En las remotas islas del archipiélago de Juan Fernández, una especie reducida a un único ejemplar silvestre se aferra a la vida, pero su evidente decadencia obliga a científicos a una intervención de emergencia. Semillas viables, ensayos de germinación y una red global de conservación intentan evitar el punto final de la Dendroseris neriifolia, una planta que sobrevive al borde de la desaparición
La vida siempre tratará de abrirse paso, por duras que sean las condiciones. Los ejemplos son múltiples, pero uno me resulta especialmente estremecedor. El último ejemplar silvestre conocido de Dendroseris neriifolia está aferrado a un risco, en la isla Robinson Crusoe —del archipiélago chileno Juan Fernández—, sostenido por cuerdas para evitar que caiga por el acantilado.
Es una imagen que condensa décadas de erosión ecológica: pérdida de hábitat, especies invasoras y fracasos sucesivos de restauración han reducido una población que, hace apenas un siglo, era común en zonas bajas de la isla. En 1980 quedaban siete individuos silvestres. Hoy queda uno.
La situación ha escalado a una intervención internacional de emergencia. Semillas recogidas de este único ejemplar llegaron hace unas semanas al Banco de Semillas del Milenio (MSB, por sus siglas en inglés) en Wakehurst, Inglaterra, parte de la red de los Royal Botanic Gardens, Kew, en el Reino Unido, según reportó Phys.org.
La Dendroseris neriifolia pertenece a un género exclusivo del archipiélago de Juan Fernández. Son árboles conocidos como margaritas arbóreas, plantas leñosas con inflorescencias que recuerdan a una margarita elevada sobre un tronco ramificado.
El aislamiento geográfico ha sido, históricamente, su motor evolutivo. Pero también su vulnerabilidad. Según datos de conservación consultados, hasta el 90 por ciento de las semillas pueden resultar inviables, y los intentos de cultivo ex situ han enfrentado problemas como la hibridación o el fracaso por condiciones ambientales inadecuadas.
El resultado es un margen biológico muy estrecho: sin material genético funcional, la especie no tiene capacidad de regeneración natural.
El punto crítico del programa de rescate llegó cuando 29 semillas fueron sometidas a análisis en el Millennium Seed Bank. El resultado fue un alivio parcial: 25 mostraron potencial viabilidad.
No es un número alto en términos absolutos, pero sí significativo en conservación de última línea. Cada semilla viable representa una posible continuidad genética.
En paralelo, se inició una estrategia de reparto de riesgo biológico. Parte del material fue destinado a ensayos de germinación, en invernaderos de Wakehurst, mientras otra fracción fue reservada para almacenamiento a largo plazo en el MSB.
Actualmente, según Phys.org, se han establecido siete plántulas en desarrollo, a partir de ocho semillas sembradas. Tres de ellas serán enviadas al Real Jardín Botánico de Edimburgo para ampliar la red de cultivo.
Lo que están tratando de hacer los científicos es diversificar los puntos de supervivencia, para evitar que un solo fallo técnico o biológico elimine la especie por completo.
Las islas Juan Fernández, ubicadas a unos 670 kilómetros de la costa chilena, constituyen uno de los puntos de mayor endemismo del planeta. Estudios estiman que el 65 por ciento de sus especies vegetales no existen en ningún otro lugar del mundo. Pero, ese aislamiento también ha acelerado su fragilidad.
La introducción de especies invasoras —cabras, conejos, plantas competitivas— ha reconfigurado el paisaje ecológico. A ello se suman incendios, erosión severa y la pérdida de cobertura vegetal. El resultado es una presión constante sobre especies que no evolucionaron para resistir una herbivoría intensiva ni competencia externa.
En ese contexto, la Dendroseris neriifolia no es una excepción aislada. Se trata del síntoma más palpable de un sistema en retroceso.
Por eso, el núcleo de la estrategia actual lo constituye la conservación fuera de lugar: sacar material genético del entorno original para preservarlo y multiplicarlo en condiciones controladas.
En este caso, el trabajo involucra a instituciones como la Corporación Nacional Forestal de Chile, el Jardín Botánico VerdeNativo de esa nación sudamericana, y el Royal Botanic Gardens, Kew, en Reino Unido.
El objetivo inmediato no es reintroducir la especie en la isla Robinson Crusoe, sino lograr que esta llegue a una madurez reproductiva en entornos seguros y produzca semillas viables fuera de su hábitat original. Todo apunta, en otros términos, a una carrera contra el tiempo.
El proceso, como expresé, no se limita a un solo centro de investigación. Las plántulas se distribuyen entre Wakehurst, Edimburgo y jardines botánicos en Chile, creando una red redundante de cultivo.
Ese enfoque responde a una lógica de ingeniería de riesgo: si un nodo falla —por plaga, error de cultivo o condiciones climáticas—, otros pueden sostener la línea genética.
Sarah Gattiker y Alice Livingstone, del equipo de Kew, explicaron a medios especializados que las semillas fueron sembradas, de manera directa, en compost, para reducir estrés de laboratorio y mejorar la tasa de establecimiento.
Pero, más allá de la germinación, el problema central reside en lo genético. La especie sufre un cuello de botella extremo: una población reducida a un solo individuo silvestre implica una pérdida crítica de diversidad genética.
Esto afecta la capacidad de adaptación futura y aumenta la vulnerabilidad a enfermedades o cambios ambientales.
En paralelo, las colecciones ex situ anteriores han enfrentado fallos. Un ejemplo citado en 2023 describe cómo intentos previos de restauración en la isla fracasaron, cuando varios cercos fueron destruidos por ganado y conejos, reintroduciendo presión biológica sobre plantaciones jóvenes.
La trayectoria decadente de Dendroseris neriifolia no es reciente. Su declive se acelera desde la introducción de especies domésticas, tras la colonización del archipiélago y la degradación progresiva de los bosques bajos.
En 2008, fue clasificada en Chile como especie en peligro y rara, con riesgo extremadamente alto de extinción en estado silvestre, según registros de conservación citados por la publicación Ladera Sur.
Desde entonces, la tendencia ha sido descendente, con episodios de recuperación parcial, seguidos por colapsos ecológicos locales.
La desaparición de esta planta no tendría un impacto aislado. En el ecosistema de Juan Fernández existen interacciones específicas entre flora y fauna, que dependen de su supervivencia.
Entre ellas, especies de polinizadores endémicos como el colibrí de Juan Fernández, cuya relación ecológica con plantas nativas pende de un fino equilibrio especializado. La pérdida de Dendroseris implicaría la ruptura de cadenas de interacción construidas, durante millones de años de aislamiento evolutivo.
Por eso, el futuro inmediato depende de una variable sencilla, en apariencia, y compleja, en la práctica: que al menos una línea de cultivo alcance madurez y produzca semillas estables.
Los equipos de conservación planean nuevas recolecciones el próximo año, aunque el margen biológico se estrecha. Cada ciclo reproductivo del último individuo en la naturaleza se traduce, en términos prácticos, una cuenta regresiva.
En la isla Robinson Crusoe el árbol sigue allí, sostenido por cuerdas y por la intervención humana. En laboratorios a miles de kilómetros, sus semillas intentan convertirse en algo más que una muestra biológica: una segunda oportunidad.