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Ultraderecha: malos presagios

Autor:

Marina Menéndez Quintero

 

A pocos días de las legislativas en Estados Unidos —que medio mundo mira esperando una derrota republicana—, el triunfo de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil deja el sabor de un mal presagio para las fuerzas de ultraderecha que han apostado y maniobrado para dinamitar el paso de la izquierda en América Latina.

Contra lo esperado —como en la primera ronda, pero al revés— el líder progresista fue quien superó ahora al retardatario Flávio Bolsonaro con un puntaje tan holgado, que en la vuelta anterior le habría bastado para evitar el balotaje y llevarse de una vez la reelección.

Si entonces, la sorpresa para muchos —entre los cuales no me anoto— fue que el representante de la reacción superara a Lula por escasísimos puntos, ahora lo que parecía menos seguro era que el fundador del Partido de los Trabajadores se luciera con esa mayoría absoluta que le ha dado el 51 por ciento de votos ganados. Habría sido suficiente la mayoría relativa.

Pese a que las encuestas más recientes habían anunciado un empate técnico a su favor, la primacía de Bolsonaro en la primera vuelta presidencial y, más que ello, los éxitos de sus aliados en la elección de diputados, senadores y gobernadores hacían pensar en otro fracaso de los sectores progresistas este domingo, lo que habría resultado en casi un desastre para los esfuerzos por mantener en América Latina y el Caribe lo que queda de integración, así como para la cooperación Sur-Sur, y lacerado la presencia latinoamericana en los Brics.

Sin embargo, la derrota ha sido para la derecha continental y para el plan injerencista que lleva adelante Washington en nuestro hemisferio.

Dieron resultado los esfuerzos de último minuto realizados por el PT y la certeza del frente amplio construido frente al bolsonarismo, incluyendo el énfasis puesto en el carácter de izquierda de la campaña progresista y su defensa de la soberanía nacional, una postura
reiterada como lo demandó la propia agresión mediática y de chantaje comercial con que quisieron arrinconar a Lula las medidas de Donald Trump. De ese modo, el interés del jefe de la Casa Blanca por beneficiar a los Bolsonaro de una forma tan poco hábil y sutil, se volvió contra ellos mismos.

La eliminación por el Congreso, finalmente, de la jornada laboral que daba solo un día de descanso a los trabajadores (seis por uno) y la introducción de una reforma constitucional para que ellos tengan transporte gratuito los sábados y domingos, fueron dos pasos importantes en el orden del proselitismo puro, al tiempo que el líder petista accedía a los debates televisivos que había rehusado antes, y de los cuales salió triunfador.

Sin embargo, el propio Lula ha señalado el salto dado por su campaña en el trabajo en las redes sociales como un elemento de peso en el tramo que medió entre la primera vuelta y el balotaje.

En general, el avance progresista fue ostensible con cinco sólidos puntos porcentuales ganados en ese lapso, mientras el plan reaccionario de Bolsonaro se anotaba solo un uno por ciento más. De ahí se deduce que aunque este debió apoderarse de votos que en la primera ronda fueron para otros contendientes de la derecha, Lula logró acaparar mayor cantidad y no debe descartarse que hasta haya captado sufragios que antes habían sido de Flávio, pues la abstención entre una vuelta y otra solo descendió en dos puntos.

Como se había denunciado, el delfín de Trump y compinche del libertario argentino Javier Milei acudió en un primer momento al desconocimiento de los resultados del domingo, pero las evidencias de los más de 4,4 millones de contundentes votos de diferencia a favor de Lula eran demasiado fuertes para cuestionarlos, además de que las quejas fueron desmentidas con pruebas documentales por el Tribunal Supremo Electoral.

Seguramente, la noche de este domingo muchos de quienes en América Latina siguen apostando al progresismo retomaron fuerzas para andar, y recordaron a Violeta Parra: «¿Quién dijo que todo está perdido…?».

 

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