gaylord Simpson, decidir el límite de un grupo representa una tarea subjetiva, comparable a preguntar qué tan arriba se encuentra la altura. Unificar a todos bajo el nombre de Homo simplifica las relaciones evolutivas en un grupo de ancestro común único, pero a cambio difumina la enorme singularidad ecológica de cada linaje. La discusión continúa abierta en los laboratorios y los yacimientos de todo el mundo, lo que nos recuerda que nuestra propia historia sigue en constante evolución.

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